Los Bailarines: Slovyansk Tomada por los Ucranianos

(Esto es un extracto de mi novela “Los Bailarines”, publicada por Ediciones Alféizar. La novela se puede conseguir en formato libro o digital por aquí o en Amazon)

Luke llegó a Slovyansk con un nutrido convoy de periodistas que se habían apuntado al viaje sabiendo lo que iban a encontrar: una ciudad tomada por el ejército ucraniano, después de una clara victoria contra los rebeldes prorrusos (¡al fin!) que los generales de Kiev podrían exponer al mundo con todo lujo de detalles. A los periodistas les gustan los detalles sobre batallas recién concluidas, porque dan lustre a los artículos más pastosos y no implican el mismo nivel de riesgo que los detalles sobre batallas aún por concluir.

El ambiente en el autobús fletado por el ministerio de Defensa, para la propia seguridad de los periodistas como habían explicado sus portavoces, era festivo. La mayor parte eran occidentales, y había pocos que se molestaran en disimular su alegría por poder reportar sobre los avances de los buenos, de las tropas pro-europeas que traían la luz de la ilustración y la democracia a estas pobres regiones durante tanto tiempo acosadas por el oscurantismo, el paneslavismo, los popes ortodoxos y los nostálgicos del stalinismo. Los niveles de simpatía por los rebeldes prorrusos estaban por los suelos entre la prensa occidental, después de haber bajado varios todavía varios niveles más con el secuestro de algunos corresponsales que habían encontrado por la zona.

La pequeña ciudad en sí no compartía el optimismo de los corresponsales: había estado dos meses cercada por el ejército ucraniano, y las señales del asedio, si no abundantes, eran obvias por todos lados. Muchos de los ancianos tan prominentes en otras partes del Donbás estaban en Slovyansk formando colas cerca de tiendas que acababan de recibir suministros o camiones de intendencia que repartían harina o medicinas; algunas casas tenían marcas de balazos, y varias otras habían recibido impactos de obuses, de artillería pesada o morteros. Había árboles y postes eléctricos caídos, cristales y plásticos esparcidos por el suelo, montones de basura amontonados en esquinas sin recoger, perros asilvestrados y casquillos de bala por todas partes.

No era tanto un paisaje completamente desolador, como uno preocupante. Una vez en tierra, Luke atravesó varias calles por donde no habría podido decirse que había pasado una guerra: aceras en buen estado, cristales en su sitio en las ventanas, vallas intactas de madera en torno a casas modestas pero de una pieza. También atravesó otras calles donde los dueños, casi todos ellos en la cincuentena o mayores en una tierra donde los jóvenes se escondían para unirse a la lucha o evitar unirse a la lucha, le miraban con odio y desprecio indisimulado, de pie junto a los restos de un vehículo blindado, un muro derruido o un cráter causado por una explosión de obús.

Consiguió entrevistar a un par de los locales menos hostiles: una cuarentona con un gran tupé rubio platino que le explicó con todo lujo de detalles lo mucho que amaba a Ucrania y a su nuevo presidente Perennenko, y lo mucho que odiaba a Putin y los criminales que había enviado a destruir el Donbás por despecho; y un hombre que dijo tener 75 años, aunque más bien aparentaba 55, al que logró sacar alguna cita interesante sobre cómo la guerra le importaba un pimiento a él y a sus vecinos, y lo único que quería era poder dormir bien por las noches sin que las explosiones despertaran a los dos nietos que tenía en su casa.

Al cruzar una esquina, Luke se topó con un grupito de soldados ucranianos sentados junto a uno de sus blindados, fumando porros y charlando. Iban sin cascos, lo que hacía obvio que todos llevaban el pelo rapado, y se habían arremangado las camisas de camuflaje por el calor, lo que permitía ver una abundante colección de tatuajes en brazos generalmente musculados. Luke inmediatamente observó la runa germánica del Wolfsangel, el Gancho de Lobos, cosida en los uniformes: eran miembros del Batallón Azov, la unidad neonazi formada por los miembros y simpatizantes del Frente Derecho: de Maidán a Donbás, ahora con armas modernas y uniformes. El Wolfsangel era su símbolo, como antes lo había sido de algunas unidades de las Waffen SS que habían limpiado Ucrania de judíos y prorrusos durante la Segunda Guerra Mundial.

