Los Bailarines: de Visita en el Palacete del Déspota

(Esto es un extracto de mi novela “Los Bailarines”, publicada por Ediciones Alféizar. La novela se puede conseguir en formato libro o digital por aquí o en Amazon)

La ex residencia de Yanukovych era un palacete a las afueras de Kiev. Luke no había estado nunca, pero podía imaginar que la seguridad tan sólo unos días atrás era probablemente más estricta de que lo que era en aquella jornada gris. Había tres policías con armas cortas ante la verja abierta, de estilo versallesco dorado; no tenían objeción a que entrara, siempre que hiciera cola: resultó que había un continuo goteo de curiosos que se acercaban a dar una vuelta por el lugar, con los que los policías actuaban casi de guías de museo, en lugar de vigilantes de lo que era al fin y al cabo una valiosa propiedad estatal.

Dentro, entre las decenas de civiles había ya una significativa cantidad de periodistas husmeando, lo que no era de extrañar después de que una atrevida presentadora de una televisión local conmocionara el día anterior a toda la clase periodística de la ciudad, colándose dentro del recientemente abandonado palacio para lograr una exclusiva chocante sobre la vida y milagros de la familia del ex presidente.

Luke sentía algo de pena por esta pobre gente, que había tenido que madrugar en el miserablemente frío invierno de Kiev para poder aspirar a la triste condición de ser segundo en tener la noticia. Luke sabía que ser segundo o ser quinto ya da igual, una vez que la presentadora logró la exclusiva, y esta certidumbre le dio fuerzas para quedarse en la cama y tomarse su tiempo en el apartamento por la mañana. Una vez que pierdes la exclusiva, el juego cambia: había llegado el momento en que importa hacer un artículo pulido, depurado, con color y con elementos que lo hagan destacar, que hagan que el redactor jefe lo mire y piense “se tomó su tiempo el cabrón de Luke, pero la espera mereció la pena”. Como cualquier otro periodista, Luke prefería llegar primero, y escribir una crónica a toda velocidad y luego reclamar su primacía como gran maestro de la exclusiva, dejándose tiempo libre mientras los otros le perseguían. Pero, cuando la suerte no acompañaba, sabía adaptarse a las circunstancias, no como aquellos pobres que igual llevaban horas vagando por la zona.

Luke se acercó a una periodista fea y morena, que resultó ser búlgara. Las feas siempre le respondían bien a Luke, que era bien proporcionado dentro de su empaque no excesivo y tenía penetrantes ojos azul claro y una frondosa barba color cobre muy a la moda. La búlgara no decepcionó.

Yo aquí veo poca cosa interesante, la verdad —dijo la búlgara en inglés–Llevo casi una hora dando vueltas, y estoy agotada. Dicen que la propiedad ocupa el equivalente de medio Montecarlo.

Montecarlo tampoco es tan grande—respondió Luke, siempre atento a que se notara su cosmopolitanismo y conocimiento de aquello que merece la pena conocerse.

Los bosquecillos de la propiedad ocultaban un campo de gol privado; Luke se agachó a palpar la hierba, y quedó satisfecho de que podría reportar que la hierba había sido recientemente cortada: un detalle que ayuda a los lectores a entender que Yanukovych no pensaba tener que salir corriendo, justo hasta el momento en que tuvo que hacerlo.

Al otro lado del campo de golf se ocultaba un discreto embarcadero privado que daba al poderoso río Dnieper. A unos metros, los curiosos se afanaban por tomar fotos de un dique seco cubierto de la intemperie, que contenía varias lanchas y botes de vela. Detrás, un mini zoo con pájaros exóticos que se paseaban dentro de jaulas algo siniestras, a veces picoteando las rejillas de alambre que les separaban de la libertad. Una estatua de mármol de Poseidón, tamaño natural, vigilaba la escena.

Más adelante había varios estanques con cisnes, que parecían haber sido alimentados apropiadamente, flanqueados por pabellones de madera al estilo nórdico y puentes de madera como los que uno podría ver en una fantasía de estilo japonés, quizás en la puerta de un restaurante particularmente caro. Los pabellones ocultaban un gimnasio y un solarium de rayos uva con varias máquinas de importación para cuidar el cutis envejecido de la ex primera dama, una mujer de aspecto algo agrario con la que Yanukovych raramente se dejaba ver. En uno de ellos, había una sauna para el uso del presidente, con una sala de espera que incluye una gran televisión de pantalla plana y cuadros de paisajes bucólicos. La piscina fría adjunta permanecía en perfecto estado, Luke observó, con el agua limpia: pero no lo estaría mucho tiempo si todo el que se acercaba metía la mano dentro como hicieron él y un puñado de civiles. Los grifos eran dorados, como las rejas de la puerta principal, pero Luke no tenía claro que fueran de oro. Se preguntó qué detalle haría que Yanukovych pareciera más patético y derrotado: el haber puesto grifos de oro que ahora habían pasado al control del pueblo hambriento de pan y justicia, o el ser un tacaño que lo llenaba todo de lacados que simulaban opulencia.

