Las Desventajas de Tener un Gobierno Mundial (1)

(Esta entrada es una traducción/adaptación propia de otra publicada originalmente en inglés, aquí)

Hace algún tiempo, el brillante Robin Hanson publicó un artículo que invita a la reflexión sobre una consecuencia claramente involuntaria de que el un mundo esté bajo la supervisión de un solo gobierno: una creciente probabilidad de extinción humana a través del suicidio colectivo.

Esto necesita alguna explicación pero no mucho. La tesis de Hanson es fácil de seguir: las compulsiones suicidas acechan en todos los humanos, a veces mezcladas con compulsiones homicidas; éste es un problema a pequeña escala hasta que el poder se concentra de modo que un puñado de humanos (por ejemplo, aquellos con acceso a códigos de armas nucleares, como Donald Trump) tengan el poder de matar a miles de millones o potencialmente destruir todo el planeta.

El riesgo, explica Hanson, es extremadamente bajo en todo momento: la posibilidad de que, en un momento dado, un ser humano extremadamente poderoso sienta la compulsión de actuar y tenga la capacidad de hacerlo es minúscula.

Sin embargo, el riesgo se multiplica con el tiempo, como cualquier otro (los eventos de baja probabilidad son más probables a medida que pasa el tiempo; o, como Chuck Palahniuk escribió en su famosa novela “Club de la Lucha”: “en una escala de tiempo lo suficientemente larga, la tasa de supervivencia de todos cae a cero “) y cuando el poder se concentra: con un gobierno mundial, potencialmente una persona o un grupo muy pequeño de humanos tendrían la posibilidad de eliminar a toda la raza humana por capricho o debido a un plan equivocado, al estilo del presentado en la película “Doce monos”, que cada día parece más un documental sobre el ecologismo moderno. Hanson escribe (las traducciones son mías):

Este es un gran problema para el gobierno mundial o universal. Hoy día nos coordinamos en la escala de empresas, ciudades, naciones y organizaciones internacionales. Sin embargo, el hecho de que también tengamos problemas de coordinación para lidiar con crisis grandes en estas escalas muestra que afrontamos límites severos en nuestras capacidades de coordinación. También afrontamos muchos problemas que podrían ser aminorados vía coordinación a través del gobierno mundial, y las civilizaciones futuras igualmente sentirán la tentación presentada por los poderes de coordinación de los gobiernos centrales. Pero, por desgracia, el poder central corre el riesgo de suicidio central, ya sea a propósito o como consecuencia indirecta de algún otro error estructural. Por el contrario, en un mundo suficientemente descentralizado, cuando una potencia se suicida su lugar y recursos tienden a ser ocupados por otras potencias que no se han suicidado. La competencia y la selección son una solución robusta a largo plazo para el suicidio, y la gobernanza centralizada no lo es.

Hanson continúa explicando que ésta es su principal hipótesis sobre lo que bautizó el “filtro futuro”. Este es otro concepto complejo, pero en resumen se refiere a algo imprevisto que puede destruir una civilización: pandemias, nanorrobots asesinos, tendencias masivas nihilistas, o lo que sea que haya impedido que las civilizaciones alienígenas se vuelvan interestelares, con lo que no podemos ver su efecto en su universo.

El “filtro futuro” es un término que describe algo que acecha en nuestro futuro, o tal vez algo que superamos en el pasado, que podría haber sido o será destructivo para la civilización humana y habría detenido o detendrá nuestra marcha aparentemente imparable hacia las estrellas. . Hanson agrega:

La tentación de formar gobiernos centrales y otros mecanismos de gobernanza similares es fuerte, para resolver problemas de coordinación inmediatos, para ayudar a los intereses poderosos a obtener ventajas a través de la captura de tales poderes centrales y para satisfacer la sed de ambición de quienes ostentarían dichos poderes. Durante largos períodos, esto parece haber sido una elección acertada, hasta que el suicidio termina con todo y no queda nadie para decir “Os avisé”.

Nací en 1973, cuando España estaba gobernada por un Generalísimo fascista, y durante mi vida he visto al país unirse a la OTAN, la Unión Europea y la eurozona, y ceder enormes cantidades de poder a instituciones sobre las que prácticamente no tiene control, incluyendo el Parlamento y la Comisión Europea, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, pero también varios organismos de las Naciones Unidas que establecen todo tipo de normas, desde directrices de sentencias hasta límites sobre la aplicación de normativas fronterizas y sobre la concesión de ciudadanía.

