Diarios de Guerra de Manuel Azaña (13)

(Esta entrada cierra una serie)

Hemos hablado antes de la voracidad de Negrín, y su poca comprensión de los problemas de abastecimiento que tenían a mis dos abuelos (uno en Madrid y uno en el frente sur hasta que fue trasladado a Cataluña para la ofensiva del Ebro) padeciendo hambre en los frentes. Azaña aquí expresa su sorpresa ante la voracidad de los miembros del gobierno y otros gerifaltes que comen con él, pero sobre todo la de Negrín: “Nunca había visto yo cosa igual.” Con la tripa bien llena, de vuelta a Valencia tras el viaja presidencial a Madrid, Rojo comenta: “Hoy debíamos estar atacando Sevilla.” Nadie se lo cree, ni insiste mucho. Por supuesto, no hubo tal ataque.

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El historiador Claudio Sánchez Albornoz, presuntamente conservador y con fuertes opiniones sobre el Medievo, visita a Azaña con ideas post-revolucionarias. Esto ocurrió poco antes de que partiera al exilio a Argentina…

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… y la verdad, no creo que su intelecto se echara mucho de menos en la República. A los comentarios de Azaña me remito. Lo más amable que puede decir Azaña sobre los conceptos post-revolucionarios de Albornoz: “Cuanto me ha dicho es un síntoma muy importante del cambio que está operándose en mucha gente, cambio previsible, pero un poco tardío, y adquirido en virtud de experiencias demasiado costosas.”

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Los varios saltos en los diarios los acortan mucho, y me llaman mucho la atención. No tengo muy claro (y no sé si alguien lo tiene) si Azaña súbitamente dejó de escribir diarios en momentos clave para la República como los primeros meses, o éste entre Diciembre 1937 y Abril de 1938.

En Diciembre de 1937, las tropas republicanas lanzaron una dramática ofensiva contra quizá la peor defendida y menos importante de las capitales de provincia en manos de los Nacionales: Teruel. Esta batalla, la más dramática de la guerra, drenó de sangre y recursos al bando republicano. Franco, el imbécil, incompetente militar africanista sin ninguna imaginación y todo el talento de un burro, se negó a dar Teruel por perdido: canceló su planeada ofensiva contra Madrid y envió sus divisiones de maniobra a recuperar la insignificante capital de provincia, cubierta de nieve hasta los ojos, en medio de uno de los peores inviernos que se recuerdan en la provincia.

El bobo de Franco deshizo el brillante plan del alto mando republicano: en lugar de darle un descanso a las diviones agotadas por la toma de Teruel, lanzó sus mejores tropas contra ellas, una y otra vez, hasta que rompió el frente; al más puro estilo comunista, la República volvió al recurso de fusilar a soldados que se negaban a seguir muriendo. El 22 de Febrero de 1938, los Nacionales volvían a un Teruel destruido por los combates, y pocos observadores en el mundo quedaron dispuestos a dar un duro por la causa republicana. La brillante inteligencia y previsión del talentoso alto mando republicano había resultado en la peor derrota de la guerra, y las mejores unidades de Franco habían abierto una ruta hacia el Mediterráneo, con la opción de marchar sur hacia Valencia o norte hacia Barcelona.

Como Franco era un estúpido, hizo las dos cosas e incluso más, y todas salieron bien. El 3 de Abril caía la lejana Lérida, y el 19 de abril, las tropas nacionales llegaban al mar, cortando el territorio republicano en dos: al norte quedaba aislada Cataluña, ya sin contacto directo con el resto del territorio. Azaña, el 22 de abril, se hallaba en Pedralbes, Barcelona, como tantos otros funcionarios republicanos mucho más cerca de la frontera francesa que los paletos ilusos, como mi abuelo materno, a los que habían dejado en Madrid. Consigna su protesta ante una orden de ejecución de 45 republicanos, incapaz — como casi siempre — de frenar el derramamiento de sangre.

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Empiezan a apuntarse serias diferencias de criterio entre Azaña y Negrín. El presidente del Gobierno, mucho más cerca de los comunistas, piensa en grande: el advenimiento de una gran guerra europea que salvará a la República del atolladero, y llevará a una brillante victoria. Azaña piensa en una salida negociada como sea: “los que en proclamas y arengas se desposan con la muerte, se divorcian antes de consumar el matrimonio (caso del Norte), y se van.”

