Podemos en Venezuela (Prólogo)

(Éste es el prólogo de mi nuevo libro, “Podemos en Venezuela”, publicado por Homo Legens y disponible aquí y aquí)

A mediados de 2009, el revolucionario español Juan Carlos Monedero estaba descorazonado. Llevaba cuatro años trabajando para el régimen que había instaurado el coronel Hugo Chávez en Venezuela, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo. Cuatro años en los que había pasado de ser uno más de los muchos “turistas revolucionarios” que habían aparecido en Caracas buscando hacerse una foto con Chávez y recibir subsidios para sus proyectos en varios continentes, a convertirse en una pieza importante dentro del régimen.

Monedero entonces trabajaba en el Centro Internacional Miranda (CIM), la mayor organización ideológica del chavismo, a cargo de elaborar propaganda y discutir nuevos modos de actuación para implementar lo que hacía años que se llamaba “Revolución Bolivariana”. Vivía en el Anauco Suites, un aparthotel en el centro de Caracas que también sirve de sede para el propio CIM, sito de hecho en una de las pocas partes de la capital venezolana donde entonces un tipo menudo, entrado en años, con acento extranjero, aire despistado y gafas de conspirador político de los años 1930, podía salir a la calle sin ser atracado, secuestrado o asesinado; hoy en día, la zona ya es casi tan peligrosa como cualquier otra de la ciudad.

Muchos venezolanos lo habrían dado todo por cambiarse por Monedero, quien tenía acceso directo al presidente Chávez, toda la comida que quisiera sin necesidad de pasar el día en colas, transporte con chófer y escolta, un trabajo fijo que pagaba en dólares estadounidenses. Pero a Monedero le faltaba algo. Le faltaba convicción en que estaba haciendo lo correcto. Viendo la espiral destructiva en la que había caído la Revolución, el latrocinio generalizado de los recursos del país, públicos o privados, y el endiosamiento de un Chávez que no aceptaba crítica alguna ni leía sugerencia alguna, Monedero tenía dudas.

Un día, sentado en la recepción de Anauco Suites, junto a la entrada del complejo, Monedero vio a un grupo de cubanos – fácilmente identificables por su acento y su aire sobrado, de estar a cargo de todo – bajar un gran cargamento de muebles por los ascensores. Eran muebles como los que él tenía en su apartamento, de buena calidad, caros, el tipo de mueble que uno puede encontrar en un hotel de alto nivel como el Anauco Suites.

Monedero preguntó, y le explicaron que los cubanos estaban sacando los muebles para llevarlos al aeropuerto. Y de allá a La Habana, donde había gerifaltes del régimen cubano que los habían echado el ojo y querían colocarlos en su residencia.

Lo que los cubanos decían, se escuchaba; lo que querían, lo tomaban. Así funcionaba la Revolución. Monedero describió la escena de los muebles, y su malestar y descontento con la situación, en una conversación con una vieja conocida en Caracas, la analista política Margarita López Maya, en el apartamento de ésta.

López Maya, autora de varios libros sobre la historia y política venezolana, me contó aquella conversación con Monedero, y muchas cosas más, a finales de 2014, en una charla telefónica. Yo entonces era corresponsal del periódico estadounidense Wall Street Journal, que me había asignado semanas atrás la tarea de investigar las relaciones entre un colorido partido político español de nueva creación, Podemos, y el régimen venezolano.

El Journal llevaba ya más de un año detrás de la pista de Podemos cuando me puse a investigar el ángulo venezolano. Varios corresponsales en distintas capitales, sobre todo ciudades latinoamericanas y Atenas, habían oído hablar de los lazos entre un grupo de radicales izquierdistas españoles y el régimen chavista. Algunos habían escuchado el nombre de Monedero, veterano asesor del líder chavista para cuando la versión griega de Podemos, Syriza, envió una delegación a Caracas a pescar apoyos para su propio ascenso a los cielos.

Los radicales griegos, como los estadounidenses, alemanes, franceses, etc, tenían un serio problema de comunicación con el chavismo, centrado en el más básico de los inconvenientes: pocos chavistas de renombre, o siquiera mediana importancia, hablan idiomas que no sean el español. Y sólo los radicales no hispanohablantes que han estado mucho tiempo en los ámbitos izquierdistas latinos hablan español de forma siquiera aceptable.

Dadas las circunstancias, no es de extrañar que la prominencia de los españoles, el grupito de Monedero y un tipo bajito con coleta, fuera significativa en Caracas. Todo el mundo les conocía, todo el mundo había oído hablar de ellos y había hablado con ellos. Todo el mundo tenía una opinión sobre ellos, y muchos en el ámbito de la izquierda radical tenían envidia de ellos, no siempre sana, por su acceso y su capacidad de comunicación con Chávez y su círculo íntimo, por la bola que les daba el presidente venezolano, siempre ansioso por soltarle un discurso al primero que pasara por allí.

