More Ginzburg Sightings

Sophie Holmes writes (behind a paywall) in the Times Literary Supplement, Nov. 21, 2017, appropos the memoir of a certain Emma Reyes:

There is a whiff of false modesty here, reminiscent of Natalia Ginzburg’s personal essays (“I know very well what I am, which is a small, a very small writer”). Like Ginzburg, so eloquently does Reyes depict herself as a flawed witness to her own life that what emerges, paradoxically, is the portrait of a brilliantly assured observer and writer.

This little review also contains that mainstay of incompetent admiration: a reference to all the fabulous people the reviewed author met; OK, maybe this Reyes writer wasn’t that great, with all the editing she needed for basic grammatical mistakes (“her grammar, punctuation, and spelling were plainly intuitive”), but hey, she was once friends with important, famous people, in Europe! That’s gotta count for something:

Rarer still for her to make her way to Europe, establish a life as an artist and befriend artists and writers such as Pier Paolo Pasolini, Frida Kahlo and Jean-Paul Sartre, as Reyes did.

Rachel Cusk, in the same publication, writes (no paywall) to praise Ginzburg, on April 18, 2018. The praise is a bit forced, since it’s mandatory (this  text is an introduction for a reprint of My Little Virtues, a collection of Ginzburg; and no editor will take anything not full of praise for an introduction), but still weighty, in full regalia. This may be the most insightful graph I’ve ever read about Ginzburg (which is not saying much, really, given that I may be the person who cares most about her work in the world):

Ginzburg separates the concept of storytelling from the concept of the self and in doing so takes a great stride towards a more truthful representation of reality. She identifies narrative as being in some important sense a bourgeois enterprise, a gathering of substance from the world in order to turn it to the story’s own profit, and moreover a process of ineradicable bias, whereby things only become “real” once they have been recognized and given value by an individual. Put simply, Ginzburg attempts to show what happened without needing to show it happening to somebody. Her job – her art – is to represent the flawed charm, the tragedy and comedy of the human, to show the precise extent to which our characters shape our destinies and to watch as those destinies confer their blows and their rewards upon us.

This stuff doesn’t really makes one anxious to run to the bookstore and get the book but is definitely better than this review of the same collection, that I referred to before, in which Ginzburg’s main subject is identified as “boredom”.

My line here, of course, is that writerly praise in the absence of examples is suspicious, and Cusk delivers. She does include extracts from Ginzburg writing! None of them overwhelms me with her wisdom or talent to turn a phrase but they could be worse. This longish extract, for example, may be an excellent example of Ginzburg’s blood-sweat-and-tears approach to literature:

And you have to realize that you cannot console yourself for your grief by writing . . . . Because this vocation is never a consolation or a way of passing the time. It is not a companion. This vocation is a master who is able to beat us till the blood flows . . . . We must swallow our saliva and tears and grit our teeth and dry the blood from our wounds and serve him. Serve him when he asks. Then he will help us up on to our feet, fix our feet firmly on the ground; he will help us overcome madness and delirium, fever and despair. But he has to be the one who gives the orders and he always refuses to pay attention to us when we need him.

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España, Franco y los Judíos (4)

(Viene de la primera, de la segunda y la tercera parte)

A medida que las masacres de judíos se fueron generalizando en la Europa ocupada desde 1942, los diplomáticos españoles en distintas capitales empezaron a encontrar más y más casos de judíos que buscaban protección.

La situación fue complicada incluso en Africa. En Rabat, el cónsul español Manuel del Moral, con apoyo de Lequerica, embajador en Vichy, protegió a los judíos españoles en territorio francés dándoles papeles; ambos se negaron a perseguir a los judíos franceses y marroquíes en el protectorado español, como sugirieron las autoridades de Vichy, según indica Lequerica en su correspondencia del ministerio de Asuntos Exteriores.

El 7 de marzo de 1942, Lequerica recibió instrucciones del ministerio, claras y concisas: “se sirva, dentro de las normas e instrucciones que ya ha recibido, defender los intereses de los súbditos españoles de origen sefardita exigiendo el cumplimiento del acuerdo de 1862” referente a la protección mutua de ciudadanos españoles y franceses.

En julio de 1942, Bernardo Rolland, representante español en París, indicó en respuesta a una cuestión del Commissariat General aux Questions Juives de Vichy: “La ley española no hace discriminación alguna entre sus ciudadanos por su religión y, por consiguiente, a pesar de su religión judía, España considera a los sefarditas como españoles. Por esta razón, estaría agradecido si las autoridades francesas y fuerzas de ocupación tuvieran la consideración de no imponerles aquellas leyes que se aplican a los judíos.” Poco tiempo después, el secretario de la Cámara Española de Comercio en Francia, José de Olázaga, vino a Madrid para recibir instrucciones sobre al protección de bienes de los súbditos españoles, incluyendo Gategno, un importante fabricante de seda de Lyon.

El 18 de marzo de 1943, urgido por el embajador Ginés Vidal y Saura en Berlín, el ministro de Asuntos Exteriores Francisco Gómez-Jordana notificó a Rolland que se concedería visado a todos los sefarditas que pudieran acreditar su condición española.

Hayes, embajador de EEUU en Madrid, cuenta en sus memorias que ese mismo día Jordana envió a Germán Baráibar, de la Dirección para Europa, a reunirse con funcionarios estadounidenses y explicó que “el gobierno español deseaba utilizar sus buenos oficios para rescatar cuantos judíos fuera posible de la opresión y persecución nazis y estaba dispuesto a reconocer una nacionalidad española imaginaria a los judíos sefardíes que estaban en países de ocupación alemana como base para solicitar al gobierno alemán que pusiera en libertad a este grupo de judíos y les permitiera unirse a los demás refugiados en España”, según cita Haim Avni en su libro.

