Los Bailarines: Milicianos Comunistas en Moscú

(Esto es un extracto de mi novela “Los Bailarines”, publicada por Ediciones Alféizar. La novela se puede conseguir en formato libro o digital por aquí o en Amazon)

A pesar del cansancio, Ricardo durmió mal los primeros días. Había cogido frío y se pasaba gran parte de las punzantes mañanas rusas sonándose y aspirándose los mocos: los barracones en los que dormían, una especie de albergue juvenil con literas metálicas y colchones más bien finos, no tenían calefacción y las noches refrescaban más de lo que uno habría podido pensar. Los grandes árboles por todos lados parecían quedarse con la humedad y repartirla en pequeñas dosis, como humificadores gigantes que mantenían todo el complejo oliendo a madera y tierra mojada aunque no lloviera.

Con Ricardo, el grupo de voluntarios era de 48 personas en total. Nadie intentaba elaborar un censo con porcentajes—quien lo hubiera intentado habría resultado immediatamente un obvio candidato a espía, pensaba Ricardo—pero tampoco había una política explícita de no compartir datos personales. Algunos de los demás parecían darle a Ricardo su nombre auténtico y él también había decidido hacerlo, de modo que muchos le llamaban “Rik”. No tenía sentido esconder que era español—en gran medida, su acento al hablar inglés y chapurrear ruso le delataba—y el pequeño grupo al que había preguntado sobre su nacionalidad había respondido, al parecer fehacientemente.

La impresión que tenía Ricardo era de que los voluntarios eran un popurrí con poco sentido geográfico: había dos españoles más, que habían llegado juntos a la base un par de días antes que Ricardo, y un peruano que era camarero en una playa de Málaga hasta que decidió viajar a Rusia; al menos media docena de franceses o francófonos con obvios acentos fganceses; otra media docena de latinoamericanos, excluyendo al hispano-peruano, en su mayor parte brasileños; un par de alemanes; al menos un holandés; un estadounidense panzudo en la cincuentena, al que todos llamaban “Florida”, que parecía saber disparar y poco más; un japonés; un singapureño de etnia china; al menos tres italianos; al menos dos turcos, que podían ser o no kurdos.

Quitando al estadounidense, todos estaban por debajo de los cuarenta años, la mayor parte en torno a la treintena. Cuando Ricardo preguntaba, todos decían lo mismo que él decía: que eran internacionalistas, que querían luchar contra el régimen filo-nazi que se había impuesto en Kiev como resultado de un golpe de estado pro-estadounidense, que estaban poniendo la semilla de lo que, con mucho tiempo y mucho cuidado, podía ser la primera piedra en la reconstrucción de un estado socialista en la antigua Unión Soviética, o al menos la pequeña esquina sudoriental de Ucrania. Todos eran, de un modo u otro, comunistas. Como, de un modo u otro, lo era el propio Ricardo.

Luego estaban los adiestradores. Cinco serbios, todos por encima de la cuarentena, veteranos de las guerras de Bosnia y Kosovo que andaban siempre armados y tenían gran parte de sus brazos y piernas tatuados con diversos motivos locales: cruces ortodoxas, invocaciones en cirílico a santos o guerreros y, en el amplio bíceps de uno de ellos, llamado Sasha, el rostro barbudo de Draza Mihailovic, líder de las milicias chetnik de nacionalistas serbios durante la Segunda Guerra Mundial: ex aliado táctico de Hitler y Mussolini durante gran parte del periodo de ocupación de Yugoslavia, ejecutado por Tito después de la guerra; alguien a quien nadie jamás confundiría con un comunista. Sasha nunca dio a entender que lo hacía.

Ricardo, que tenía un razonable pero no extenso conocimiento de la historia yugoslava, nunca habría reconocido el rostro de Mihailovic. Pero uno de los franceses, Pierre, sí lo había reconocido; se lo había contado a susurros una tarde a Ricardo, después de una cena temprana, cuando no había nadie más en la habitación que compartían con otros once.

Me resulta confuso que estemos preparándonos para luchar contra los nazis de Kiev, y los que nos entrenan lleven tatuajes nacionalistas tan obvios—dijo Pierre.

No me da la impresión de que Mihailovic fuera nazi—respondió Ricardo, en parte por hacer de abogado del diablo; algo que hacía con cierta frecuencia.

Pierre puso cara de frustración. En otro lugar, habrían podido sacar el móvil y conectarse a Internet para saber la vida y milagros de Draza; pero en la base no había cobertura ni para hacer llamadas telefónicas.

Puede que no, pero colaboró con los nazis—dijo Pierre finalmente—Los del Sector Derecho de Kiev tampoco dicen ser nazis. Ellos dicen que sólo son nacionalistas con alguna afición a las cruces gamadas.

El tema de la definición ideológica exacta de los adiestradores serbios nunca llegó a surgir durante el periodo de entrenamiento. Ellos casi nunca hablaban de política, y tampoco habrían podido expresar grandes sutilezas ideológicas dado que su inglés era sólo adecuado para comunicar ideas simples: así se colocan las balas en el cargador, una detrás de otra; no te olvides de que el cargador enganche por delante con un clic o las balas se encasquillarán y tú morirás; así no se pone el dedo porque los casquillos humeantes saldrán disparados por esta ranura y te lo machacarán. Las exhortaciones sobre política, por parte de los serbios, tendían a ser breves: estamos aquí para matar a los ucranianos de Maidán y los americanos que les ayudan; América tiene que pagar porque tiene la culpa de todo lo malo que ocurre en el mundo; y los americanos—descartando el ejemplo de nuestro voluntario americano aquí presente—van a llevarse una buena tunda porque están acostumbrados a luchar sólo contra árabes cobardicas y afganos violadores de cabras.

El punto fuerte de los adiestradores era su experiencia en combate, y su capacidad para transmitir ese conocimiento de forma simple y directa: el propio Sasha agarró una vez a uno de los latinos—el más endeble y despistado de todos ellos, un chileno pálido con grandes rizos oscuros—por sorpresa y le puso un machete en el cuello para demostrar cómo se despacha a un enemigo cuando no se puede hacer ruido. Niko, un serbio alto y con barba que tenía una cierta semejanza a Vlade Divac, el jugador de baloncesto, les mostró una cicatriz en su costado izquierdo, resultado—según explicó—de haber confiado en que las balas de los AK-47 no atravesarían el muro de ladrillo tras el que se había escondido. Luego les hizo disparar los fusiles a través de varios tipos de muro colocados en una ladera para ese propósito.

Munición de OTAN es mierda 5,56 milímetros, porque americanos quieren heridos enemigos, y no siempre pasa muros—explicó Niko—Maté albanés hijo de puta, después que me dejó esta cicatriz con fusil ruso y bala rusa que atravesó muro. Pero culpa de cicatriz fue mía, por no pensar donde poner: munición rusa de AK-47 es 7,62 milímetros porque eslavos son cabrones que gustan matar enemigos.

 

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