Yo a Chávez ya le conocía bien cuando empecé a reportar sobre Podemos y sus aventuras en Venezuela. Había comenzado mi carrera de periodista en 1995 en la Agencia Efe, y fui corresponsal en China entre 1998 y 2001, antes de incorporarme al Journal en Madrid. En 2008, justo antes de la crisis financiera de aquel año, me mudé a Singapur para trabajar como columnista cubriendo los mercados asiáticos, y me topé con Chávez por pura casualidad.

A finales de aquel año loco de 2008, con los mercados financieros en caída libre y los líderes del capitalismo en medio de un ataque de pánico, Hugo Chávez se fue de viaje oficial a China. Yo vivía tranquilamente en Singapur con mi esposa y mi primer hijo, recién nacido, pero la filial de noticias en tiempo real del Journal, Dow Jones, me llamó de un día para otro y me dijo que me tocaba irme a Pekín a reportar sobre el viaje de Chávez, por un motivo de peso: entre cientos de corresponsales de la empresa en toda Asia, no tenían ningún otro que hablara español con fluidez.

Los arreglos para el viaje fueron complejos, teniendo en cuenta que Singapur está a ocho horas de avión de Pekín y que el estado chino no es precisamente muy receptivo con los corresponsales extranjeros, por mucho que hayan vivido antes allí, pero me encontré un día en el Gran Palacio del Pueblo, un gigantesco edificio de estilo socialista que cubre todo un lado de la Plaza de Tiananmen, con Hugo Chávez delante.

Hay que tener en cuenta que esta época, la época en la que Monedero vivió en Venezuela empleado en el régimen chavista (2005-2009) y en la que después siguió en estrecho contacto logrando contratos con los cuales la Fundación CEPS obtuvo millones de euros en financiación para la creación de un proyecto chavista en España, era la época dorada de Chávez.

Chávez había accedido a la presidencia venezolana en 1999, sin ningún ánimo de soltarla. Inmediatamente reformó la constitución para hacerla ultra-presidencialista, convirtiendo a Venezuela en República Bolivariana. Sobrevivió a un golpe de estado en 2002, y se benefició de la espectacular subida de los precios del petróleo: en 1999, el barril tocó fondo histórico, por debajo de los 20 dólares estadounidenses, y empezó a remontar. Con los ataques terroristas de Septiembre de 2001, la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio a finales de ese mismo año y la invasión estadounidense de Irak en 2003, el precio del petróleo se disparó.

Venezuela, entonces uno de los mayores productores mundiales, se benefició espectacularmente. Repartiendo dinero a diestro y siniestro entre sus votantes más modestos y sus fans más acérrimos en occidente, Chávez se convirtió en una imagen recurrente: el icono de la nueva Izquierda del Siglo XXI, guasón, populista, bailón, seductor.

A finales de 2008, junto al Gran Palacio del Pueblo de Pekín, yo estaba entre un grupito de periodistas españoles que cubrían la visita de Chávez. La mayor parte de estos periodistas eran mujeres jóvenes. Según pasaba Chávez por delante de nosotros junto al presidente chino de entonces – un hombre estólido, de expresión inmóvil como la de un muñeco de cera llamado Hu Jintao – Chávez se fijó en las señoritas españolas.

Aprovechando que Chávez se había vuelto hacia nosotros, una de las periodistas gritó una pregunta, probablemente referida al precio del petróleo (entonces en caída libre después de haber alcanzado máximos históricos a principios de años) o alguna nadería que estaría de rabiosa actualidad. Chávez sonrió, se acercó al grupito y dijo:

-Miren, ahora no tengo tiempo para hablar, tengo varias vainas con mis amigos chinos. Pero si quieren les invito esta noche a cenar a la embajada y hablamos. ¿Qué les parece?

Los periodistas, que pocas veces recibimos ese tipo de invitación personalizada, ni siquiera cuando estamos en el Journal, nos lanzamos encima de los funcionarios de la embajada que acompañaban a Chávez y su comitiva. Los funcionarios, un poco de mala gana, asintieron: era verdad que el propio señor presidente nos había invitado, al menos a los españoles, así que nos atenderían.

Cuando llegué esa noche a la embajada, no sabía qué esperar.

Todo el viaje de Chávez había sido un espectáculo interminable, que había ocupado mi atención desde la mañana a la noche: me había pasado unas cuantas horas atascado en el tráfico de Pekín, intentando llegar al aeropuerto para recibir al presidente; luego me había unido a la comitiva y había asistido a sus eventos oficiales con persistente estupor: el grupo de ministros y altos funcionarios que acompañaba a Chávez era como una reunión de saltimbanquis que se había escapado de un circo, como una troupe que se había traído de Caracas para exhibirla por Pekín.

