Ave Atque Vale: Julio Anguita, Socialista Farfullador

(Actualizado el 18.5.20)

Es bueno recordar ese absurdo refrán de que “el que no es comunista con 20 años no tiene corazón, y el que lo es con 30 no tiene cerebro,” porque Julio Anguita, quien murió hoy a los 78 años, se afilió al Partido Comunista de España a los 31, en 1972.

Esto no es tan raro como pudiera parecer en uno de los líderes de la post-Transición política española. Véase el caso de Emilio Pérez Rubalcaba, quien también descubrió la maldad inherente del régimen franquista cuando era bastante talludito y Francisco Franco estaba ya casi agonizando.

Habrá quien piense que, de acuerdo con el refrán, Anguita era un bobo. Yo sostengo lo contrario: que era un hombre muy inteligente, quien entendió que, en 1972, lo que había de bueno en el franquismo no se podría salvar desde posiciones franquistas.

Admito que esta posición no es muy original. De hecho, es la que sostuvo el articulista elegido, nada inocentemente, por el diario El País cuando Anguita abandonó la primera línea política en 2000, al comenzar los problemas de salud que finalmente pudieron con él.

En aquel artículo se puede ver que El País quería tirarle con bala al que había sido líder desde 1990 del Partido Comunista de España y su coalición de compañeros de ruta Izquierda Unida. Los motivos son obvios: en lugar de convertir a su partido en una ayudita permanente para que el Partido Socialista Obrero Español gobernara en cada ayuntamiento y cada comunidad española, Anguita se enfrentó a la creciente corrupción y caudillismo del PSOE, y acabó teniendo un papel estelar en la derrota de Felipe González en 1996.

Así empieza el artículo de El País:

“Aquí hay algo que no acaba de encajar. Sé que es pronto para formar opiniones, pero… No sé si con este hombre habremos metido la pata”. Nicolás Sartorius, un histórico del Partido Comunista de España y del sindicato Comisiones Obreras, se atrevía a expresar en voz alta, aunque en una cafetería y ante un íntimo amigo, la inquietante desazón que se extendía entre la militancia del PCE y del resto de formaciones que integran el sello electoral de Izquierda Unida. Ocurría una noche de noviembre de 1990, horas después del encendido discurso con el que Julio Anguita cerró la II Asamblea General de IU, en la que fue confirmado como el único líder de la izquierda capaz de robarle espacio a un PSOE en descenso por el desgaste del ejercicio del poder y la derechización de sus dirigentes.

El tono de agresividad va in crescendo, pero yo le agradezco a la autora, Joaquina Prades, una cierta honestidad al escribir. Porque muy pocos de los que hoy están publicando obituarios de Anguita se acuerdan de que, cuando chaval, cuando se supone que la gente que no es comunista es desalmada, Julio no era exactamente lo que uno diría un comunista modelo:

(Miembro de) grupos de cristianos de base, nieto de guardia civil e hijo de sargento, Julio Anguita (Fuengirola, 1941) ingresó en el PCE en 1972, cuando ya había obtenido plaza como maestro de francés en un colegio público… Nadie quiso recordar las profundas convicciones católicas de su juventud, que le marcaron hasta el punto de oponerse al aborto cuando ya era alcalde de Córdoba, ni su admiración por José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange, por cuyas hagiografías ganó premios en su juventud.

Tales comienzos aseguraron que Anguita, al final, fuera un comunista modelo, porque el mundo cambia mucho.

En los años 80, triunfador en Andalucía mientras su partido se disolvía en el resto de España como celestina de los manejos del PSOE, Anguita mantuvo su compromiso con la clase baja — la que se queda sin trabajo cuando un país desarrollado importa mano de obra barata para que las empresas mejoren sus márgenes — y con los principios fundamentales del marxismo.

Cuando en las últimas dos décadas se le explicó que el progresismo consiste en defender la aniquilación del estado español vía separatismo racista, la destrucción de fronteras nacionales en favor del capitalismo desbocado y promover la sujeción a entidades supranacionales dirigidas por eurócratas y a la siempre sabia dirección de Washington D.C., Anguita expresó su desacuerdo.

En esta entrevista, el año pasado, mostró que, desde el punto de vista de un “comunista” de 2020, Anguita había pasado directamente a la ultraderecha extrema fascista más rancia y reaccionaria nazi:

Yo a lo único que le temo, ya a mis años, es a cómo va a vivir mi nieta. Es un desastre que nadie se preocupe de que España va a desaparecer. Tanto hablar de los catalanes y la bandera española y los desfiles militares… Toda esa ganga de baratijas que no sirve para nada. España va a desaparecer cuando los jóvenes españoles no tengan trabajo. Ese país ya no existe. ¿Qué va a ser de ellos? ¿Qué pensión van a tener? Y se lo digo a ellos. Yo, cuando doy un curso en la facultad se lo digo: ¿De qué vais a vivir?

Y, no contento con tal exaltación del franquismo más bunkerizado y nacionalcatólico, añadió:

Lo único que dije es que la inmigración es un problema. Pero no es un problema en el sentido de que se me utilice para decir que estoy en contra de los inmigrantes. No. Pero digo que es un problema.

Pero su desacuerdo nunca fue muy vehemente. Nunca hizo realmente nada para oponerse a la manipulación y humillación de sus propias creencias. Anguita se cuidó siempre de pronunciarse a favor de Podemos, el partido que mejor representa el neoliberalismo internacionalista de mano de obra barata. Porque, oigan, los jardines de La Moraleja no se recortan solos.

En esto, Anguita demostró estar completamente en línea con otros comunistas de la vieja escuela, que han farfullado mucho sobre los nuevos progres y sus tesis, pero han tragado con todas las traiciones del marxismo que hayan hecho falta para seguir ganando elecciones en lugares como Vitry-sur-Seine.

Con sus abrazos y besos a Podemos, Anguita no ganó elecciones, pero evitó su absoluta defenestración de la vida pública española. En el obituario que publicó El País con ocasión de su muerte, no hay referencia ninguna ni al falangismo, ni a los cristianos de base, ni a su familia de militones fachas, ni al aborto, ni sus puñaladas al querido Felipe. De eso le sirvió ser un hombre inteligente. Aunque quizás no tan honesto como dicen sus más encendidos defensores.

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