El Ultimo Premio Nobel: o Cómo Degeneró la Poesía hasta Nuestros Días

Con honrosas excepciones, la poesía no es, ni ha sido nunca, un negocio para la industria editorial. Las editoriales que aún la publican lo hacen solo porque perderían prestigio, y algunas subvenciones, si dejaran de hacerlo.

Los mejores poetas que conozco no son profesionales de la poesía, sino de la comunicación corporativa, o secretarias o, más frecuentemente, profesores de literatura, como el famoso Philip Larkin. En el mundillo de la edición, se habla de que la poesía es como los libros de cuentos: su único público lector son los escritores de cuentos.

El poeta profesional, pues, no puede aspirar a vivir de sus escritos. Pero puede encontrar un puesto relacionado, en la industria editorial, en una fundación donde una millonaria excéntrica donó sacos de dinero, o en el mundillo académico. Esto es also que todo poeta con cierta capacidad cognitiva descubre muy pronto en su carrera; lo segundo que el poeta descubre es que la competencia es feroz porque, independientemente de la calidad de lo que uno escriba, escribir poesía es extremadamente fácil, y hay más poetas que longaniza. Y casi todos ellos carecen de las mínimas cualificaciones, e interés, para ganarse la vida como ingenieros o contables.

Hace décadas, Henry Kissinger escribió que las disputas más salvajes del mundo son las académicas, porque las recompensas que se obtienen por ganarlas son muy parcas. Es a esto a lo que Kissinger se refería: en el mundillo académico, se gana poco dinero, pero los que buscan ese dinero son gente, con mucha frecuencia, incapaz de ganarse la vida de ningún otro modo. Gente que mataría a su madre por 50.000 euros brutos al año.

Esto significa que el mundillo de la poesía es extraordinariamente diferente de lo que fue durante siglos. Escribir versos era algo que hacía la gente de clase alta con tiempo libre y rentas garantizadas, porque había esclavos que viajaban en los barcos de su familia, o siervos que trabajaban las tierras de su familia, mientras tipos como Lord Byron malgastaban las ganancias viajando, fornicando y comiendo.

Este tipo de poeta sigue existiendo. Louise Glück, la flamante Premio Nobel de Literatura 2020, es hija de millonario: Daniel Glück, inventor de un famoso cuchillo multi-usos. Elizabeth Bishop, la también poeta estadounidense, celebrada sobre todo por su capacidad para la redistribución de su riqueza (era una pobre niña rica generosa que invitaba a un montón de colegas sin un duro), es otro ejemplo reciente. Leopoldo Panero, padre de una larga dinastía de poetas españoles, heredó suficiente dinero como para estudiar en múltiples universidades internacionales y pasar ocho meses recuperándose de la tuberculosis en un sanatorio para gente adinerada. Pero antes este tipo era mayoría, y ahora es una minoría, lo que crea un nuevo paradigma.

Este nuevo paradigma es, como el del capitalismo neoliberal, muy parecido al paradigma tardo-soviético de la era de Leonid Brezhnev. La élite aristocrática que disputaba, criticaba y discernía, desde la comodidad de su riqueza, ha sido sustituida por un sistema de partido y células. Uno asciende en el mundo de la poesía exactamente de la misma manera en que ascendía en los servicios de inteligencia soviéticos: uniéndose a la camarilla correcta y muriendo y matando por defenderla.

Es importante entender que en este paradigma no hay ningún modo externo de validación. El concepto de “éxito” en este paradigma no existe, más allá de la validación interna de la camarilla, que puede llegar a ser externa sólo si la camarilla triunfa y recibe apoyo político, en forma de premios, prebendas y sinecuras, como dirigir el Instituto Cervantes, colofón de una gloriosa carrera defendiendo a asesinas convictas de niños pequeños.

Ya que la función de esta camarilla es de apoyo y promoción mutua, no existe el concepto de validación independiente. Tu camarilla adora y apoya y aprueba tus poemas, y la camarilla contraria los ignora y, en caso de conflicto, los ataca. Pero los conflictos, fuera de la seguridad laboral del mundo académico, son limitados porque estas camarillas tienen los recursos justitos para sobrevivir: hasta que reciben el carguito, los miembros de la camarilla son como tribus en la selva que andan siempre al borde de la inanición, cazando insectos y moluscos para comer, y tienen muy poca energía para matarse unos a otros, con lo que prefieren ignorarse completamente hasta que no queda otra opción.

Es por ello que, en lugar de un aparato crítico con expertos que discuten y establecen criterios artísticos, tenemos un vasto río de libros publicados por un sinfín de profesionales. Ningún consumidor, ni siquiera el mayor experto en poesía del mundo, podría vadear este río inmenso en busca de las pepitas valiosas. Es un mercado degenerado, tan similar a la producción de propaganda, que es en realidad una mera industria de propaganda — propaganda en favor de la camarilla, que nadie lee y que ningún lector entendería, de todos modos.

Es fundamental entender esto: los ensayos y proclamas sobre poesía, los artículos de crítica de libros en suplementos culturales que sólo leen jubilados entusiastas, no están escritos para ser leídos para proporcionar información valiosa, discernir o, ni siquiera, ser entendidos: están escritos, como las novelas de Thomas Bernhard, para defender los intereses pecuniarios y/o políticos de la camarilla o autor.

Entendamos que, salvo el caso del carrerista trepa afortunado que se enrolla con una novelista superventas, se mete en política con el chavismo en el momento apropiado y acaba aparcado en el Cervantes firmando todos los manifiestos pro-régimen que haya que firmar (sí, estoy hablando de Luis García Montero), la recompensa por toda esta corrupción, toda esta prostitución y bastardización del arte, por esta vida derrochada en un continuo lamer de culos y abrazar farolas, es minúscula.

Hablamos de sueldillos Kissingerianos de por vida, de carguitos en una universidad enseñando “literatura creativa” o cualquier otra soplapollez similar. Hablamos de pasar trimestres rodeados de aspirantes a trepas que sólo quieren quitarte la silla en la que te sientas, o puros bobos que se creen que pueden ser Byron aunque su familia no tiene más que hipotecas y coches en leasing.

De lo que no hablamos es del tipo con talento y cabeza que cae en este prostíbulo infernal, echa un vistazo, y decide dejar la escritura para siempre, convencido de que nadie con medio cerebro y la menor capacidad para la ética podría pasar más de un minuto en la compañía de estas meretrices de medio pelo. Luego hay gente que se pregunta cómo es que Arthur Rimbaud huyó del París literario y prefirió una carrera como contrabandista en Africa oriental.

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