Aparte, el choque cultural entre los chinos, gente seria poco aficionada al contacto físico, y los cariñosos venezolanos era digno de verse: Chávez se pasó todo el viaje abrazando y besando a funcionarios chinos que se quedaban de piedra ante la efusividad de su invitado; cuando hablaba, lanzaba largas peroratas sobre la amistad chino-venezolana, y prometía la construcción de una, dos, cinco plantas de gas y petróleo, o tres, ocho, quince aeropuertos, que pagarían los chinos, o los venezolanos, o alguien. Y luego cerraba sus discursos con grandes alabanzas al marxismo-leninismo que los chinos, vacunados al maoísmo desde su juventud, escuchaban vía cascos de traducción con expresiones inescrutables.

El día anterior, me había colado en la embajada a primera hora, sin mostrar ninguna acreditación y confiando en que los guardias chinos no se atreverían a parar a un occidental con cara de ir con prisa, y entrevisté a Rafael Ramírez, entonces Ministro de Petróleo. Este tipo era el más normal e importante de los ministros de Chávez, y me dio unos cuantos comentarios exclusivos sobre el mercado del petróleo que prácticamente justificaron mi presencia en Pekín. Lo de cenar en la embajada con Chávez fue un añadido.

Y, la verdad sea dicha, fue un añadido algo decepcionante. Chávez nos tuvo tres horas esperando hasta que salió, y cuando salió comprobó que en la embajada no había cena para una docena de periodistas y otros tantos funcionarios hambrientos. Yo, que era el que mejor hablaba chino de los presentes (que no es mucho decir), me fui con una funcionaria de la embajada a comprar una treintena de pizzas, en una camioneta.

Años después, investigando el periplo de Pablo Iglesias y compañía en Caracas, no me resultó difícil entender la decepción, el desencanto de Monedero con un régimen que hablaba mucho, sonreía todo el tiempo y abrazaba a todo el mundo, invitaba a cualquiera sin hacer preparación alguna y luego compraba pizzas con el dinero que llevaba encima; y si no llevaba dinero, pues entonces uno se quedaba sin comer.

El chavismo, para mí, quedó retratado por aquellos días en Pekín: Chávez hablando en una sala de la embajada, rodeado de periodistas, diciendo vaguedades y soltando promesas que jamás cumpliría, mientras una banda de funcionarios besaculos le observaba con un aire entre obsequioso y temeroso. Chávez era el tigre que había cazado la gacela del capitalismo, y le dejaba los restos a sus agradecidos chacales. Cuando empezó a sentirse cansado, se retiró a sus aposentos y nos dejó a todos con dos pares de narices y la embajada invadida de cajas grasientas de pizza.

*

En este libro, presentaré las conclusiones de años de investigación sobre la prehistoria de Podemos en Venezuela, y las pruebas que indican más allá de cualquier duda la profunda relación que hubo desde el principio entre los eventuales fundadores de Podemos y las altas esferas del régimen venezolano.

Trazaré cómo Monedero llegó a ser uno de los hombres de confianza de Chávez, y cómo Chávez eventualmente decidió utilizarle como punta de lanza para crear en España un movimiento bolivariano – lo que se llamaría Podemos – que sirviera para extender los principios chavistas en el mundo desarrollado, del mismo modo que otras franquicias y partidos fueron financiados para crear regímenes afines al chavismo en Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Argentina.

Mostraré las estimaciones más actualizadas sobre las cantidades de dinero que el chavismo entregó a los fundadores de Podemos para financiar el lanzamiento del partido, y también las cantidades que el chavismo se negó a entregar: por ejemplo, durante un viaje de Monedero a Caracas, después de la muerte de Chávez en 2013, en el que no logró convencer a Nicolás Maduro – sucesor de Chávez – de la necesidad de gastar millones de euros en comprar una televisión local española para que sirviera de altavoz a Podemos.

Para mejor comprensión de los lectores, me serviré de un esquema cronológico en este libro: el primer capítulo presentará una historia rápida del chavismo y el desmoronamiento político, social, económico e institucional que permitió el ascenso de un militar golpista autodidacta hasta la presidencia de uno de los países (entonces) más prósperos y estables de Latinoamérica.

Cualquier lector español podrá observar paralelos entre el desmoronamiento del estado venezolano y la lenta pero continua erosión del estado español y sus instituciones por parte de José Luis Rodríguez Zapatero, quien, obviamente, acabaría convertido en correveidile del chavismo. Y cómo esto fue continuado bajo la timorata presidencia de Mariano Rajoy y acelerado desde que llegó al poder el ala más cínica del PSOE, bajo la presidencia de Pedro Sánchez, ahora apoyada y mantenida por el agente número uno del chavismo en España, desde su puesto de vicepresidente del Gobierno.