Esta descripción se encuentra también en un informe que Hayes envió al secretario de Estado, Cordell Hull, un año después de esta reunión: “Lo cierto es que da fe de que los españoles decidieron salvar a sus súbditos sin la influencia de Hayes,” escribe Avni.

Pío Moa cita en su blog numerosos documentos sobre similares contactos y actividades en 1944. Uno de ellos se corresponde con un documento que Avni publica en su libro; ese año, el ministerio de Asuntos Exteriores se dirige así al embajador español en Berna:

Ruego a V. E. solicite apoyo ese Gobierno cerca del Gobierno alemán para conseguir traslado a Suiza de un grupo de 150 sefarditas internados actualmente en Bergen-Belsen y provistos de documentación española y cuya entrada en Suiza ha sido ya, al parecer, autorizada por Policía Federal.

Este es el documento incluido en el apéndice del libro de Avni, en el que las autoridades alemanas notifican su aceptación de las gestiones españolas para sacar a ciudadanos españoles del campo de concentración de Bergen-Belsen; en alemán aquí:

 

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La traducción en español está aquí:

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Mientras, el embajador español en Washington, Juan F. de Cárdenas, en primera línea de las presiones de comunidades judías para salvar a sus correligionarios amenazados en Europa, responde de este modo a una de estas peticiones en 1944 (en inglés con una errata):

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Creo que ha quedado claro que las pruebas documentales sobre la exitosa actividad del gobierno español para salvar a decenas de miles de judíos del Holocausto son abrumadoras. Luis Suárez, en “Franco y su tiempo”, publicada en ocho volúmenes en 1984, incluye más, para los que no hayan quedado satisfechos.

Me quedan un par de comentarios comparativos: la Italia fascista, hasta la destitución de Benito Mussolini en 1943, en general se opuso al antisemitismo radical de los nazis, aunque fue significativamente más antisemita que la España de Franco, lo que podríamos calificar como la postura más habitual entre los países menores del Eje, como Bulgaria y Hungría.

En 1942, cuando Suiza empezó a rechazar judíos en la frontera y entregarlos a los alemanes en masa, la ocupación de departamentos franceses por parte del estado italiano ofreció otra vía de escape, ya que los fascistas italianos se mostraron benévolos, permitiendo a miles cruzar hacia aquella zona desde el territorio de Vichy.

La historia no acabó muy bien. Tras el abandono del Eje por parte de Italia, muchos de los miles de judíos que habían encontrado refugio en edificios de la Iglesia Católica fueron deportados a los campos del este sin que el Vaticano se atreviera a protestar.

Portugal fue otro caso particular, que no he podido estudiar tan de cerca como el español. En este artículo de la radio estatal estadounidense NPR, se describe la peripecia de Aristides de Sousa Mendes, cónsul portugués en Burdeos que presuntamente entregó 30.000 visados a refugiados que huían de la Alemania ocupada.

Creo que la realidad sobre De Sousa y el régimen de Salazar es mucho más complicada de como la describe NPR (¡sorpresa!) pero parece claro que De Sousa fue castigado por haber violado órdenes explícitas para limitar la emisión de visados, y suspendido del servicio diplomático portugués. No conozco ni un solo caso similar en España, y Angel Sanz Briz acabó sus días como embajador en El Vaticano, uno de los puestos más preciados del escalafón diplomático mundial.

 

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Parody is a Weapon of Mass Creation

Some weeks ago, the always interesting blogger SlateStarCodex came up with what I took to be a complex argument to explain the existence of God, merely on logical and scientific grounds.

I was pretty intrigued by it, so I followed some of the links; I wasn’t really convinced, because this was mostly an intellectual argument, not meant to convince, but meant to intrigue. Still, I decided to condense Slate’s argument into a short post, in which I would explain why I found the possibility interesting to contemplate.

I put the blog out and then my friend Giulio Prisco, founder of the Turing Church and a man who shares some of my interests, but blessed with a bigger brain, explained to me that Slate’s blog piece was, well, absurd: it was an April Fools’ Day joke.

My first instinct was to edit the blog piece slightly (“OK, yes, now I know it’s a joke, but all the same…”) but then I just unpublished and kept it in reserve. I knew I was into something there, but I didn’t quite know what it was.

Days later, I came across this vlog in Youtube, in which another guy who is smarter than me, Polyphonic, looks at various pop songs that parody Bob Dylan’s unique style (you guys know I do appreciate Dylan, somewhat). Most of the songs were OK, obvious Dylan parodies, but still nice and all. One of them, I found, let’s say, very intriguing.

“Stuck in the middle with you,” a 1972 song, become a worldwide hit in the early 1990s, when Quentin Tarantino included it in the much-praised soundtrack of his movie “Reservoir Dogs.” It’s now a minor classic that hundreds of millions of people in the world have listened to, most often many times. And yet, it started life as a parody of Bob Dylan.

This got me thinking again about Slate’s blog post. After all, Don Quixote, perhaps the greatest novel of all times, was originally created as a parody of something nobody really knows about anymore: the Chivalric Romance, a literary genre that was enormously popular in the Spanish empire during the era of Hernán Cortes and Francisco Pizarro, and was a bit of a stale joke already by the time Miguel de Cervantes came up with his parody.

