Memorias de García Oliver, ministro anarquista pasado de rosca (1)

Juan García Oliver, ex ministro anarquista de la II República Española, publicó sus memorias, “El eco de los pasos”, en 1978. Jamás abandonó el exilio para regresar a su país, y murió en México en 1980.

García Oliver es un personaje semi-desconocido, incluso para los estudiosos de la República, en gran medida por lo vergonzante que resulta para la mitología sentimentaloide del republicanismo: autodidacta, terrorista, lenguaraz, directo. Un tipo muy de su época, camarero que nunca aceptó la vida del lumpenproletariado y se hizo hombre de acción para matar hasta que le mataran; y, de algún modo, llegó a viejo.

No tiene ninguna calle en España. Nunca nadie le menta. No aparece jamás en los Diarios de Guerra de Manuel Azaña. Es una figura que muchos prefieren que se oculte y se olvide. Su entrada en Wikipedia está trufada de errores. Se parecía bastante a James Gandolfini/Tony Soprano, después de una dieta.

Sus memorias son fascinantes. Yo las he leído sin ningún prejuicio, incluso con cierto afecto por una persona que está mucho más cerca de mi misma clase, de mi misma vida, que muchos otros personajes de la Guerra Civil. Tengo una conexión familiar: un hermano de mi abuela paterna que era amigo del famoso anarquista catalán El Noi del Sucre, y desapareció como él en aquellos tiempos de bandolerismo en Barcelona, asesinado en algún agujero.

García Oliver no es una persona admirable, ni emulable, pero es un gran cronista de su época. Muchas veces recuerdo a la abuela de José Luis de Vilallonga, citada en las memorias del famoso aristócrata y escritor (y actor), hablando con él en la mansión familiar cuando el pequeño José tenía unos 10 años y García Oliver ya andaba por las calles, revólver en mano:

–Los pobres son pobres porque son gilipollas.

–¿Por qué dices eso, abuela?

–Porque ellos no tienen nada, y no tienen donde caerse muertos, y nosotros tenemos de sobra. Y no vienen a quitárnoslo. Gilipollas.

García Oliver no era gilipollas. Pero era muy de su tiempo. Un ejemplo está en las primeras páginas: después de narrar muy someramente su infancia de pobreza y privaciones, refiere sus primeros pinitos en el sindicalismo y el anarquismo de su nativa Reus, donde conoce a un tipo que se llama Carbonell:

Mi primera entrevista con Carbonell fue cordial. Era un viejo marrullero, de cincuenta años, soltero empedernido, no dejando nunca entrever si se debía a espíritu de independencia o a amores frustrados de su primera juventud.

Es obvio que a García Oliver no se le pasa por la cabeza que un buen camarada como Carbonell no tenga mayor interés en las mujeres porque, ejem, porque… Para la gente de su época y su clase, las desviaciones sexuales eran propias de burgueses e intelectuales decadentes.

En cambio, que la cabeza le va muy bien se nota al principio: una de sus primeras iniciativas como activista sindical del gremio de camareros es la supresión de las propinas, que ve — correctamente — como un abuso y un sistema degradante para los trabajadores. Se habría sorprendido mucho de que, en el siglo XXI, a los sindicatos esas cosas les importen un comino; pero, la verdad, se habría sorprendido mucho de casi todo lo que ocurre en la izquierda en el siglo XXI.

García Oliver tiene también una gran capacidad descriptiva. Me recuerda en su estilo a Gore Vidal, en quien la afición a describir, y su gran habilidad a hacerlo, tienden a sofocar los argumentos y agobiar incluso a sus mayores admiradores. Pero muchos detalles de las descripciones son fascinantes. Por ejemplo, nunca había sabido que existió un dialecto aragonés llamado “chapurriado”:

Me fue presentado el compañero Arnau, muy delgado, de mirada penetrante y parlanchín. Alaiz era muy bajito, con tendencia a la obesidad, de cara aplanada; hablaba en aragonés, en «chapurriado», mitad castellano mitad catalán. Mario Montovani hablaba en italiano con pretensiones de catalán, pero daba la impresión de ser bastante culto.

Lo de “italiano con pretensiones de catalán” es también excelente. García Oliver, el autodidacta, se ceba aquí con la alta burguesía catalana de su época, y los torpes especuladores que decidieron que había que comprar la moneda de la potencia derrotada, Alemania, después de la I Guerra Mundial (una inversión que sería ruinosa dada la hiperinflación alemana):

La burguesía rica surgida de las exportaciones a Francia e Inglaterra durante la guerra mundial, era más audaz y bastante irresponsable. Eran los Llopis, los Queralt, los Fontana, los Recasens, los Fábregas y los Gassull, que dominaban el mercado de aceites y granos, de la almendra y de la avellana. Como quien dice que para pasar el tiempo, habían invertido algo en las fábricas textiles y perdido estúpidamente grandes porciones de las enormes fortunas amasadas con las exportaciones a base de comprar marcos alemanes que al terminar la guerra inundaron el mundo entero. La burguesía comercial e industrial de Cataluña, que pasaba por ser la más inteligente de España, se conducía un poco a lo tahúr: jugadores de tapete verde, especuladores de Bolsa, inversionistas en marcos alemanes, de los que llegaron a poseer sacos de cien kilos atiborrados. En sus fábricas y talleres, los trabajadores continuaban produciendo con máquinas y equipos antiguos, con salarios de subsistencia miserable.

Escribo en 2020, cuando el partido derechista Vox acaba de crear un sindicato llamado “Solidaridad”. García Oliver escribe sobre la creación de un sindicato católico en sus tiempos:

La reacción debió considerar que el punto vulnerable para terminar con el sindicalismo era precisamente Tarragona y su sindicato del Transporte. Y creó un sindicato católico llamado «La Cruz Amada». Eusebio Rodríguez, «el Manco», estuvo en Reus para hablar con el compañero bilbaíno Rafael Blanco, que se había colocado en una fundición de hierro. Blanco y sus libros se trasladaron a Tarragona, ciudad que ofrecía el encanto de su playa y del morro de su rompeolas. A Blanco debió parecerle como hecho a propósito para devorar sus libros. El presidente del sindicato católico «La Cruz Amada» murió de varios balazos. Los jesuítas proporcionaron otro testaferro para la presidencia. Un mes después moría de varios tiros el nuevo presidente… En Reus hizo también su aparición la militancia jesuítica, con sus «requetés» haciendo de marionetas. Después de «La Cruz Amada» de Tarragona, que se disolvió en cuanto enterraron al último de sus presidentes, pensaron en hacer la prueba en Reus. Nada mejor que aprovechar la ola de represión iniciada en Barcelona contra nuestros militantes. En la capital catalana acababan de aparecer los generales Martínez Anido y Arlegui, gobernador civil el primero y jefe superior de Policía el segundo, ambos precedidos de siniestra fama, principalmente Arlegui por las tropelías que cometiera en Cuba.

Saboreemos el momento: los líderes del sindicato católico sin eliminados sin contemplaciones, y a García Oliver no parece importarle mucho. Un mundo de pistoleros, asesinatos, y generales ya entrados en años que se forjaron cometiendo tropelías en Cuba. Este es su mundo.

(Seguirá)

About David Roman

Communicator. I tweet @dromanber.
This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.