Cualquier lector de cualquier país podrá ver en conjunto la escala de los engaños, manipulaciones, robos y violencia que llevaron a la aniquilación de un país que ha llegado al punto de ser incapaz de sacar el petróleo de la tierra. Un país que ha sido desangrado, violado, arrasado y destripado, con gran parte de su población obligada a emigrar para comer, y el resto sometida a un régimen de matones tercermundistas que si no fueran sangrientos hasta el extremo serían excelente material cómico.

Uno podría pensar que estoy exagerando, pero no hay más que ir a la última edición del informe anual de Human Rights Watch sobre Venezuela, emitido en 2020:

“No quedan actualmente en Venezuela instituciones gubernamentales independientes en pie que puedan ejercer un freno ante el poder ejecutivo. Tanto durante el gobierno de Nicolás Maduro como anteriormente en el de Hugo Chávez, las autoridades coparon los tribunales con jueces sin la más mínima pretensión de independencia. El gobierno ha arremetido contra críticos a través de una brutal represión en las calles, el encarcelamiento de opositores y el juzgamiento de civiles en la justicia militar. También ha despojado de sus poderes a la Asamblea Nacional, de mayoría opositora. En septiembre, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU adoptó una resolución que crea el primer mecanismo internacional de investigación independiente de las atrocidades cometidas en Venezuela. Debido a la grave escasez de medicamentos, insumos médicos y comida, muchos venezolanos no pueden alimentar adecuadamente a sus familias ni acceder a la atención médica más básica. El éxodo masivo de ciudadanos venezolanos que huyen de la represión y la escasez constituye la mayor crisis migratoria en la historia reciente de América Latina. Otras preocupaciones que persisten son la brutalidad policial, las precarias condiciones de detención, la impunidad de violaciones de derechos humanos y el hostigamiento a defensores de derechos humanos y medios de comunicación independientes por parte de funcionarios gubernamentales.”

Números: el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados informó que, entre 2014 y hasta Noviembre de 2019, cerca de 4,5 millones de venezolanos, de una población total estimada de 32 millones, habían huido del país. También se han ido otras personas cuyos casos no han sido informados por las autoridades.

A Noviembre de 2019, había casi 400 presos políticos en cárceles o sedes de los servicios de inteligencia de Venezuela, según datos del Foro Penal, una red venezolana de abogados defensores penalistas que trabajan ad honorem. Seguimos con HRW:

“Durante la represión en 2014 y 2017, miembros de las fuerzas de seguridad venezolanas, junto con grupos armados partidarios del gobierno llamados “colectivos”, atacaron protestas, incluyendo algunas en las que participaron decenas de miles de manifestantes. Integrantes de las fuerzas de seguridad dispararon municiones antidisturbios a quemarropa contra manifestantes, golpearon brutalmente a personas que no mostraban resistencia y llevaron a cabo violentos allanamientos en edificios de departamentos. Integrantes de las fuerzas de seguridad también han cometido graves abusos contra detenidos que, en algunos casos, constituyen torturas, como violentas golpizas, descargas eléctricas, asfixia y abusos sexuales. En 2019, miembros de las fuerzas de seguridad respondieron con violencia a manifestaciones en apoyo a (Juan) Guaidó1, y dispararon a quemarropa perdigones o municiones reales contra los manifestantes. Cientos de personas fueron detenidas y decenas murieron asesinadas en varios incidentes ocurridos en enero y mayo. El Foro Penal contabiliza que más de 15.000 personas fueron detenidas desde 2014 en relación con manifestaciones, incluidos manifestantes, transeúntes y personas que fueron llevadas de sus casas sin orden judicial. Hasta noviembre, cerca de 8.900 habían recibido libertad condicional pero aún estaban sujetas a causas penales. La justicia militar ha procesado a más de 840 civiles, violando lo dispuesto por el derecho internacional. Muchas otras personas detenidas en relación con las protestas o activismo político permanecen en arresto domiciliario o están detenidas a la espera de un juicio. Otras se han visto obligadas a exiliarse.”

Más números: desde 2016, miembros de la policía y de las fuerzas de seguridad han provocado la muerte de casi 18.000 personas en Venezuela en situaciones de supuesta “resistencia a la autoridad”. DIECIOCHO MIL ASESINATOS POR PARTE DE LAS FUERZAS DE SEGURIDAD, sólo en cuatro años. El ministro de Interior, Néstor Reverol, informó en Diciembre de 2017 de que hubo 5.995 de estos casos en 2016 y 4.998 en 2017. Las fuerzas de seguridad venezolanas causaron la muerte de alrededor de 7.000 personas en incidentes que, según alegaron, eran casos de “resistencia a la autoridad” durante 2018 y los primeros cinco meses de 2019, conforme a cifras oficiales citadas por la Oficina de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos.