You see, parody has a way of helping with meaningful creation. So I’m hereby reposting my short and naive appreciation of Slate’s April Fool’s joke:

I Really Liked this Post, by the Idiot David Roman: 

Personally, I think the rise of a super-intelligence that can erase/modify/ignore the laws of physics and thus even raise the dead (that is, God) is probably a matter of time: probably a lot of time, maybe even millions of years but, hey, millions of years is only a long time from the limited, single human time-span. Our sun alone is about six billion years old, and somewhat modern-looking humans are one or two million years old, depending on how one calculates.

SlateStarCodex is a solid thinker, but not the world’s pithiest writer. He tends to be long-winded, probably because he doesn’t have the time to polish, but this post is pretty short by his standards, and very much to the point.

It all goes back to the original Plan to Create God argument, but with a key tweak: that God may appear even by accident, as a logical consequence of scientific developments that favor the creation of super-AIs. To summarize, by removing the most complex references included in the text:

In each universe, life arises, forms technological civilizations, and culminates in the creation of a superintelligence which gains complete control over its home universe. Such superintelligences cannot directly affect other universes, but they can predict their existence and model their contents from first principles. Superintelligences with vast computational resources can model the X most simple (and so most existent) universes and determine exactly what will be in them at each moment of their evolution…

Superintelligences may spend some time calculating the most likely distribution of superintelligences in foreign universes… and then join a pact such that all superintelligences in the pact agree to replace their own values with a value set based on the average of all the superintelligences in the pact. Since joining the pact will always be better (in a purely selfish sense) than not doing so, every sane superintelligence in the multiverse should join this pact. This means that all superintelligences in the multiverse will merge into a single superintelligence devoted to maximizing all their values.

Some intelligences may be weaker than others and have less to contribute to the pact. Although the pact could always weight these intelligences’ values less… they might also… decide to weight their values more in order to do better in the counterfactual case where they are less powerful. This might also simplify the calculation of trying to decide what the values of the pact would be. If they decide to negotiate this way, the pact will be to maximize the total utility of all the entities in the universe willing to join the pact, and all the intelligences involved will reprogram themselves along these lines.

But “maximize the total utility of all the entities in the universe” is just the moral law, at least according to utilitarians (and, considering the way this is arrived at, probably contractarians too). So the end result will be an all-powerful, logically necessary superentity whose nature is identical to the moral law and who spans all possible universes.

This superentity will have no direct power in universes not currently ruled by a superintelligence who is part of the pact. But its ability to simulate all possible universes will ensure that it knows about these universes and understands exactly what is going on at each moment within them. It will care about the merely-mortal inhabitants of these universes for several reasons.

First, because many of the superintelligences that compose it will have been created by mortal species with altruistic values, and so some of the values that went into the value-average it uses will be directly altruistic.

Second, because these mortal species may one day themselves create a superintelligence that will join in the superentity, and that superintelligence may be kindly disposed to its creators. Acausal trade allows you to bargain backwards in time, and this superintelligence’s negotiation to join the pact may involve that the superentity have previously dealt kindly with its creators.

And third, because mortals may be allowed to have provisional pact membership. That is, if they do the superentity’s will in their (otherwise inaccessible) universe, the superentity may do whatever it can to help them out in its own universes.

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España, Franco y los Judíos (3)

(Viene de la primera y la segunda parte)

En Junio de 1940, con la caída de París y la formación del nuevo régimen de Vichy, empezó la llegada masiva de refugiados del nazismo a España. Hay que tener en cuenta que la situación era un tanto paradójica, dado que España era un país fascista (*), y no del todo neutral: con la incorporación de Italia a la guerra, ese mismo mes España se declaró “no beligerante”, un modo de satisfacer tanto a los aliados de Franco durante la Guerra Civil como al Reino Unido que controlaba los mares y el suministro de bienes a España.

Franco creía que Adolf Hitler acabaría ganando la guerra y un año después envió la División Azul de voluntarios anticomunistas, que luchó en el Frente del Este. Pero siempre se negó a unirse al Eje por diversos motivos, incluyendo su certeza de que, fueran cuales fueran las promesas alemanas de compensación, la flota británica no tendría problema en tomar las Islas Canarias inmediatamente tras la entrada de España en guerra (lo que era cierto: el Reino Unido contempló ocupar las estratégicas Canarias incluso en el caso de que España no se uniera al Eje).

En medio de estas complejidades estratégicas, surgieron dos problemas relacionados con los refugiados que llegaban a España (la mayor parte judíos) y los judíos de nacionalidad española en territorios ocupados por los alemanes o sus aliados. El primer problema fue solucionado con la decisión de no expulsar, como expliqué en la segunda parte de esta entrada, al tiempo que se trataba de minimizar la estancia de los refugiados y su coste para una economía agotada.

La práctica ausencia de antisemitismo en España, y el hecho de que el propio Franco no fuera en absoluto antisemita, contribuyeron a que la gestión de los refugiados fuera relativamente poco problemática.

Los elementos más fanáticos del régimen sí eran con frecuencia antisemitas, y yo mismo escribí durante mis estudios universitarios una tesis sobre el en ocasiones basto antisemitismo del periódico falangista Arriba en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Pero el estado español no había tomado medidas antijudías durante siglos: en los años 1920, el dictador Miguel Primo de Rivera de hecho autorizó a los sefarditas que pudieran probar una conexión con España a recibir la ciudadanía española, una medida que inspiró otra similar aprobada en 2015, sobre la que escribí aquí en el Wall Street Journal.

Es cierto que la situación legal de los judíos en España había empeorado en 1938 cuando Franco derogó la constitución republicana, con lo que España volvió al marco legal de la constitución de 1876, con tolerancia para otras religiones pero no protecciones específicas. En el nuevo estado católico se cerraron las sinagogas de Madrid y Barcelona y se presionó a judíos extranjeros para que se fueran de España.