He visto a Estados Unidos pasar de una República hiperpoderosa a algo parecido a un Imperio, o algo al borde de ser un Imperio, con compulsiones imperiales y sueños imperiales de grandeza. Con una élite global convencida de que Nueva York y Washington D.C. son lugares idóneos desde los que gobernar el mundo, la advertencia de Hanson no me parece una broma teórica.

De hecho, después de haber pasado gran parte de mi vida rodeado de personas que desean ver y trabajan para lograr un mundo pacífico bajo un gobierno centralizado e ilustrado, tal vez basado en el modelo de las Naciones Unidas o la Unión Europea (*), siempre he estado interesado en prever las consecuencias de tal desenlace, que muchas veces parece inevitable.

En mi opinión, esta centralización se completará, tal vez no mientras yo viva, pero seguramente mis hijos la verán. Quizás sobre la base de una confederación más amplia entre los EE. UU. y la Unión Europea, bajo los auspicios de la ONU, a la que otros países finalmente se unan. (**)

Bajo la fachada de peleas por el poder entre grupos similares en la política occidental, y en Asia y América Latina en menor medida, lo que ves es una polarización creciente en este eje: en los Estados Unidos igual que en, por ejemplo, Dinamarca, hay facciones “internacionalistas” o “globalistas” (***) y también facciones “nacionalistas “(****). Puede que estos bloques no sean monolíticos, pero cualquier globalista tiene mucho más en común con cualquier otro globalista que con cualquier nacionalista de cualquier tipo, y lo contrario también es cierto.

No estoy seguro de que necesite insistir mucho para probar esto, pero proporcionaré algunos ejemplos: obviamente, Donald Trump es (en líneas generales) nacionalista, y Angela Merkel es (en líneas generales) una globalista, a pesar de que ambos son nominalmente políticos conservadores que surgieron aproximadamente de la misma tradición intelectual; Marco Rubio es globalista, mientras que Benjamin Netanyahu es nacionalista; casi todos los periodistas en los medios de comunicación occidentales, especialmente las publicaciones de “élite”, son globalistas, mientras que casi todos los empleados de Breitbart News o de OK Diario son nacionalistas.

Hay algunos casos menos claros, pero la división sigue siendo evidente y cada vez más importante: Hillary Clinton es una globalista de toma y lomo, ciudadana de Davos al 100%, mientras que Bernie Sanders no es realmente un nacionalista, pero tampoco está totalmente de acuerdo con todo el proyecto globalista, al menos todavía. Lo mismo sucede con, digamos, el globalista pura sangre Emmanuel Macron y el no tan globalista Jean Luc Melenchon en Francia o, entre los grandes patrones de los medios internacionales, como Michael Bloomberg y Rupert Murdoch.

Como se puede ver en esta lista, la línea que separa a un globalista de un nacionalista no siempre es muy clara. Existen múltiples cuestiones de política en las que los globalistas de un lado y los nacionalistas del otro pueden estar en desacuerdo; pero también hay un punto muy importante a tener en cuenta: dado que los globalistas comparten el ideal de un gobierno mundial bajo el cual serían ciudadanos con las mismas atribuciones, los globalistas tienden a tener menos desacuerdos que los nacionalistas, y sus desacuerdos son menos prominentes.

Después de todo, un nacionalista ruso y un nacionalista ucraniano tienen objetivos opuestos e incompatibles por los cuales se matarán con gusto. Lo mismo ocurre con un nacionalista francés y alemán, un israelí y un palestino, un tibetano y un nacionalista chino. Este no es el caso con los globalistas: tienden a cooperar mejor y, a menudo, se coordinan, aunque sea de mala gana.

Esta es, creo, la fuente de muchas conversaciones sobre las teorías de conspiración basadas en Davos y Bildeberg que involucran a los Rothschild y Rockefeller y similares supuestamente conchavándose para socavar a los gobiernos nacionales; estos actos se explican mejor por una simple concordancia de objetivos: uno no va a Davos para conspirar con otros conspiradores, sino para hacer contactos y saber cómo van las cosas, para saber de qué lado sopla el viento y cuál es la forma políticamente correcta de expresar opiniones socialmente aceptadas entre la élite.

Uno puede ver fácilmente el atractivo del proyecto globalista: haría mucho para finalmente implementar el programa político de cada concursante de Miss Universo que ha expresado el deseo de obtener la paz mundial; ayudaría enormemente a coordinar medidas sobre cuestiones de interés mundial, desde el cambio climático hasta la prevención de pandemias; crearía un marco estable para la redistribución de recursos de las partes más ricas de la Tierra a las partes más pobres, ya que todos estarían bajo el mismo gobierno.