El listado de asesinatos, secuestros, torturas y violaciones es interminable. Como lo es de las fuerzas parapoliciales participantes, que en realidad son diferentes milicias a cargo de diferentes facciones del chavismo: la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía Nacional Bolivariana (PNB), el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC) y fuerzas de policía de los estados.

Desde 2004, HRW informa, el poder judicial dejó de actuar como poder independiente del gobierno. El gobierno actúa con plenos poderes de censura previa, o a posteriori, por el motivo que quiera. Desde Noviembre de 2017, existe una “Ley contra el odio” (muy parecida a la que quiere aplicar Unidas Podemos en España) ‘que contiene definiciones imprecisas que socavan la libertad de expresión. Prohíbe a los partidos políticos que “promuevan el fascismo, la intolerancia o el odio” y prevé penas de prisión de hasta 20 años contra quienes publiquen “mensajes de intolerancia y odio” en medios de comunicación tradicionales y medios sociales.’

El estado condena al hambre a los disidentes: “Ciudadanos y organizaciones no gubernamentales venezolanos han expresado señalamientos creíbles de que un programa gubernamental que distribuye alimentos y artículos básicos a precios controlados por el gobierno discrimina contra críticos del gobierno”.

Mientras, decenas de miles de presos comunes y políticos se pudren en las peores prisiones del planeta, donde el asesinato (casi siempre presentado como suicidio) por estrangulación es rutina: “La corrupción, la seguridad deficiente, el deterioro de la infraestructura, la sobrepoblación, la falta de personal suficiente y la capacitación inadecuada de guardias han permitido que pandillas armadas ejerzan el control efectivo de las cárceles. La sobrepoblación penitenciaria se ve agravada por el uso excesivo de la prisión preventiva”.

En Septiembre de 2020, la ONU publicó un informe2 en el que una misión independiente investigó 2.500 incidentes que implicaron 4.600 asesinatos y 3.479 detenciones arbitrarias en los seis años precedentes, además de violaciones múltiples – implicando a jerarcas del régimen – y torturas de todo tipo, incluyendo el uso de drogas y descargas eléctricas. La misión solicitó que la Corte Penal Internacional emprenda acciones legales contra los responsables en el régimen venezolano, por crímenes contra la humanidad.

Según un reciente estudio, el 96 por ciento de los venezolanos vive en situación de pobreza. El 79 por ciento en situación de pobreza extrema. En 2020, el país lidera por sexto año consecutivo el ranking de la miseria mundial de Bloomberg.

Sin embargo, la realidad es diferente para los chavistas pata negra: un reciente reporte del New York Times indicó que su ex enfermera Claudia Díaz, por ejemplo, luego nombrada para altos cargos de la administración, ha sido sancionada en EEUU por participar supuestamente en un fraude cambiario por 2.400 millones de dólares. Ha sido identificada como dueña de 250 lingotes de oro, valorados en 9,5 millones de dólares.

Y hay muchos más: el teniente Alejandro Andrade, quien admitió haber recibido 1.000 millones de dólares en sobornos. O mi querido Rafael Ramírez, quien junto con otros funcionarios y el empresario Alejandro Betancourt son investigados por haber montado un sistema de corrupción que le robó 4.500 millones de dólares al país. Por no mencionar al propio Maduro y a varios de su entorno, denunciados por todo tipo de corruptelas incluyendo el tráfico de drogas.

En Venezuela, hace muchos años que se hizo popular una expresión: “Todo bochinche, agarra lo que puedas”. En España, lo diríamos así: “Todo se ha ido a la mierda. Roba lo que puedas” antes de salir corriendo a otro lugar.

*

En el segundo capítulo, describiremos las circunstancias en las que Chávez se convirtió en una figura de referencia para la extrema izquierda española y cómo llegó a conocer a Monedero, un asesor de relativamente bajo nivel en Izquierda Unida cuando el líder chavista vio en él un potencial para la destrucción que pocos habían percibido antes.

En los capítulos siguientes, examinaremos las circunstancias en las que Monedero ascendió dentro del régimen chavista, llegando a convertirse en pieza clave con suficiente entidad como para manejar importantes recursos y, en un momento de gran relevancia, enfrentarse personalmente con Chávez. Este enfrentamiento se saldó con una reconciliación emocionada en televisión, al más puro estilo telenovela de quinta categoría, como veremos, porque el chavismo es fundamentalmente una ideología infantiloide para personas como Monedero, a quien uno de sus conocidos en Caracas describió como un “adolescente eterno”, como veremos.