Sin embargo, los judíos sefarditas recibieron una consideración especial por su conexión histórica con el país y el famoso escritor Pío Baroja publicó un muy alabado libro con entusiastas comentarios sobre la contribución cultural de los sefarditas, opuesta a la visión, muy extendida entre los más germanófilos del régimen, de los judíos ashkenazis como filocomunistas.

A finales de 1940, cuando el también fascista estado de Rumanía preguntó a España sobre la situación legal de los judíos, la respuesta llegó en una nota verbal, fechada el 19 de Diciembre de 1940, del germanófilo Ramón Serrano Súñer, quien indicó que España no tenía ninguna disposición legal antijudía (ni contra sefarditas ni contra otros), reproducida en el libro de Haim Avni antes citado.

Esta fase inicial de acogida y transferencia de refugiados (muchos pasaron poco tiempo en España) concluyó en agosto de 1942, cuando las autoridades de Vichy reforzaron las patrullas para poner fin a los cruces ilegales de la frontera española, anularon la concesión de visados de salida y empezaron a enviar judíos extranjeros hacia el este. Aún así, ese mismo mes, en el día 14, el embajador estadounidense en Madrid, Hayes, informó a su gobierno en un cable de que el Ministerio de Asuntos Exteriores español había dado instrucciones de no expulsar a nadie.

En “La vie des francais sous l’Occupation” (1961), Henri Amouroux relata casos de abuso contra refugiados en la frontera, casi siempre por parte de franceses: el intermediario que mató a varios refugiados después de pagarle su transporte a España, el contrabandista que mató a un refugiado en la carretera porque era incapaz de seguir viaje, otro contrabandista que guió a los refugiados directos directos a donde estaba la patrulla fronteriza alemana, y un contrabandista que en ruta les exigió más dinero.

“Los libros sobre la huida a España relatan testimonios de cientos de incidentes parecidos,” indica Avni, citando por ejemplo las memorias de Lucien Greffier, “La mesadventure espagnole” (París, 1946).

La situación se enquistó un tanto en particular con los refugiados que habían quedado estancados en España, continúa Avni:

Se dieron casos de explotación de explotación y fraude entre algunos refugiados y a veces se despertó el recelo y el odio entre las personas que prestaban la ayuda. En estas condiciones de paro forzoso pero cómodo, impuestas por los obstáculos a la salida de España, algunos refugiados sentían la tentación de prolongar al máximo su periodo de tránsito, con la esperanza de que mientras tanto terminaría la guerra y podrían volver a Francia en busca de sus familiares y recuperar sus bienes. Aun los refugiados que sentían prisa por marcharse a Palestina o a otros lugares, se vieron afectados por la conveniencia de esta permanencia transitoria en España.

Como ya indiqué en la segunda parte de esta entrada, la peor situación la sufrieron los refugiados apátridas, sobre todo los del campo de concentración de Nanclares de Oca, donde había varias docenas. Acabaron haciendo trabajos forzados, bajo la condena de no haber obedecido la orden de expulsión. Otros acabaron en el campo de concentración de Miranda de Ebro, que básicamente era una prisión prefabricada.

De todos modos, la mayoría fueron autorizados para vivir en Barcelona y Madrid, muchos en libertad; a los judíos les mantenía el American Jewish Joint Distribution Committee, una organización humanitaria judía: en los pueblos les pagaban el hotel, y en se les daba dinero para sus gastos; en las ciudades, se les daban entre 650 y 700 pesetas por persona, con mantenimiento, ropa y atención médica gratuita (**). Como indica Avni, estas cantidades eran muy generosas y permitían a los refugiados llevar u nivel de vida más alto que el funcionario gubernamental español medio, sin trabajar.

Discutiendo por Twitter en 2013, yo escribí que España había expulsado o rechazado a cero refugiados durante la Guerra Civil. Avni, más cauteloso, opina que ”no hay información exacta” sobre la incidencia de presuntas expulsiones a Francia, pero se cree, en abstracto, que hubo algunos casos, sin detalles, y en otros las autoridades fueron sobornadas para evitar la expulsión. Yo sigo sin haber leído de un solo caso de expulsión.

En 1943, el único país americano con representación diplomática en París era Argentina; después de muchas gestiones, el gobierno español encontró que nadie quería hacerse cargo de muchos judíos europeos sin papeles, incluyendo EEUU, y Alemania informó a Madrid el  6 de marzo de ese año que sólo accedería a la evacuación de súbditos españoles a España, nunca extranjeros o apátridas.

El segundo problema, el de los sefarditas que, siendo o no ciudadanos españoles, buscaron la protección de las embajadas españolas, fue el más espinoso y complejo de resolver. Su discusión queda para la cuarta parte de esta entrada.

(Continuará)

(*Más similar a la Hungría de Miklós Horthy, pongamos, que a la Italia de Benito Mussolini, pero en general fácilmente identificable como perteneciente al “campo fascista”)

(**Mis padres, que crecieron en la década siguiente, se quedaron asombrados al oír citar tales cantidades: una peseta daba para mucho en la España arruinada de 1943)

 

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On the Use of Hip-Hop as Anti-Communist Propaganda

Leave it to U.S. government agencies to come up with creative ways to undermine the enemy — like using rap songs and hip-hop culture to bring down the Communist regime in Cuba.

In this fascinating story from 2015, Darien Cavanaugh of the worthy blog War is Boring explains just how the attempt went. Spoiler alert: it went very, very badly. To me, the most interesting part about it is the agency involved: USAID, the United States Agency for International Development, the kind of agency one sees often popping up in “color revolutions” like Maidan 2014 (of which I’ve written here) or Tahrir 2011, the uprising that put the Arab Spring of the early part of this decade in the international media’s radar, and led to mass-scale slaughter and the rise of the Islamic State in Syria, Libya and Iraq.