Luke dudó; los soldados se callaron y le miraron fijamente. Eran una docena, relajados, con pocos fusiles a la vista, disfrutando su victoria. No tenían motivo para estar de mal humor. Y Luke llevaba su chaleco de prensa. Decidió acercarse.

Buenos días, caballeros—dijo en ruso.

Sólo un par asintieron con la cabeza, en forma de saludo. El Frente Derecho, en general, y el Batallón Azov, en particular, tenían fama de ser poco atentos con la prensa. Para ser precisos: de haber agredido ocasionalmente a corresponsales y otros con los que tenían desacuerdos de forma o de fondo, o que pasaban por ahí justo cuando los neonazis, famosos por su afición a la violencia, tenían ganas de pegar a alguien. Los periodistas ucranianos estaban, en líneas generales, aterrorizados de ellos.

Me pregunto si les puedo hacer un par de preguntas sobre la batalla—dijo Luke.

El que estaba más cerca de Luke se acercó un paso a él, y le miró de arriba a abajo. Era mayor: al menos de 40 años, moreno, de rostro enjuto y orejas prominentes, no tan musculado como otros. Llevaba galones de oficial. Sus tatuajes eran simples, en parte por la falta relativa de espacio: un cruzado portando una espada en un antebrazo; un rostro de Adolf Hitler con el número 1488. Luke había aprendido el significado de ese número en Moscú, cuando entrevistó a un grupito de cabezas rapadas rusos (grandes admiradores de Putin); no significaba un año, sino dos grupos de dos dígitos cada uno: 14 representaba un eslogan favorito en inglés de la extrema derecha, acuñado por un supremacista blanco estadounidense: “We must secure the existence of our people and a future for white children”. El 88 se refería a la octava letra del alfabeto, H, por duplicado: Heil Hitler.

No hablamos con la prensa—dijo el oficial, en ruso, a cinco centímetros de la cara de Luke.

Luke se quedó en su sitio. Su instinto le decía que lo mejor que podía hacer era darse la vuelta y salir de allí. Pero un segundo instinto, más antiguo y primitivo, mucho más estúpido, le estaba gritando que un hombre no podía simplemente irse como un perro con la cola entre las piernas. Sin poder evitarlo, Luke descubrió a sí mismo abriendo la boca, y haciendo otra pregunta:

¿Sólo dos preguntas?

La reacción del oficial fue curiosa. Gracias a la cercanía entre las dos caras, Luke pudo observar perfectamente como los músculos de su cara y cuello se relajaban. Aparentemente, respetaba a los animales que no son perros. Su tono fue casi amigable:

Escúchame, date la vuelta y sal de aquí. No hablaremos contigo. Si quieres arreglar una entrevista, contacta con nuestros — — en la página web.

Luke asintió. Dio las gracias y los buenos días, y se fue por donde había venido. Esa tarde, un general ucraniano organizó una rueda de prensa en un pabellón de deportes junto a la iglesia más grande de Slovyansk; delante del grupito del periodista y dos docenas de lugareños poco entusiasmados, el general explicó con un mapa gigante y todo lujo de detalles dónde se habían atrincherado los miles y miles de terroristas pagados con el oro de Moscú, y cómo los valerosos voluntarios ucranianos habían conseguido doblegarlos con mínimas perdidas humanas y de material, y mínimos daños a la propiedad de los honrados ciudadanos de Slovyansk.

Los mentirosos de los rusos y sus amigos siempre dicen que estamos bombardeando al pueblo de Donbás—dijo el general, con grandes gestos de indignación—y disparando a todo lo que se mueve y — — — . Pues yo les digo: vean cómo está Slovyansk. Nosotros no les impedimos darse una vuelta y — — — — sin censura ninguna. Los rusos nunca les dejarán ir donde quieran. Nosotros a la prensa le dejamos que haga su trabajo y cuente lo que quiera. Vean si es verdad lo que dice la propaganda rusa. La ciudad ha sufrido algunos daños, sí, pero nada — — — con sus sucias bocas. Pregunten a la gente de aquí.

