Las Ventajas del Nacionalismo

Me presentan una interesante tesis: no hay nacionalismo bueno. Desmontémosla.

Una explicación más extensa de su posición está disponible en su blog aquí; yo, después de haberla leído, creo que el señor Rabtan acierta en algunas cosas y se equivoca en otras, en muchas otras.

Observemos primero la tesis principal: que no hay ningún nacionalismo bueno. Lo que “bueno” quiere decir, entiendo, es “en líneas generales de efectos positivos” o, podría decirse, “con más efectos positivos que negativos”. Todo lo que es examinable éticamente en el universo tiene partes positivas y negativas (las zapatillas, el papado, la segunda división de fútbol, la melancolía, las barbas hipsters…) . Así que NO tengo que demostrar que el nacionalismo SÓLO es bueno: lo que tengo que demostrar es que hay nacionalismos que incluyen más elementos positivos (buenos) que malos (negativos).

Obviamente, usaré el ejemplo del nacionalismo español, que es el que mejor conozco, y el que — sospecho — mejor conoce el señor Rabtan. Podría utilizar otros — el nacionalismo chino-han, el singapureño, el israelí — que he estudiado bastante y que contienen todos ellos elementos extraordinariamente positivos para esas sociedades, pero vamos con el español.

Hay rasgos negativos en el nacionalismo español: podemos hablar del landismo, de los versos de Eduardo Haro Tecglen a mayor gloria del franquismo, del “que inventen ellos”, del rentista sentado en la dehesa soñando con las hazañas de Hernán Cortés. Pero no veo nada particularmente grave por aquí. Estoy abierto a que alguien me indique qué ha de ponzoñoso, fundamentalmente, en el nacionalismo español, más allá de elementos como los que ya he citado.

Por el lado positivo, es fácil empezar destacando que el nacionalismo español es unificador, no separador, como es obvio para cualquiera que haya observado que — fundamentalmente — el nacionalismo español está en natural y permanente oposición a los nacionalismos regionales, disgregadores por su propia naturaleza de España.

El reino visigodo español representó un referente fundamental para todos los pueblos cristianos de la España medieval, y su herencia se erigió de hecho en el principal elemento identitario de los condados catalanes, los reinos de Castilla y Navarra, y muchos otros territorios, incluyendo Portugal. De eso he hablado aquí ya, y en otras entradas.

Tras el final de la Reconquista, con el “cierre” en falso de España (Portugal se separó en el siglo XVII), el elemento fundamental que evitó que España volviera a convertirse en un inmenso campo de permanente batalla (como lo fue entre 711 y 1492) fue el nacionalismo español, que mantuvo unificada a la nación y evitó los conflictos sangrientos: durante la Guerra de los Treinta Años, Alemania, dividida entre numerosas entidades territoriales, perdió en torno a un cuarto de su población de los modos más crueles y salvajes imaginables.

Francia se desangró igualmente en las guerras de religión y después en las Guerras Revolucionarias. España sólo sufrió un trauma similar durante la invasión napoleónica, que dificilmente se puede achacar a una exceso de nacionalismo español, sino más bien a lo contrario.

Es importante clarificar aquí que el nacionalismo español jamás incluyó elementos supremacistas, ni entre españoles ni en territorios extranjeros. Durante las expulsiones de judíos y musulmanes, siempre se actuó bajo criterios religiosos y no raciales: una conversión sincera al catolicismo era suficiente.

No estoy justificando no defendiendo las expulsiones (que, repito, no tuvieron que ver con el nacionalismo, sino con la religión): las estoy explicando, y así fueron. En la Alemania Nazi, ser converso al catolicismo o al mormonismo no era suficiente para evitar medidas antijudías, si uno era descendiente de judíos: el nacionalismo alemán era, fundamentalmente, racista. Durante la revuelta de los Jacobinos Negros de Haití, ser muy ilustrado y tolerante no le salvaba a uno el pellejo si resultaba ser blanco. España jamás ha actuado así.

La España imperial puso a un portugués al mando de la primera expedición de vuelta al mundo, que acabó un guipuzcoano: y a ambos los glorificó y ensalzó igual que si hubieran sido castellanos de Valladolid.

Simone Veil ha argumentado que el “racismo es sólo una versión más romántica del nacionalismo.” Bonito, pero no aplicable al caso de España que, en su mayor pico reciente de nacionalismo, echó el resto para salvar a más de 30.000 judíos de las garras del nazismo, muy frecuentemente inventándose tenues o del todo inexistentes conexiones con España.

El nacionalismo español, en suma, ha mantenido a España a salvo de los auténticos monstruos de Veil: los nacionalismos provincianos del País Vasco y Cataluña, que han sido una fuente permanente de conflictos (y muertes) durante más de 100 años, y que lo seguirán siendo mientras puedan. Ni el europeísmo ni nuestros buenos amigos belgas nos han protegido de la disgregación territorial y el conflicto violento, más bien lo contrario, como venimos observando.