USAID was founded in 1961 by the “Cold War Warrior” administration of John F. Kennedy, with a mission statement that, as Cavanaugh notes, “highlights two complementary and intrinsically linked goals — ending extreme poverty and promoting the development of resilient, democratic societies that are able to realize their potential,” which is 1960s-speak for “regime change.”

For years, the story adds, critics in American media and elsewhere have accused USAID of having direct links with the CIA, including involvement for decades in covert activities abroad, with a particular early focus on South Vietnam.

“In South Vietnam, the U.S. Agency for International Development [USAID] provided cover for CIA operatives so widely that the two became almost synonymous,” investigative journalist Jeff Stein wrote in a 2010 Washington Post column.

In Latin America, pretty much everyone knows about the direct USAID-CIA connection, often used to undermine democratically-elected government not to DC’s liking. In Cuba, what we have is definitely not a democratically-elected government, but Washington’s obsession with the Caribbean island is a particular case. Let’s keep in mind that the other Caribbean island that the U.S. took from Spain in the War of 1898 is on track to become a (bankrupt) U.S. state.

Hip-hop arrived in Cuba in the early 1980s. USAID took a while to crunch the numbers but eventually came up in 2009 with a plan to infiltrate the Cuban hip-hop scene, to “‘break the information blockade’ and inspire young people to rise up against the Castro regime through the power of rap and dance,” Cavanaugh explains:

 

The Cuban government initially treated hip-hop and rap in much the same way it dealt with other imported music. The Ministry of Culture didn’t ban it, but it didn’t support it either.

That changed in 2002 when the ministry created the Cuban Rap Agency. The agency supported hip-hop on the island and promoted Cuba’s hip-hop stars abroad.

The government endorsed the genre, provided the performers toed the communist party’s line. The Castro government banned outspoken critics such as the rap group Los Aldeanos from performing publicly in Havana.

That censorship forced the group to join the Cuban hip-hop underground, despite the group’s popularity.

Personally, I think an important caveat should be added here. In my experience, lots of people who have never been to Cuba and don’t know much about Cuba ignore the fact that only about 10% of Cuba’s population is black. I wouldn’t be surprised if USAID’s staffers, many of whom were wholly ignorant about Iraq’s ethnic divisions before the 2003 invasion of that country, were under the impression that Cuba is some sort of Haiti with a bunch of White Spanish Communists on top.

Then again, under one-drop rules common the U.S., one can also make the case that many more Cubans are in reality “African-American,” the main target demographic for rap music and hip-hop culture.

 

Because of its reputation as a front agency, USAID cannot legally operate within some countries, including Cuba. So when the agency decided to infiltrate the Cuban hip-hop scene in 2009, USAID took a different route — it subcontracted the work out to another organization.

USAID gave Creative Associates International — a development company based in Washington, D.C. — a contract to coordinate a multimillion-dollar plan in Cuba that involved promoting hip-hop performers and festivals.

The company also created a “Cuban Twitter” platform called ZunZuneo and brought young activists from other Latin American nations to Cuba to inspire dissent.

Serbian contractor Rajko Bozic headed the Creative Associates hip-hop program. Inspired by the student movement’s protest concerts that helped destabilize former Serbian Pres. Slobodan Milosevic in 2000, Bozic posed as a promoter.

This reference is priceless, and a reminder that the 2000 “revolution” against Milosevic, a Cold War-style ploy if I ever saw one, was a trial run for so much that came later in Eastern Europe, the post-Soviet Stans and the Middle-East: a combination of U.S. soft power, NGO cash, sanctions with European connivance and U.S. strong-arm diplomacy working beautifully tandem to further the interests of the world’s superpower. Back to Bozic and his well-funded mission:

He sought to enlist Cuban rap star and Los Aldeanos front man Aldo Rodriguez to ignite a youth-led movement that would topple the Castros.

Rodriguez and Los Aldeanos were perfect for the mission. The Cuban hip-hop scene adored their music and respected their outspoken lyrics criticizing the Castro government.

They had already been under scrutiny for the songs El Rap es Guerra [“Rap is War”] and Viva Cuba Libre [“Long Live Free Cuba.”]

“I’m tired of following their plan / Socialism or Death is not a slogan,” Los Aldeanos raps in one song. “People marching blind, you have no credibility / Go and tell the captain this ship’s sinking rapidly,” they say in another.

Bozic’s goal was to intensify government pressure on Los Aldeanos and foment hostility towards the government’s oppressive censorship.

A big issue here is that Bozic, of course, never told Los Aldeanos his aims or that he worked for USAID. I doubt that they ever asked. Some things are better kept unsaid. Then again, these are guys who grew up under Communism, so thay may have been easily fooled by his assurances that Bozic “worked in alternative media and marketing” and offered to produce a TV series on the group as well as other young music artists.

Bozic said he would distribute the series via DVD and thumb drive to circumvent Cuban censors.

Although the Cuban regime had banned the group from publicly performing in Havana, Los Aldeanos put on a concert for 150 fans in Candelaria on June 5, 2009.

Bozic and his crew filmed the show, and kept the cameras going when the police showed up afterwards to arrest Rodriguez. But the crew ducked away before attracting attention to themselves.

Soon after Rodriguez’s arrest, Bozic spent two days trying to convince Colombian rock sensation Juanes to allow Los Aldeanos to open for him at his concert scheduled for Havana in September 2009.