En sus ratos libres, Luke se dedicó a navegar por Internet, buscando información sobre cómo identificar a un espía. Encontró varias páginas con sugerencias interesantes; en una en particular, un ex espía detallaba varios modos de descubrir a los agentes bajo cobertura diplomática: frecuentemente trabajan en el área consular, como Ben Schek, pero no mucho porque se aburren de poner sellos y prefieren pasar el tiempo haciendo su auténtico trabajo confidencial; pero Luke no tenía forma de saber cuánto trabajaba Ben: no podía ir sin más al área consular de la embajada estadounidense en Kiev y vigilar cuántos sellos ponía en pasaportes cada día. Otra forma de hacerlo: ver dónde viven; casi siempre, la inercia burocrática lleva a que los agentes bajo cobertura acaben viviendo en el mismo apartamento en el que vivieron algunos de sus predecesores; pero Luke no tenía forma de saber cuántos agentes habían vivido antes en el apartamento de Ben, estuviera donde estuviera; ni siquiera tenía forma de ser invitado.

Las horas pasaban, y Luke no logró clarificar su dilema. Lo peor de todo era que no sabía con certeza si aceptar la oferta que Ben le había hecho le convertiría en espía: o en informador de un espía. Era posible que Ben trabajara con la CIA, o los agentes secretos del Departamento de Estado, o lo que fuera. Pero también era posible que no. Podía ser simplemente un diplomático que tenía que escribir informes para sus superiores, como Luke suponía que hacían todos lo diplomáticos; y quizá le vendría bien que Luke le diera algo de información y algo de color que meter en ellos.

El día siguiente en Slovyansk fue plomizo, con amenaza de lluvia. Londre quería un artículo de segundo día sobre la captura de la ciudad: cómo volvía la normalidad después de la batalla; cómo se curaban las heridas del conflicto, etcétera. Decenas de otros periodistas allí presentes estaban haciendo lo mismo, así que Luke se puso a la tarea, como de costumbre en tales situaciones, con poco entusiasmo.

Deambuló por la ciudad y las afueras durante horas con los cascos puestos, oyendo música en su móvil. Encontró un tipo corpulento, en torno a la cincuentena, con una incipiente calvicie, cortando tablas de madera con un serrucho en una mesa en el centro de un jardín poco adecentado, lleno de cantidades modestas de material de construcción—un saco de cemento por aquí, una pala por allá, unos azulejos esparcidos encima de una hierba que nadie se molestaba en recortar—y se acercó a molestarle. El tipo miró su chaleco antibalas azul, el gran letrero anunciando PRENSA, con la habitual mezcla de desprecio y condescensión preferida por los habitantes del Donbás: él mismo vestía una cochambrosa camiseta de tirantes, y estaba sudando copiosamente por el esfuerzo. Su voz, sin embargo, no sonó hostil:

¿De dónde eres?

Inglaterra.

Ah, me gusta Inglaterra—dijo, pasando al inglés—Yo viví allí varios años, en un agujero desagradable llamado Weston Supermare. Cerca de Gales. ¿Lo conoces?

Su inglés era extrañamente fluido, con sólo una mínima traza de acento eslavo. Y el hombre parecía aliviado de poder tomarse un descanso en su rutina de cortar tablas.

No tengo el placer—respondió Luke—Sólo por referencias.

Antes de que me preguntes, te diré que no fue por gusto que fui allí. Fue por una mujer. Ese es el motivo por el que los hombres generalmente hacemos cosas estúpidas.

Supongo que es una buena noticia entonces que no ganara las elecciones la Tymoshenko.

El hombre sonrió, mostrando una dentadura impecable, de persona que tenía acceso a un cuidado dental superior al habitual en la Ucrania rural profunda.

Es verdad—asintió—Las cosas siempre pueden ser peor de lo que son.

Luke echó un vistazo rápido a la casa junto al jardín: dos plantas, de ladrillo y madera. Una construcción simple, modesta, pero no exactamente humilde, muy al estilo de otras casas de Donbás.

¿Reparando daños?—preguntó, señalando a las tablas.

