Detrás de cada gran hombre, una mujer admirada (o al menos famosa)

Las biografías sobre los cónyuges de las grandes mujeres de la historia no abundan. Sólo tenemos una de Dennis Thatcher, casado durante décadas con Margaret, porque su hija Carol decidió escribirla. Entre la jungla de libros sobre Virginia Woolf, hay uno sobre su marido, Leonard, escritor de moderada distinción.

Esto se debe a que nadie piensa seriamente que Dennis o Leonard fueron personajes de decisiva influencia sobre sus esposas, y nadie presenta tal argumento. Es curioso que lo contrario sí ocurre con frecuencia: las cónyuges o incluso amantes de los grandes hombres de la historia reciben una atención singular. Lo que, francamente, me parece un poco sexista.

Si pegas una patada a una piedra, sale una biografía sobre Josefina, primera esposa de Napoleón. Una mujer que, dicho sea de paso, fracasó en la función principal que su marido le asignó (por ello, Napoleón se divorció de ella, y se casó con una princesa que le dio heredero), y que tuvo cero influencia probada sobre la tarea principal de Napoleón, que era matar a grandes cantidades de gente para mayor gloria suya y de Francia.

Zelda Fitzgerald, la esposa de Francis Scott, es un ejemplo curioso. Si uno está harto de los múltiples artículos, libros y películas en las que aparece como protagonista, a pesar de su obvia falta de talento, será mejor esconderse debajo de la cama este año: 69 años después de su muerte y de la publicación de su única novela, hay dos proyectos de biopic sobre Zelda (uno protagonizado por Scarlett Johansson, el otro por Jennifer Lawrence) y llegará pronto una serie de Amazon en 10 episodios: Z, basada en una novela de 2013. Aquí, Terry Teachout describe Z, la novela (la traducción es mía):

Es la última de una larga serie de retratos ficticios de la pareja de esposos mejor recordados de los años veinte. La mayoría, Z incluida, se basan en la premisa de que Zelda, que pasó la segunda mitad de su vida entrando y saliendo de manicomios, fue una artista importante cuyo talento fue denostado por un marido indiferente que se negó a admitirla como compañera creativa. Nadie parece haber pensado tal cosa en vida de Zelda, y durante mucho tiempo después. Ring Lardner, que conocía bien a ambos Fitzgeralds, resumió el caso en contra de Zelda cuando escribió en 1925 que “Mr. Fitzgerald es un novelista y la señora Fitzgerald es una novedad.” Estas palabras fueron escritas antes de que Zelda pergeñara algo más que un puñado de cuentos y bocetos en prosa. En aquellos días, se la veía aún como un hermoso aderezo para su marido, que por entonces había escrito tres novelas, una de ellas una obra maestra, y docenas de cuentos, no pocos de estos últimos de la más alta calidad posible (…) No fue hasta la publicación en 1970 de Zelda: A Biography de Nancy Milford que la gente dejó de describir a Zelda Fitzgerald como la glamorosa pero loca esposa de Scott. Y aunque Milford se esforzó en darle un toque romántico al tema, siguió siendo juiciosa en la evaluación de la escasa obra de Zelda, sin exagerar sus méritos literarios, sino argumentando que tiene un valor permanente en cuanto que documenta una personalidad ferozmente independiente que fue interesante no sólo como esposa de un autor americano importante (…) Desde la publicación de Zelda, se ha dado por sentado que trata de una víctima original de la horrible conspiración que ahora se conoce como el “patriarcado”.

Pero hay casos mucho peores. Aquí está The Spectator, glosando con gran entusiasmo un libro sobre Jane Carlyle, una mujer que era según todos los testigos tan insoportable como su marido, el prominente teórico político Thomas Carlyle. Jane llevó un diario durante toda su vida, que sólo ha sido publicado porque estaba casada con Thomas; por lo demás, fue acompañante doméstica y frecuente motivo de irritación para su marido. Wikipedia explica, entre expresiones de admiración: “durante un tiempo, se pensó que había escrito Jane Eyre”.

A la señora Carlyle le han puesto una placa en Edinburgo. Quizás sea un chiste, ya que en Escocia hay una larga tradición de mala sombra; Samuel Butler nos dejó esta célebre frase:

“Fue una gran idea de Dios dejar que Carlyle y su señora se casaran, con lo que sólo dos personas tuvieron una vida miserable en lugar de cuatro”.

Hay que decir que la señora Carlyle, dentro de su maldad, era ingeniosa; se cuenta que una vez le dijo esto a su marido sobre su conocido Thomas De Quincey, que era extraordinariamente bajo pero locuaz y siempre interesante: ” lo que uno daría por tenerle en una caja, y sacarle a pasear”.

Y todavía hay casos peores que el de Jane Carlyle. En una época en la que se admira a las cortesanas más que nunca, las biografías, artículos y estudios sobre Emma Hamilton, la célebre amante de Lord Nelson, son poco en comparación con la novela que le dedicó la súper-famosa Susan Sontag, The Volcano Lover.

Sabemos mucho de Emma Hamilton, huérfana y prostituta infantil cuya belleza le llevó a encontrar patrones que sólo aguantaban su inculta presencia durante cortas temporadas y que, después de ponerle los cuernos a su paciente marido Lord Hamilton con Nelson, acabó como apostadora alcoholizada en el arroyo al más puro estilo mujer fatal de canción de rock.

Confieso que ésa es mi descripción; puede que haya muchos que prefieran la de Wikipedia: “actriz y modelo”.

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