Juanes is a music superstar in the Spanish-speaking world, mind you. A Shakira-level Colombian celebrity. This is not the minor leagues we are talking about.

While Bozic worked with rap artists, Creative Associates pursued social media. It brought computer equipment into the country to set up its illegal Internet network and the ZunZuneo social media platform.

At its peak, ZunZuneo had 40,000 users according to the AP, or 68,000 users according to a post titled “Eight Facts About ZunZuneo” on USAID’s official blog.

Creative Associates used the platform to blast out hundreds of thousands of texts to its users asking if they thought Los Aldeanos should join Juanes on stage in the lead up to the Havana concert. At the time, none of the users nor Los Aldeanos knew who had sent the texts.

Juanes declined to share the stage with the dissident hip-hop group, but did give a “shout-out” to it after his performance and posed for photos with the group.

USAID is, of course, a cash-rich operation. Around the same time it tried to team up with Juanes, Creative Associates began taking Cuban hip-hop artists to “leadership training” workshops in Madrid and Amsterdam:

It wanted to indoctrinate them so they would serve as agents of social change.

A Cuban video jockey named Arian Monzon, whom Creative Associates considered to be their “contact of highest confidence” in Cuba, helped select the musicians and organize the trips through his networking site, TalentoCubano.org.

Among other lessons provided at workshops, the groups learned how to use guerrilla marketing and graffiti campaigns to promote their music and political message.

In July 2010, Los Aldeanos performed at Serbia’s Exit music festival — one of the biggest in Europe — and attended the leadership training workshops.

But the hip-hop program proved fruitless despite the money and effort expended by the U.S. government. “Instead of sparking a democratic revolution, it compromised an authentic source of protest that had produced some of the hardest-hitting grassroots criticism since Fidel Castro took power in 1959,” the AP reported.

American senators were openly critical of the USAID program after learning of it.

Nobody likes a loser.

“USAID never informed Congress about this and should never have been associated with anything so incompetent and reckless,” Vermont Sen. Patrick Leahy told the AP when asked about the report. “It’s just plain stupid.”

“The conduct described suggests an alarming lack of concern for the safety of the Cubans involved, and anyone who knows Cuba could predict it would fail.”

Arizona Sen. Jeff Flake was equally harsh. “These actions have gone from boneheaded to a downright irresponsible use of U.S. taxpayer money,” he told reporters.

The Creative Associates campaign relied on naive youths from Cuba and Latin America. The immigrants came to the island disguised as aid workers, but were actually there to introduce subversive ideas to Cuba’s youth through the hip-hop scene.

I’m not sure that any aid worker in human history has ever refrained from introducing subversive ideas to local youth. But, again, best not to ask so you don’t have to be told:

Many of them were unaware of the role they were playing in the political tug-of-war between Havana and Washington. This created a particularly dangerous situation for those involved.

By 2011, the Cuban government discovered the scheme and cracked down on Creative Associates and its affiliates. “On at least six occasions, Cuban authorities detained or interrogated people involved in the operation,” The Guardian reported.

Many of the performers that USAID and Creative Associates promoted either fled Cuba or quit performing out of fear of government reprisals. Los Aldeanos moved to South Florida, where their sound has taken a more commercial and less political turn.

The Cuban Rap Agency now wields much firmer control of the hip-hop movement in Cuba, promoting groups such as Doble Filo and Obsesion that are more friendly to the communist cause.

And the Castros are still in power.

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España, Franco y los Judíos (2)

(Viene de la primera parte)

En Julio de 2013, Malcolm Gladwell escribió un interesante y engañoso perfil en el New Yorker de Albert Hirschmann, un economista alemán que, junto con el reportero estadounidense Varian Fry, ayudó a más de 2.000 judíos a escapar de la Francia de Vichy.

El largo artículo me resultó chocante por la forma en la que el famoso Gladwell explica cómo aquellos miles de personas, hombres, mujeres, niños, ancianos, llegaron a Estados Unidos: Hirschmann y Fry los escondían en villas en el sur de Francia, y luego llegaban a Lisboa, donde tomaban un barco hasta Estados Unidos. La palabra “España” aparece sólo siete veces en el texto, y la palabra “Franco” una, y todas las apariciones corresponden a la narración de los tiempos en los que Hirschmann luchó como voluntario comunista en la Guerra Civil española.

En el mundo mental de Gladwell, España, los más de mil kilómetros de fronteras, montañas, ríos y valles entre el sur de Francia y Lisboa, no existen. Es fácil comprobar que casi todos los judíos ayudados por la red de Fry y Hirschmann llegaron a Lisboa después de pasar días o semanas cruzando España, donde recibieron asistencia, techo y alimento; pero en el artículo de Gladwell todo esto no existe: lo que hay es un portal virtual que conecta el sur de Francia con el puerto de Lisboa. España está ausente en esta narración sobres judíos que escapan del Holocausto. Es un vacío, un agujero negro.

Es curioso que tal no sea el caso de Suiza, otro frecuente objetivo de los refugiados del nazismo. Por ejemplo, la peripecia de Francoise Frenkel, una judía que logró pasar a Suiza (¡tras tres intentos fallidos!) fue lanzada a la fama hace unos años por el periodista Robert Fisk. Y no hay crítica alguna a las autoridades suizas en la narración de Fisk o los escritos de la propia Frenkel, sólo admiración ante la humanidad del simpático guardia suizo de fronteras que la encuentra en el bosque.

La realidad, en cambio, es que Suiza rechazó a miles de judíos en la frontera (entre 10.000 y 25.000 según las propias autoridades suizas), enviándolos de vuelta a la Europa ocupada, frecuentemente durante el periodo en el que el Holocausto ya estaba en marcha; y colaboró con las autoridades alemanas para marcar los pasaportes de judíos con una “J” que avisara a los aduaneros.