Detrás de los pabellones había un ring de boxeo cubierto, porque uno nunca sabe cuándo va a querer organizar una pelea en el palacio presidencial y se va a poner a llover. A apenas unos metros, una pista de tenis cubierta que Yanukovych podía o no haber usado jamás durante su mandato; una pareja ucraniana se estaba haciendo un selfie junto a la red.

La residencia principal estaba a unos metros del complejo deportivo, accesible por cuidados senderos de piedra. Desde fuera, parecía algo pequeña en comparación con la grandeza de alrededor, una impresión reforzada por el diseño de madera, con un pequeño balcón justo sobre la puerta principal que le daba un vago aspecto de morada pequeño-burguesa. Ningún tirano en su sano juicio saldría a ese balconcito a saludar a las masas agradecidas, porque parecería pequeño en un espacio tan constreñido y tan cerca del suelo; y porque las masas le pisarían la bien cuidada hierba y estaban a suficiente distancia como para poder intentar escupirle, aún sin garantías de llegar.

La impresión pequeño-burguesa se desvaneció, sin embargo, en cuanto Luke entró en la residencia. El salón principal era quizás tan grande como la pista de tenis, un arrebato de muebles de maderas finas estilo Louis XIV y rococó Imelda Marcos, con alfombras relucientes, candelabros, ángeles regordetes raspando liras, cuadros de aspecto caro en las paredes. Había una gran escalera que conducía hasta las tres plantas que había por encima, y un ascensor interno que obviaba la necesidad de usarla. Los pasillos estaban adornados con regalos de otros líderes internacionales, incluyendo absurdas placas proclamando la amistad entre los pueblos, candelabros de oro y una foto firmada del ex presidente con lo que parecía un potentado centroasiático.

Una sala estaba dedicada prácticamente por entero a rodear y dar lustre a una gigantesca mesa de billar, con discretas sillas de aspecto carísimo en las esquinas. Otra estaba dominada por un Napoleón a caballo de tamaño semi-natural. Todo ordenado y reluciente, de modo que uno percibía el estilo, incluso el buen gusto de Yanukovych: este palacete no era una fantasía oriental desnortada al estilo de Gaddafi, sino una sorprendente exhibición de lujo por parte de un oligarca con buen ojo para los jarrones y los visillos a juego con los toldos. No había libros en ninguna parte, pero sí una pieza con un gran piano de cola blanco, con una salita adyacente en donde se presentaban balas de muchos tipos y calibres dentro de delicadas cajas de fina madera con tapas de cristal, una colección particularmente apreciada por un presidente que tenía fama de dedicado cazador.

El despacho de Yanukovych merecía capítulo aparte: la oficina estaba cubierta de tapices, y contenía el teléfono más grande que Luke hubiera visto jamás, con un gran panel lleno de botones que conectaban directamente con ministerios y lugares de importancia estratégica. Sentado en la silla de Yanukovych, Luke observó más candelabros, adornos de marfil, discretas estanterias donde se habrían colocado archivos de interés político que el presidente sin duda se llevó en el helicóptero que le transportó a Rusia junto con su familia, un par de días antes.

El cercano dormitorio presidencial, después de todo, decepcionaba: contenía una cama medio grande con una televisión medio grande delante y un reloj despertador digital, ni de oro ni de aspecto particularmente caro.

La habitación de la única hija de Yanukovych era también bastante funcional, con un archivo de DVDs con películas infantiles, esculturas de cristal, y una televisión; en una baño adyacente había otra televisión. La niña se dejó deberes a medio hacer, y pegatinas medio pegadas en una cartulina que parecían emocionar a una mujer mayor que había entrado a husmear junto con Luke.

Pobre niña __- padre __- escuela—la mujer le dijo a Luke en ruso.

Sí, pobrecilla—Luke respondió.

En el nivel inferior había una gigantesca sala de reuniones con tres diferentes mesas de gran tamaño: una para las reuniones con mucha gente, y otras dos más pequeñas para petit comités particulares. A la salida, se cruzaba un largo pasillo con un león disecado que conducía hasta una suntuosa capilla privada a rebosar de iconos, presidida por un Jesús ortodoxo que parecía decepcionado por los oropeles.

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