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“Usted mismo, Juan Negrín, no cree en lo que dice.” La teoría zizekiana de la creencia es del todo aplicable a los líderes del bando republicano a partir de 1938: ninguno cree que la victoria es posible, pero todos se convencen unos a otros de estar en la minoría, con sus ruidosas proclamas de lucha hasta la última bala. Todos creen que alguien cree, por lo que aseguran creer de veras.

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A Azaña los Trece Puntos de Negrín le parecían una pérdida de tiempo. Con su ejército de victoria en victoria, Franco no podía aceptar semejante propuesta de armisticio (ni quería tampoco), así que Azaña entendió muy bien que era un brindis al sol: para que se viera. “Por qué no deshacer colectivizaciones?”

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En Mayo de 1938, continúa el imparable ascenso de hostilidad entre Azaña y Negrín. Azaña lamenta que quiera enviar a Prieto, uno de sus favoritos, de embajador a México, a sus espaldas. Como indiqué antes, Prieto fue muy feliz, y pasó décadas allí, habiendo llegado a apaños adecuados con el régimen mexicano que incluyeron pagos sustanciosos del botín robado de España. Que a Azaña le rechinen los dientes porque Negrín se quita a un posible sucesor de encima indica lo aislado y lo desinformado que estaba a estas alturas, a pesar de dárselas de gran manipulador.

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Más peleas con Negrín, a cuenta de Prieto y otros manejos…

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… con los dos gallos enfrentados en todos los sentidos. El 12 de Mayo, la referencia de Azaña a asuntos de faldas es curiosa: el tiovivo no para, a pesar de que a la República le queda menos de un año de vida.

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Para Azaña, su amado Prieto quejándose de Negrín es música celestial. Y los cotilleos: Manuel Uribarri, jefe del servicio de información, el temido SIM, se ha fugado a Francia con 100.000 francos y dice que no vuelve.  El SIM fue famoso por sus checas y asesinatos. Uribarri eventualmente acabó en Cuba, sin un duro, ayudando a montar una insurrección comunista de cierto éxito en aquella isla. Azaña está convencido de que la derrota es inminente.

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El 25 de Julio empieza la Batalla del Ebro. La República echa los restos (incluido mi abuelo paterno, en una batería que bombardea a los nacionales) para echar a los Nacionales al otro lado del río. Para cuando Azaña reseña los hechos en su diario, toda esperanza de una victoria ha acabado: la batalla ha degenerado en una igualada lucha de trincheras que no favorece al bando que va perdiendo la guerra. A todo esto, ¡vuelve Companys con sus lloriqueos! Le echábamos de menos: “lista de agravios, industria, economía, justicia…” Además, peleas por quién se queda con las armas capturadas a los Nacionales.

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“El timo de los cinco millones de francos… Situados los millones en París, a las 48 horas desaparecieron… Eran para Companys y los políticos y funcionarios de la Generalidad, por si tenían que emigrar.”

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Otro salto brutal en los diarios. En septiembre, Europa está al borde la guerra general tan deseada por Negrín, mientras se dirime la crisis de los Sudetes de Checoslovaquia. Pero el 30 de septiembre las potencias llegan a un acuerdo y Neville Chamberlain regresa a Londres en loor de multitudes, asegurando que la paz ha sido garantizada. Ya no hay esperanza ninguna para la República.

Un mes después, una ofensiva nacional fuerza al Ejército del Ebro a cruzar al otro lado del río, y empieza la espantada hacia Barcelona. A las dos semanas, Azaña se reúne de nuevo con Negrín. El líder del gobierno aspira a “sostener la guerra seis meses.” Joan Casanovas, uno de los fundadores de Esquerra Republicana de Catalunya y presidente del Parlamento Catalán, separatista apenas disimulado, ha declarado que un protectorado francés en Cataluña sería bienvenido. Negrín piensa que el tema se ha discutido en París. Nada nuevo bajo el sol: el separatismo catalán jamás ha querido la independencia; sólo la sujeción a un poder que no sea el de Madrid.

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Si alguna vez hicieran una película sobre los últimos meses de la República, no sería como “El Hundimiento” sobre el bunker de Berlín en 1945, llena de tensión, culpa y suicidios por honor. Sería más bien como una pelea televisiva entre famosos de medio pelo, intercambiando reproches y recordándose deudas: “El ministro de Hacienda aporta unos datos. Cree que la Generalidad le debe al Estado doscientos millones.” Con las tropas franquistas preparándose para la ofensiva final hacia Barcelona, discusiones sobre constitucionalidad, y Negrín aporta su granito de arena en favor de la independencia catalana — Azaña toma nota de la contradicción con lo que dijo el día anterior.