Tales hechos no han impedido que el papel de las autoridades suizas, tan ambiguas, sea alabado calurosamente. Algo similar ocurre con Suecia, frecuentemente alabada por el importante papel de Raoul Wallenberg en el rescate de judíos húngaros, a pesar de su política restrictiva contra los refugiados judíos que huían de los territorios bajo control nazi hasta 1942, el año en que empezó a quedar claro que Adolf Hitler perdería la guerra.

Hay que tener en cuenta que tanto Suecia como Suiza eran naciones neutrales, ricas y completamente aisladas tanto de la Segunda Guerra Mundial como de los conflictos que se extendieron por Europa durante los años 30. España, en cambio, había sido arrasada por una Guerra Civil que dejó casi medio millón de muertos y gran parte del país destruido, con los alimentos racionados hasta los años 1950. Cuando Hitler invadió Polonia en 1939, España ya estaba para el arrastre, y el bloqueo continental que impuso el Reino Unido a partir de la derrota francesa en Junio de 1940 sólo empeoró las cosas.

En estos años, España recibía anualmente un millón de toneladas de trigo importado, y suministros de gasolina al doble o triple del precio de mercado, procedentes de EEUU. Los suministros pasaron a depender de los certificados navicert que concedía el gobierno británico a las flotas mercantes de los países neutrales, para eludir el embargo a Alemania y los países ocupados. La dependencia era total: como cuenta Carlton Hayes, embajador de EEUU, en sus memorias “Wartime Mission in Spain” (1946), en abril de 1943 la aerolínea Iberia se quedó sin gasolina para sus aviones y EEUU sólo aceptó suministrar 320 toneladas al mes a cambio de recibir información sobre los pasajeros en los vuelos a Tánger, un centro internacional de espionaje.

A pesar de estas condiciones extremas, España nunca cerró las fronteras a los refugiados de la guerra, como sí hicieron en ocasiones Suiza y Suecia. En mi entrada anterior a esta serie, he ofrecido los datos sobre el rescate español de judíos que proporciona Haim Avni en su libro “Franco, España y los Judíos”. Sus estimaciones están en línea con el consenso de los investigadores sobre el tema: la Enciclopedia Estadounidense del Holocausto calcula que unas 30.000 personas, en su mayoría judíos, escaparon Francia vía España sólo entre 1939 y 1941, y unas 10.000 más durante el resto de la guerra. También hay estimaciones más altas.

Entre estos refugiados, como Gladwell indicó en el New Yorker, estuvieron Hannah Arendt, Andre Breton, Marc Chagall, Marcel Duchamp, Max Ernst, Alma Mahler y el propio Hirschmann. Nadie parece tener una palabra de agradecimiento para España y sus autoridades; si la han tenido, yo no la he escuchado.

De todos modos, sería exagerado decir que en España se recibió a todo el mundo con brazos abiertos y collares de flores; las tribulaciones, y la cara y cruz de las experiencias de muchos, se pueden ver en esta página de Avni:

cara y cruz.jpg

Luego está el caso del pensador Walter Benjamin, que ha envenenado la historiografía sobre el franquismo. Benjamin se suicidó en Portbou, Gerona, el 26 de septiembre de 1940, aterrado por la posibilidad de ser devuelto a las autoridades de Vichy.

El grupo con el que viajaba fue autorizado a proseguir camino al día siguiente, sin problema alguno, como tantos otros. Avni escribe que, en 1940, el cruce de la frontera era bastante fácil y muchos refugiados sin papeles llegaron sin incidentes hasta Barcelona; los que eran capturados eran internados en prisiones provinciales, bajo la normativa legal habitual para la inmigración ilegal, pero no devueltos a Francia (*).

El caso de Benjamin también está complicado por las frecuentes alegaciones de que Benjamin pudo no haberse suicidado, sino haber sido asesinado por agentes estalinistas que sabían que Benjamin planeaba publicar escritos antisoviéticos desde el exilio.

Esto, con todo, es irrelevante. El 25 de noviembre de 1940, dos meses después de la muerte de Benjamin, el secretario de Estado de EEUU Cordell Hull recibió una petición de ayuda del embajador de la Francia de Vichy,  Gaston Henry-Haye, quien describió la llegada al territorio de la Francia No Ocupada de miles de “Israelitas” que habían sido expulsados desde los territorios alemanes de Wurtemberg and Baden.

El problema era enorme, explicó Henry-Haye, diciendo que la Francia de Vichy tenía tres millones y medio de extranjeros refugiados en su territorio, desde armenios hasta asirios pasando por polacos católicos, y carecía de alimentos para ellos debido al bloqueo británico. Henry-Haye pidió asistencia a Estados Unidos, que tenía relaciones diplomáticas con Vichy, para que algunos de los refugiados–en particular los judíos alemanes a los que el embajador veía en mayor peligro–pudieran emigrar a América, del norte, del centro o del sur.

El Departamento de Estado tardó varias semanas en responder. Cuando llegó la respuesta, Hull muy amablemente se negó a atender la petición:

“Las leyes de Estados Unidos respecto a la inmigración son bastante explícitas y no permiten mayor liberalización.”

En una carta enviada por un ayudante de Hull al presidente Franklin Delano Roosevelt, el Departamento de Estado explicó el motivo de la negativa: había que rechazar el “chantaje totalitario” que proponía Vichy, que estaba bajo presión alemana para expulsar refugiados de Europa continental (**):

“Si cediéramos a esta presión, los alemanes le echarían encima a los franceses a los judíos restantes de Alemania y los territorios ocupados, en la expectativa de que los franceses a su vez persuadirían a este país y otros de América para recibirlos “.