En los capítulos finales, harán aparición Pablo Iglesias, Jorge Verstrynge, Iñigo Errejón y otros personajes claves de Podemos que tuvieron un papel más secundario, aunque no irrelevante, en el régimen chavista. También ataré los últimos cabos respecto al papel tardío de la financiación chavista en la creación de un aparato mediático favorable a Podemos.

Antes de concluir esta introducción, me gustaría explicar que, durante los años en que he entrevistado a cientos de personas para la confección de este libro, he conocido a mucha gente excelente en la órbita de Podemos: gente dedicada, preocupada por la corrupción y el bipartidismo enquistado en España entre 1982 y 2014, gente que sentía que unas instituciones dominadas por Bruselas y Washington DC no respondían a sus inquietudes ni sus preocupaciones, ni trabajaban en su favor.

El gran éxito de Podemos es haber logrado capturar, embaucar y canalizar ese desencanto, en haber convencido a millones de personas que sentían un legítimo malestar por la condición de un estado mal gestionado y endeudado hasta las cejas de que la única alternativa de cambio legítimo era lanzarse en los brazos Pablo Iglesias, su harén de compañeras, colaboradoras y amigas diversas, y sus abrazafarolas.

Yo fui muy feliz de olvidar el chavismo durante un par de años, hasta que a mediados de 2011 sobrevino el 15-M. Había vuelto a España pocos meses antes, como corresponsal del Journal, y mi jefe por aquel entonces, un astuto y brillante mexicano llamado Santiago Pérez, me llamó la atención sobre aquellas protestas: mi respuesta, como nativo sobrado que ya había visto muchas manifestaciones en España, fue minusvalorar el movimiento.

Escribí un par de breves artículos sobre el tema, sin perder más tiempo del preciso, y no lo recordé hasta dos meses después, cuando la policía detuvo a unos piratas informáticos acusados de haber atacado la sede electrónica de la Junta Electoral Central antes de las elecciones municipales de aquel año. Por diversos motivos que no vienen a cuento, nuestros jefes en Nueva York expresaron un vivo interés en aquellos hackers, y me enviaron un par de veces a Gijón, donde pasé varios días persiguiendo al presunto jefe de la banda de piratas, un veinteañero marino mercante.

Teniendo tiempo que matar en Gijón, acabé deambulando por la ciudad y me encontré con un grupo de personas de diversas edades en una céntrica plaza, sentadas junto a una mesa en la que recogían firmas y sugerencias para continuar el movimiento del 15-M. Me senté junto con ellos, pensando que algo estaba ocurriendo y tenía que estar más atento, y pasé horas preguntando y escuchando.

De aquel encuentro casual, y otros relacionados con los hackers imputados por el ataque a la Junta Electoral Central, surgieron varios contactos en el movimiento, en Madrid. Algunos fueron tan curiosos, que acabaron invitándome a actos en favor de presos etarras en la capital: la clase de actos que organizaba y apoyaba un profesor de Políticas de la Complutense confusamente llamado Pablo Iglesias, como el fundador del PSOE.

En aquella época, no coincidí con Iglesias, pero sí con mucha otra gente en aquel movimiento amorfo y confuso, que sólo alcanzó cierta coherencia cuando el Partido Popular llegó al poder en España, con mayoría absoluta, en Diciembre de 2011, y encontraron un enemigo claro al que podían odiar sin cortapisas, contra el que podían luchar sin dudas.

Era un movimiento cuyas luces se exhibían en todas direcciones, y cuyas sombras se escondían con esmero.

De aquel movimiento salieron iniciativas que conocí muy de cerca, como 15MPaRato, una de las primeras maniobras oportunistas de lo que sería Podemos, que se coló en la acusación popular por el caso Bankia que había lanzado UPyD, con la sola intención de enmerdar, complicar y desestabilizar las instituciones estatales. También surgieron campañas más loables, y fue gente de este mundillo quien me filtró copias de todos los emails del Caso Blesa dirigido contra el antiguo presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, quien habría de suicidarse en 2017.

Leyendo los emails de Blesa, uno puede entender la furia de gente que trabaja, paga impuestos y ve como una gran caja de ahorros es dirigida como agencia de favores y colocación para políticos del régimen y sus amigos empresarios, millonarios y de la “casta” a la que tan rápidamente se apuntaron Iglesias y su compañera sentimental en cuanto pudieron pagar la hipoteca de un palacete.

Gracias a estos contactos, en 2014, cuando Podemos se presentó a las elecciones al Parlamento Europeo y empezó a aparecer en las encuestas como posible ganador de un escaño, me resultó fácil llegar a Pablo Iglesias. Alguien me pasó su número de móvil, y le llamé un día: estaba en un tren, pero igual me dedicó cinco minutos.