Muchos ilusos madrileños creen que el plan genial post-Transición de enmarañar a España en la Unión Europea nos vacuna contra los nacionalismos periféricos y sus patologías. Si el procés no ha sido bastante prueba de su equivocación, permítaseme citar lo que escribí hace unos años:

Durante años, la élite española ha utilizado la técnica que podría llamarse “disolución en Bruselas” para controlar el nacionalismo vasco y catalán, y algún otro que pase por ahí (Galicia, por ejemplo): la idea es que un profundo enquiste de España en las instituciones europeas hace obsoleto el nacionalismo separatista, ya que por qué va a separarse de un estado que apenas existe más que nombre, cuyas instituciones son meros mecanismos de transmisión de las instrucciones que llegan de los centros de poder de la Unión Europea, sean Berlín, Francfort o Bruselas.

El problema, Stratfor arguye, es que la propia existencia de la UE alimenta los ánimos separatistas de las élites catalanas y escocesas, al ofrecerlas una alternativa al actual impás separatista. En ambos casos, la pérdida de los imperios antaño dirigidos desde Madrid y Londres dejó a las élites periféricas sin los mayores incentivos que les llevaban a aceptar el liderazgo centralizador: jugosos puestos en los virreinatos coloniales, protección militar que un pequeño estado independiente no podría ofrecer por sí mismo, y acceso a grandes mercados cautivos coloniales.

Todo esto lo puede ofrecer ahora Bruselas: como miembros de la UE, los estados pequeños ya existentes, como Luxemburgo y Eslovenia, acceden a jugosos puestos en la jerarquía de la UE (véase el caso de JC Juncker, presidente de la Comisión), disponen de más protección militar y diplomática de la que precisan, y tienen acceso directo a los mayores mercados del mundo.

Veinte años después de la disolución de Yugoslavia, con Escocia una vez más en ebullición y Croacia y Eslovenia firmemente bajo la égida de la UE, creo que el tiempo me sigue dando la razón.

La alternativa cosmopolita al nacionalismo español, la Unión Europea, es un bicho curioso: se creó como forma de asegurar que Europa proyectara poder e influencia al mundo (recuerdo bien aquella retórica de los 1980 y 1990) y, habiendo vivido años en capitales extranjeras, les puedo asegurar que lo que Europa proyecta no es ni poder no influencia; si acaso, proyecta desánimo, depresión y ganas de irse de vacaciones.

La unidad no siempre hace la fuerza. Aquí uno me podría acusar de estar favoreciendo, entonces, al nacionalista catalán que defiende precisamente eso. Pero es una cuestión de escala y de conveniencia. Porque las relaciones humanas no funcionan con leyes de hierro. España, Francia, Italia, Alemania, han sido unidades territoriales muy exitosas durante siglos (Italia algo menos, y los exitosos de Alemania han sido en general sospechosos, pero la regla general es ésa). Contienen poblaciones homogéneas que, de forma orgánica, se han amalgamado en sistemas de variable diseño pero que han tenido gobierno, cultura y leyes comunes.

La Unión Europea, por contra, es un Frankenstein imposible, gobernado desde ese aborto nacionalista que es Bélgica (un país casi enteramente laico que sólo se escindió de Holanda por motivos religiosos), conteniendo todos los psicodramas alemanes pero muy pocas de las ventajas de Alemania.(*)

En realidad, Washington DC es el único lugar donde uno puede encontrar una perspectiva clara sobre Europa. Durante años, presidentes estadounidenses perplejos sobre la diferencia entre Eslovenia y Eslovaquia querían saber con quién ponerse al teléfono para darle órdenes a sus “aliados” europeos bajo ocupación militar. ¡Ahora ya la saben! Ya hay un presidente europeo que recibe consignas sobre cómo intimidar a Rusia y cómo bloquear el comercio chino: un famoso beodo que representa a un paraíso fiscal especializado en el blanqueo de capitales. ¡Europeísmo! ¡Progreso!

No conozco ningún proyecto brutalmente utópico en el nacionalismo español; la última vez que las tropas españolas ocuparon Portugal, en 1847, fue para ayudar a concluir una guerra civil allí, y se retiraron de inmediato. Pero el europeísmo está infectado de utopianismo demencial desde su nacimiento: gracias al conde  Coudenhove-Kalergi, Richard Nikolaus Eijiro. Porque si nos vamos a acordar de Sabino Arana y su boina, y de Castelao, y de Blas Infante, no podemos olvidar al padre de la Unión Europea, al hombre que recibió el primer premio Carlomagno.