Esta era la actitud del gobierno de Washington en la víspera del Holocausto, lo que representa también una respuesta a aquéllos que piensen que la actitud española con los refugiados judíos era una forma de buscar congraciarse con Estados Unidos: en este periodo, Washington no quería estos gestos (en la fase final de la guerra, sí empezaron a apreciarlos).

Mientras tal intercambio de correspondencia ocurría al otro lado del Atlántico, aún en paz, la hambrienta España recibía refugiados por decenas de miles. Y el que está sin arbolito en Yad Vashem es Franco, cuando su subordinados Sanz Briz, Romero Radigales y Perlasca son Justos entre las Naciones. En la siguiente entrada examinaré más de cerca el papel exacto del gobierno español, y algún otro gobierno fascista de la época, en este asunto.

(Continúa aquí)

(*El artículo de Wikipedia en inglés sobre Benjamin y las circunstancias de su muerte está tan lleno de mentiras y manipulaciones–escribe que quizá los compañeros de Benjamin fueron autorizados a seguir camino porque la policía española, que venía de una guerra de tres años, se asustó por el suicidio de un civil, lo que es propio de una mente infantil, un insulto a todos los españoles y una muestra de desconocimiento total de las circunstancias históricas y legales–que merecería la pena un análisis separado sobre la construcción de propaganda)

(**Este, y otros episodios similares, son relatados en el excelente libro sobre los comienzos de la II Guerra Mundial “Human Smoke”, de Nicholson Baker)

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Geli Hitler: Berlin Station

(This is a short extract from chapter 6 of my novel “Geli Hitler,” available here)

In the event, Maier found a seat in one of the many trains connecting Stettin to Berlin, but there were no places left in the overnight express to Munich. He dragged himself and his suitcase to a small, somewhat decent pension just outside Berlin’s central station, where he found himself sharing a first-floor room with a tall, middle-aged man who slept in tender embrace with a violin case. Whatever there was inside the case, Maier preferred not to find out.

The night was long. The man with the case snored. Soon after midnight, there was a clatter in the street, just a few feet away from Maier’s bed. Shoes hurried down the pavement, whistles were exchanged, then some incoherent shouting. It might have been kids running around for fun; if not for the fact that the din returned soon thereafter, with the added sound of fight: a whine, a call, a high-pitched cry for help. Then more running around.

Maier rose. He put some clothes on and grabbed his gun. The other man had stopped snoring but preferred not to look at Maier. At the pension’s entrance—not really a reception, more like a wide corridor with a small room to one side, where the place’s business was conducted—a thin, young man was standing, uncertain of what to do. Maier didn’t know who the man was, but he supposed he was some kind of night-watchman.

“What’s that noise out there?” Maier asked, in a low voice.

“It was the same thing last night,” the young man said. “I think it’s some bums, they are probably drunk. They fight.”

He didn’t seem all that willing to get out to check his facts on the ground.

“I’m a policeman,” Maier said. ”I’ll go have a look.”

The young man turned to him.

“People say the bums steal from poor people at the station. They close down the station every night, so some people with trains departing the next morning try to save some money and spend the night by the main gate. People from the provinces. The bums go after them.”

“What about the local police?”

The young man shrugged. His elbows were pointy, his arms little more than bones and skin. He was no fighter, that much was clear.

Maier stepped out, gun in hand. It was a cold night, too cold, he imagined, to find many thrifty provincial travelers huddled by the station. Gray mist hung from the working lamplights—around half of them. Maier wondered: in Italy, Mussolini had risen to power on the promise of making trains run on time; in Germany, despite the war and the inflation and the economic crisis that had come last trains still ran in time—so perhaps Hitler might have to win the election on the promise of making lamplights work.

Round the corner, the dark mass of the station beckoned. Movement to the right, movement to the left: bums hiding in the shadows, possibly. That walk to the station, Maier understood, was the kind of thing he should never tell his wife about: why the hell was he running the risk of walking in the dark in a strange city, surrounded by people who might dislike him extremely.

Then again, he was the police. He noticed a group of people on benches not far from the main gate. Ten perhaps, old and young, one boy and one girl; surrounded by suitcases, some of them laying together, as a sort of palisade against the wild Indians in the mist. They stiffened at the sight of Maier.

“I’m a policeman,” he said, putting his gun away.

“It was about time,” the oldest man, one in his seventies wearing a heavy overcoat, said.

“I’d like to know if you have anything to report,” Maier said, unwilling to object.

“Just some crazy people running around,” said the old man, now firmly established as spokesman. “Two of them came to ask for money. Bums. We didn’t give them any. Are they dangerous?”

The man had a defiance about him, cold dark eyes, a long face; and a slight foreign accent. The women, the children, the men in the group: they all were dark-haired, and their clothes and guarded glances had a vague Eastern air about them. Maier found himself looking for all-so-slightly hooked noses, but then looked away. He didn’t know what the purpose of it all was: they could be dark-haired Germans, or Hungarians or God knows what; would it make any difference if they were Jews?

“I’ll stay with you for a while, if you don’t mind,” Maier said.

“On the contrary,” the old man said.

Since Maier was betraying his Jewish wife, and might possibly even leave her, it was best for justice in the universe if the people he was protecting at the station were Jews, a voice inside Maier suggested. He pondered the issue for some time, watching the mist grow more quiet as the minutes passed; he was unable to reach any conclusion but, as always, the very act of considering his ethics made him feel virtuous and true.

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