Dado el ascenso en aquella época de la versión griega de Podemos, Syriza, que ganaría las elecciones generales en aquel país en Enero de 2015, nuestra conversación se centró en temas europeos, e Iglesias expresó un moderado euroescepticismo, indicando que su intención era trabajar para revolucionar del todo las instituciones europeas, pero desde dentro: Podemos no aspiraba a sacar España de la UE, sino a cambiar la UE con ayuda de Syriza y otros movimientos similares que, como luego supe, ya llevaban un tiempo en la órbita chavista y en la “incubadora” para partidos populistas de Caracas.

Al final, mi entrevista con Iglesias quedó reducida a dos líneas en un artículo del Journal sobre las elecciones europeas. Es una pena que no pudiéramos hablar más porque, a la vuelta de aquel verano, me puse a trabajar a fondo en un reportaje de gran extensión sobre los lazos entre los lazos entre el nuevo partido y el viejo régimen de Caracas. Buena parte de la información que aparece en este libro procede de los seis meses que pasé reportando aquel artículo, de las muchas entrevistas y encuentros que tuve con todo tipo de personajes relacionados con el régimen, amigos y enemigos, insiders y outsiders.

Pocas semanas antes de la publicación del reportaje (“How Hugo Chavez Helped Inspire Spain’s Far-Left Podemos Movement”) en la portada y páginas interiores del Wall Street Journal del 26 de Febrero de 2015, quedé a comer con Juan Carlos Monedero.

Esto no es tan singular como podría parecer a alguien que no conozca como funciona la prensa estadounidense, o al menos la prensa de élite como el Journal. Una práctica habitual es llamar a las personas o grupos sobre los que hace cualquier alegación en un artículo, antes de que salga el mismo, como modo de darles una oportunidad para defenderse, responder a o contradecir las alegaciones. Esto es habitual, es el modus operandi, aunque es algo que a mí, y a compañeros corresponsales con los que he coincidido mucho, nos lleva a situaciones frustrantes, ya que en España es más común soltar las bombas primero y esperar las respuestas después.

Lo que ocurrió con Monedero fue no extraño, pero sí poco habitual: gracias a mis contactos en el mundillo, logré su número de móvil y le llamé. Le dije, soy David Román de WSJ, he escrito un artículo en el que se dice que usted hizo X, Y y Z en Venezuela, y el régimen chavista les dio tanto dinero, y… En ese momento, Monedero me interrumpió y me invitó a comer. Me dijo que debíamos hablar sobre todo aquello con calma, y me dio hora y lugar, en la arrocería valenciana que hay cerca de la sede del PSOE en la Calle Ferraz de Madrid.

El día convenido, nos comimos una buena paella juntos, pero tuvimos una conversación frustrante. Yo llevaba muchas preguntas y notas sobre el artículo que presentarle a Monedero para corroborar fechas, lugares, palabras exactas. El en general las miró muy por encima, dijo que aquello era correcto, que sí, que vale, pero había que ponerlo en contexto; así que dedicó casi todo el tiempo no a negar o incluso puntualizar nada de lo que había descubierto en mi investigación, sino a ponerlo todo en contexto.

El contexto, Monedero, explicó, es que el imperio estadounidense quiere destruir el chavismo, que es la mejor esperanza de salvación de la humanidad, y eso no se puede permitir, y no se puede colaborar en esa misión. El chavismo no es perfecto, por supuesto, y Monedero mismo insistió en que en muchos sentidos la España del PP en la que vivíamos entonces era muy superior a la Venezuela de Maduro, pero el chavismo es el futuro del que no se puede escapar.

La forma en que me habló Monedero me mostró sin dudas que estaba muy acostumbrado a hablar con periodistas con los que tiene una gran coincidencia ideológica: a nadie le sorprenderá que le diga que el 90% de los periodistas que conozco, españoles o extranjeros, están en el lado izquierdo de la ideología, en puntos situados entre Karl Marx y Pol Pot. Por ello, Monedero me estaba hablando como a uno de la tribu; no me estaba diciendo: tal o cual punto no es exactamente como te lo contaron, sino que me estaba diciendo: para llegar al triunfo final, necesario y deseable, de la nueva Izquierda del Siglo XXI, es preciso que todos pongamos nuestro granito de arena, incluidos los periodistas. Y el enemigo, que es muy malo aunque sea muy estúpido y no sepa que ya ha perdido, aprovechará cualquier cosa para atacar a Podemos, como esos pequeños detalles de que recibimos tantos o cuantos millones de euros para poner en marcha el partido.