En cierto modo, no es de extrañar que el globalismo sea apreciado por muchos en la izquierda tradicional. Uno puede interpretar un triunfo final del globalismo, con la supresión final de todas las fronteras y la desaparición de toda discriminación por nacionalidad, como algo bastante similar a la etapa final del comunismo según fue expuesta por Karl Marx: una forma de anarquismo suave, vagamente inconsistente, presidido por una camarilla de tecnócratas altamente educados (no es de extrañar que la palabra “tecnócrata” sea tan querida por los globalistas).

Pero no podemos olvidar los problemas. Aparte del planteado por Hanson, el más obvio es la falta de relación entre los gobernados y los gobernantes: pensemos en un planeta con 10.000 o 15.000 millones de personas, gobernado desde la sede de la ONU en Nueva York: los decretos que fluyen hacia una aldea en Bangladesh probablemente estarían sujetos a múltiples capas de interpretación, retorcimientos y ajustes no desinteresados, como en los chistes sobre las órdenes de los generales a los soldados, y cómo se tergiversan por el camino.

El modelo nacionalista es, por su propia naturaleza, más cercano al gobernado. Bajo un gobierno globalista, si a una población no le gusta una política determinada no hay nada que pueda hacer: incluso si la camarilla internacionalista fuera electiva (lo cual es muy poco probable, dadas las complicaciones de establecer dicho sistema electoral), cualquier circunscripción individual sería irrelevante para alguien que requiere el consentimiento de miles de millones para gobernar. Habría de crearse un movimiento con cientos de millones tan solo para obtener una audiencia con los principales líderes.

Para el que piense que la industria lobbista multimillonaria de Washington DC es una desgracia y una afrenta a la democracia, el globalismo es mucho más de lo mismo, al cuadrado: cualquier centro globalista sería el objetivo de todos los grupos de presión del planeta, ya que las ganancias a obtener por una legislación favorable serían de nivel planetario. Preparémonos para ver a millones de personas empleadas en grupos de presión e influencia ante una sola autoridad, en un futuro así.

Estas son objeciones relativamente pequeñas, de todo modo. Uno puede imaginar fácilmente la respuesta: ante la preocupación de que las minorías o grupos menores pierdan toda influencia, ¡podemos tener un sistema de apelaciones y notificaciones basado en blockchain! (o algo a la moda de aquel momento) Uno puede imaginarse a un grupo de gobernantes iluminados creando un sistema complejo y completo a través del cual pueden darse cuenta de que este o aquel correo electrónico en la bandeja de entrada es realmente importante, porque se refiere a un problema genuino en, digamos , Tarancón, provincia de Cuenca, España.

También puede uno imaginar a los educados ciudadanos de Tarancón confiando en el método antiguo, fiable durante siglos, de enviar una delegación a Nueva York, liderada por un grupo de dignatarios locales que acamparán en la puerta principal del complejo de los gobernantes, tal vez durante meses, hasta que alguien se reúna con ellos. Diferentes versiones de esto han sucedido en muchos países grandes, desde India hasta Rusia, durante siglos.

Para la segunda objeción, uno puede imaginar un sistema extraordinario de gobierno centralizado y optimizado, respaldado por inteligencia artificial, con múltiples árboles de decisión, que haga que los esfuerzos de los lobbistas sean poco exitosos, hasta el punto que el lobbismo deje de ser una industria lucrativa. Poco probable, desde luego, pero no del todo imposible.

Para mí, el mayor problema con un gobierno gigantesco y centralizado es el tercero: cómo evitar que el sistema se osifique por completo.

(Continuará)

(* En mi experiencia, ésta es la mentalidad ideológica típica de los periodistas, particularmente de los corresponsales extranjeros: he conocido menos periodistas deportivos, por ejemplo, que los corresponsales extranjeros, debido a mi larga experiencia en medios más, digamos, prestigiosos)

(** Uno tiene la impresión de que muchos ya están trabajando duro para crear una confederación de este estilo con sede en los EE. UU.)

(*** Una palabra en principio ofensiva, ​​pero que es muy útil y debe ser adoptada por los globalistas al igual que los demócratas, queers y comunistas adoptaron lo que eran originalmente insultos como sus propias descripciones preferidas)

(**** La palabra “nativista” es cada vez más usado por los opositores del nacionalismo para describir lo que yo denomino “nacionalistas”, en particular en inglés. No sé si este término se mantendrá. “Nacionalista” ya se usa como peyorativo con cierta frecuencia)

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