Sí. Un mortero cayó en la casa del vecino—respondió el hombre, señalando una casa cercana—y la onda expansiva me dejó un par de agujeros. No es gran cosa, pero también estoy aprovechando la calma y la oportunidad para hacer un par de arreglos adicionales que tenía pendientes.

No veo que la casa del vecino tenga muchos daños tampoco.

No se ve bien desde aquí, pero lo verás mejor si das una vuelta luego. El mortero atravesó el techo, y explotó en una habitación lateral que tenían llena de trastos. Algunos de ellos hicieron de metralla contra mi casa, y me rompieron un par de cristales.

¿Y los vecinos? ¿Hubo algún herido o…?

No, no. La casa estaba vacía. Eran una pareja joven con una niña pequeña. Ellos se fueron en mayo, cuando empezaron a acercarse las tropas de Kiev. Casi todos los jóvenes, lo que no se habían ido antes, se fueron entonces. Casi todo el mundo que tiene algún otro sitio donde irse.

El hombre se encogió de hombros, indicando que, obviamente, él no tenía ningún otro sitio donde irse. No iba a volver a Weston Supermare.

Me llamo Luke, por cierto.

Ivan—dijo el hombre, estrechando su mano.

Eso es algo que me ha llamado la atención desde que llegué: no se ven jóvenes por ningún sitio por esta zona. Hay soldados ucranianos que piensan que están todos con las milicias separatistas.

Eso es absurdo—respondió Ivan—Muy pocos están en las milicias. Esta guerra es en pequeña escala. Yo no había nacido todavía cuando vinieron los Nazis en el ’41, pero he estudiado un poco el tema. El ejército alemán tenía montones de divisiones con miles de soldados cada una, y varias divisiones formaban cuerpos de ejército; y varios cuerpos de ejército formaban ejércitos, como el Sexto Ejército que Paulus lideró desde esta zona hasta Stalingrado. Y los ejércitos formaba frentes: mientras el Sexto Ejército chocó contra los ejércitos rusos de Zhukov, había otro ejército alemán, el Quinto, que estaba intentado avanzar por el Cáucaso y llegó hasta Chechenia. Estamos hablando de millones de hombres en uniforme. Lo que está pasando ahora no se puede comparar. Terrible, sí. Muchos muertos, sí. Bombardeos indiscriminados contra la población civil, sí. Pero esto no es 1941. El 90% de la gente es ajena al conflicto. Los que luchan son unos cuantos miles de idiotas de Lvov a los que envían aquí con la idea de que encontraran a las hordas asiáticas de Putin, y los fascistas del Frente Derecho, que son menos aún. Por nuestro lado son otros miles de parados y mineros con los pozos cerrados a los que les va la marcha.

Pero uno tiene la impresión de que mucha gente en el Donbás apoya a los prorrusos.

La mayor parte, sí. Quizás incluso en sitios como Kharkov. Pero fíjate que en Kharkov no se ha movido una mosca. Han votado en las elecciones, y tienen montones de policía ucraniana para evitar que se pase algo; pero la gente no sale a la calle a tirar cócteles Molotov y asaltar el ayuntamiento. Eso sólo ha ocurrido en Donetsk y Lugansk, quizá también Mariupol. Eso no ocurrió ni siquiera aquí. Vino un grupo de exaltados de Donetsk en Mayo, soltaron unos discursos y consiguieron algunos voluntarios para detener al alcalde y hacerse con el control. Pero la mayor parte de los hombres jóvenes se fueron lejos del frente, a esconderse donde puedan o incluso en Rusia, y la mayor parte de las mujeres jóvenes muy razonablemente no quieren quedarse en un sitio lleno de matones armados hasta los dientes que llevan una temporada sin mojar.

Si las cosas están así, el ejército de Kiev se hará con el control de toda la región antes de que acabe el verano. Eso es lo que no están diciendo que planean hacer.

Yo no sé nada, y hago pocas preguntas a la gente armada. Pero tengo la impresión de que bastantes de los “separatistas” que había aquí no eran gente local, sino rusos del otro lado de la frontera. No la mayoría quizá, pero no un puñado tampoco. Eso es lo que se dice. Que a medida que la gente que no quiere guerra se va del Donbás, la gente que sí quiere guerra viene al Donbás.

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