Monedero siguió un buen rato por ese camino. En un momento dado, después de una larga perorata sobre las maldades del imperio estadounidense, le pregunté:

–Has dicho que el imperio estadounidense ha sido el estado más nocivo en la historia del Siglo XX. ¿Más nocivo que la Alemania nazi?

–Sí – respondió – Por supuesto. Mucho más.

Nos despedimos con un apretón de manos, y nunca nos hemos vuelto a ver. Pero, a decir verdad, el artículo del Journal no le molestó: al final, los editores estadounidenses quitaron muchísimos detalles sobre su vida y aventuras en Venezuela, para poner largas explicaciones sobre la historia moderna de España, el franquismo, etc. Todas las cosas que, presuponen, el mítico lector medio en Nebraska que siempre tienen en mente debe saber antes de leer un artículo sobre un país extranjero.

Fue un reportaje, creo yo, contundente, pero no tanto como podría haberlo sido si todo lo más importante respecto a la intrahistoria de Podemos en Venezuela hubiera sido publicado. Llamé a Monedero pocos meses después, para preguntarle sobre un tema político de actualidad en aquel momento, y me respondió con toda cordialidad.

Mucho del material para mi primer gran reportaje sobre Podemos quedó en la memoria de mi ordenador, junto a los correos de Blesa y muchas cosas más, y seguí trabajando durante años en diversos flecos. Poco después de salir el artículo, me involucré en una compleja investigación internacional del Journal sobre la evasión de fondos de Venezuela a varios países, y acabé en un despacho de abogados junto a la famosa arrocería de Ferraz.

Los abogados, que llevaban un tiempo manejando grandes cantidades de dinero procedente de “boliburgueses” – la “burguesía bolivariana” enriquecida por el régimen que tiene la misma querencia por los casoplones y los criados que Pablo Iglesias y su compañera – me atendieron con cierta fascinación; a cargo de unos clientes venezolanos, habían comprado el antiguo Castillo/Palacio de El Alamín en Toledo, en tiempos uno de los más grandes de España, sito en una finca con una superficie 32 veces mayor que la de la Ciudad del Vaticano. Las comisiones y minutas eran extraordinarias; las caras de aquellos abogados eran como las de niños con juguetes nuevos, y muy caros, que se pueden intercambiar por yates de lujo.

Otro fleco curioso tuvo que ver con el Banco de Madrid, cuya enormemente desagradable sede afeó la Plaza de Colón de Madrid durante décadas. Este banco era filial de una institución andorrana, especializada en el blanqueo y evasión de capitales, que eventualmente tuvo que ser intervenida, no porque las instituciones andorranas se sintieran culpables o algo, sino porque el Departamento de Estado de EEUU detectó que servía como hucha de cerdito para más de mil millones de dólares que habían robado los chavistas de la compañía estatal Petróleos de Venezuela, PdVSA.

Con interrupciones varias, he seguido sobre la pista de los chavistas y sus amigos españoles durante años. He hecho muchas otras cosas, por supuesto. Después de mi periodo como corresponsal del Journal en Madrid, fui corresponsal en el Sudeste Asiático de Bloomberg News, una experiencia fascinante pero que tuve que dejar después de año y medio por obligaciones familiares.

De vuelta en Madrid, pedí un puesto de trabajo en una multinacional; un ex colega del Journal que trabajaba en aquella multinacional me explicó que recursos humanos había rechazado mi candidatura. Le pregunté por qué, y me explicó que había diversos motivos, pero que la persona de recursos humanos con la que había hablado, una mujer joven, le había recomendado que borrara de mi currículum toda referencia al artículo que había escrito sobre Podemos en Venezuela.

–¿Por qué? – pregunté.

–Hombre… – me respondió mi ex colega, con voz paciente – Porque todo el mundo sabe que eso de que Podemos tiene que ver con el chavismo y todo eso del dinero es fake news.

Así que este libro va dedicado a aquella pobre mujer, muy probablemente una votante de Podemos que dedica su vida a su trabajo y a su gato/perro, y vota en las votaciones electrónicas amañadas por Podemos; y en las noches difíciles se duerme consolándose con la idea de que, hombre, Pablo Iglesias tiene tres hijos y un palacete con piscina es un sacrificio razonable para un líder revolucionario que hace tanto por el pueblo. Va por ti, mujer que prefirió dejar sin comida a mis hijos para proteger sus ignorantes nociones de justicia y democracia. Aún estás a tiempo de salir de la ignorancia.

1El presidente venezolano reconocido por, entre otros, EEUU y la Unión Europea, incluyendo a España (téoricamente, como veremos), desde que fue nombrado por el parlamento a principios de 2019. La reacción del chavismo fue incumplir su propia constitución, montar una asamblea paralela, y seguir como si nada.

2“Informe de la misión internacional independiente de determinación de los hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela”

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