Cualquier figura del nacionalismo español que se presente, no importa cuán patética y desnortada, no tiene comparación con lo que cabía dentro de la cabeza de Coudenhove. Cito mi extenso artículo al respecto:

“Hijo de un conde austrohúngaro y de una dama japonesa con posibles, el conde Richard era masón y ardiente filósofo en un momento de creciente antisemitismo en Europa. También propugnaba la mezcla racial masiva, a pesar de que nunca tuvo hijos biológicos conocidos. En su libro de 1925 “Praktischer Idealismus”, escribió que quería que los pueblos indígenas de Europa desaparecieran lentamente, entrecruzándolos con inmigrantes africanos, asiáticos y del Medio Oriente, a quienes se alentaría a llegar a Europa en gran número.

Como padre de dos hermosos niños euroasiáticos, me siento extraño al escribir esto sobre el mestizaje obligatorio (puedo asegurarle, lector, que en mi caso el mestizaje no fue obligatorio), pero parece, a mi entender, el plan del Conde Richard para el futuro de una Europa unificada. Y aún hay más.

España es, en muchos sentidos, uno de los países más exitosos del mundo: no hay más que observar su esperanza de vida, renta por habitante, nivel sanitario, incidencia de crímenes, libertades individuales. Pretender que el nacionalismo español, el único adhesivo que ha mantenido el país unido durante siglos, no tiene nada que ver con esto, que esto fue un regalo de los alemanes tras 1986, es iluso y, francamente, insultante: la insinuación de que los españoles somos seres inútiles a los que tienen que venir a limpiar y europeizar los funcionarios de Bruselas es simplemente mostrar desconocimiento de la historia y desprecio a lo propio.

Rabtan escribe en su artículo:

“El nacionalismo es una enfermedad, el síntoma de un mal endémico. Un residuo irracional, nacido de nuestros instintos animales, gregarios. En cuanto aplicas la razón, el nacionalismo debería empezar a diluirse, como el mal olor cuando empiezas a asearte con frecuencia. Por desgracia, el instinto es tan fuerte, que los hombres lo han racionalizado —con una intensidad obtusa pero eficaz— basándose en datos inventados y en correlaciones forzadas.

La respuesta del nacionalista raramente es: a los cosmopolitas/globalistas os huele más el sobaco. Son más sofisticados: esto es lo que escribió Yoram Hazony, hace no mucho tiempo, en 2018 (La traducción es mía):

El nacionalista, podemos decir, sabe dos cosas muy grandes, y las mantiene ambas en su alma al mismo tiempo: Él sabe que hay una gran verdad y belleza en sus propias tradiciones nacionales y en su propia lealtad a ellas; y, sin embargo, también sabe que no son toda la suma del conocimiento humano, porque también hay verdad y belleza que se encuentran en otros lugares, que su propia nación no posee … Sostengo que esta tensión es una virtud muy grande en cualquier individuo.

Yo sostengo que los que desprecian esta tensión no solamente se equivocan, sino que están condenados a fracasar. Y a fracasar no en un paraíso democrático, sino en el único tipo de Estado multinacional sostenible: un estado autoritario. Porque una democracia sostenible sólo es posible en una nación-estado, en un Estado en el que una gran mayoría de los miembros sienten una identificación mutua que estás más allá de los intereses tribales, que precisamente son los que dominan los estados multinacionales como el Líbano (o Estados Unidos).

Las naciones-estados son las únicas que tienen el privilegio de montar partidos dominados sobre discusiones sobre el nivel del IRPF y el gasto estatal; en las demás, toda la discusión está en qué grupo manda, y se vota, consecuentemente, sobre base tribal. Lee Kuan Yew, fundador (a su pesar) de Singapur:

“En las sociedades multirraciales, uno no vota de acuerdo con sus intereses economicos e intereses sociales, sino que vota de acuerdo con la raza y la religion”.

Y si alguien no está de acuerdo, que me explique cómo ganó las elecciones presidenciales Donald Trump, y en qué parte del electorado se apoyó. Esto es lo que dijo Slavoj Zizek, ex yugoslavo, hace una década, durante una aparición en Democracy Now, el 13 de Mayo de 2008:

“Si uno no tiene una identificación patriótica básica, no necesariamente nacionalismo, sino al menos en el sentido de que ‘todos somos miembros de la misma nación y tal’, entonces la democracia no funciona. No se puede tener una democracia viva en este sueño liberal multicultural”.

Sería difícil convencerme de que el nacionalismo español es un producto negativo, que es “malo”, que nos ha perjudicado más de lo que nos ha beneficiado; pero sería posible, con los argumentos adecuados. Intentar vendernos los productos alternativos que hay de oferta, los del señor Arana o el conde Coudenhove, eso lo veo aún más difícil.

(*Durante una entrevista con Pablo Iglesias de Podemos, en 2015, me comentó su sorpresa cuando llegó al parlamento europeo y descubrió que todos los presidentes de todos los grupos parlamentarios, sin excepción, eran alemanes.)

About David Roman

Communicator. I tweet @dromanber.
This entry was posted in Ocurrencias and tagged , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.