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Ascensos de última hora para comandar unidades inexistentes, e irse al exilio engalonados: “los ocho coroneles servirán de argumento para crear generales.” Uno explica que Enrique Líster, comunista de línea dura, estaba tan hasta las narices de los anarquistas del Consejo de Aragón que buscó un subterfugio para fusilarlos a todos.

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Mucha rumorología sobre pactos, mediaciones y entendimientos con ayudas de neutrales. Franco siempre se negó a esto, mucho más cuando veía cerca la victoria.

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Azaña echa de menos a Prieto, y se emociona con el relato de cómo Prieto lloraba ante los planes de insurrección armada de Largo Caballero en 1934. Llama la atención lo alegremente que usa tales palabras, cuando en otros momentos de los diarios echa la culpa de las tensiones políticas de 1936 a la decisión del gobierno, en 1934, de meter en la cárcel a los insurrectos. Trifón Gómez, socialista, calcula que puede haber 200.000 ejecutados por Franco tras la guerra (no hubo ni la décima parte).

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Con el lanzamiento de la ofensiva nacional contra Barcelona, en Diciembre de 1938, todo se acelera. Las últimas páginas del diario son del 19 de enero. Los Nacionales están en Igualada. El 21 de enero se marchó hacia al norte, cruzando la frontera francesa a finales de mes, en cuanto fue abierta para permitir el paso de refugiados republicanos. Durante todo este tipo, estuvo conspirando contra Negrín, para quitarle de enmedio a él y a sus aliados comunistas, y para acabar la guerra de una vez.

Mi edición de los diarios de Azaña concluye, sin explicación ninguna, con un apéndice: una larga e informativa carta de Azaña a Angel Ossorio en Buenos Aires, fechada el 28 de junio de 1939 (es decir, durante el breve periodo de paz entre el final de la Guerra Civil Española en Abril y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en Septiembre) en Collonges-sous-Saleve, al noroeste de Montauban, donde Azaña habría de morir en Noviembre de 1940, bajo la autoridad del gobierno de Philippe Petain en Vichy tras la invasión nazi de Francia.

Azaña describe la dura escena del exilio: como en guerra, dominada por el partidismo, el favoritismo y los enchufes, y la sombra del Partido: “los que distribuyen los fondos de socorro a los emigrados son tan miserables, que a Saravia no le han dado un céntimo, porque no era comunistoide y sí republicano y amigo mío.” Azaña hace lo que puede, y llega al punto de recurrir al modo reflexivo: “Mi cuñado Manolo… ha sido colocado en la Casa de España.”

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Interesante referencia al “peligro que corría el resoro artístico”. Nunca he entendido por qué los republicanos pensaron que el tesoro artístico español, en un 90% de carácter católico/religioso, podía correr peligro con el advenimiento del nacionalcatolicismo. Seamos generosos, y pensemos que Azaña era la única persona que se creía eso, y que no buscaba echar las zarpas sobre bienes ajenos.

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Las condiciones de paz presentadas por Negrín, con Franco al borde la victoria, son “el cuento del portugués caído en el pozo.” No he encontrado ningún sitio donde expliquen el cuento, aunque uno se puede imaginar que no será una referencia positiva a Negrín, a quien llegado este punto Azaña le había retirado el saludo.

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“Luis Fischer, periodista internacional, a quien, según dicen (no me consta), nuestro Gobierno habría dado gruesas sumas para propaganda…” Y, para cerrar la última sesión, un diputado va y orina en una esquina de las Cortes, indigno final para la República.

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El ministro de Hacienda, el famoso gestor de capitales Francisco Méndez Aspe, es morfinómano, explica Azaña. La reflexión viene a cuenta de los planes de Negrín y su ministro de apropiarse todos los cuadros del Prado, metiéndolos primero en una mina. Para que no los quemen los fachas, se entiende. Es todo por nuestro bien. Igual lograron sacar bastante por la frontera. Mucho de aquel tesoro artístico fue recuperado por Franco durante la invasión nazi de Francia.

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Las esperanzas de Negrín: “Hay que sostenerse dos o tres días más.”

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Mi abuelo paterno acabó en uno de los campos de concentración franceses que cita Azaña en esta página, una de las últimas de los diarios. Como el coronel Fernández Quintero, salió en cuanto pudo para volver a España. Lo mismo hicieron la mayoría de refugiados.

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(Fin de la Serie)

 

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