Conexiones entre la España Moderna y la España Visigoda

(Actualizado el 17 de Octubre de 2020)

Ya he escrito antes sobre cómo la España moderna desciende de modo directo de la España visigoda, para lo bueno y para lo malo. Al fin y al cabo, San Isidoro de Sevilla ya estaba incluyendo una “Alabanza a España” en su historia de los visigodos, escrita en el siglo VII; más de un siglo después de la invasión musulmana, la Crónica Profética estaba describiendo la futura recuperación de la península y la reconstrucción del reino visigodo.

José Soto Chica, especialista en el periodo, tiene estos comentarios en una entrevista en el blog Divulgadores de la Historia:

Desde época de Teudis de forma germinal y desde época de Leovigildo y Recaredo de forma clara, se estableció una sinonimia entre Regnum Gothorum e Spania o Hispania. Así, por ejemplo, los contemporáneos extranjeros de Leovigildo, como el franco Gregorio de Tours, no tenían problema alguno en llamar a Leovigildo “Rey de los hispanos” pese a que sabían que reinaba también sobre una porción de los galos y pese a que era rey de los godos, o en llamar a Recaredo “Rey de Hispania” pese a no tener el dominio de esta por completo. En los propios documentos godos, como las actas de los concilios de Toledo o el Liber Iudiciorum, se establece esa relación y se define al sujeto político sobre el que reinaba el rey visigodo como “Spaniae Populi” y ello pese a que  se constataba igualmente que el Reino se componía de Gallaecia, Hispania y Galia Narbonense. San Julián de Toledo, escribiendo ya en las décadas del 670 y del 680, denominaba como “Hispano” al ejército del rey Wamba y establecía una absoluta identificación entre “Hispanos” como los súbditos fieles de Wamba y “Galos”, “Francos” etc para designar a sus enemigos. Por lo tanto, la Hispania visigoda es un concepto no sólo aceptable, sino plenamente real e histórico y puesto que el Reino de Asturias desde el primer momento se consideró su heredero y transmitió esa idea a los reinos de la Hispania medieval. La aparición de España en la Edad moderna se ligó estrechamente al viejo reino visigodo y la equiparación entre Hispania y España fue cosa corriente y se retrotraía al siglo VI. Para mí es absurda la polémica de cuando aparece “España”. En primer lugar porque el debate está trufado de ideología política y por ende, contaminado y en segundo lugar porque no hay nación estado en Europa que pueda ofrecer tantos “Títulos” como España. 

Esta conexión se mantuvo durante la Reconquista, conducida por reinos cristianos que se declaraban explícitamente herederos del visigodo. También he escrito sobre cómo fue reforzada, explícitamente, durante la unificación de Aragón y Castilla resultante del matrimonio entre sus herederos, los Reyes Católicos, en 1469.

En esta entrada, voy a meterme con algo que es, al mismo tiempo, muy técnico y muy revelador: la pervivencia de la legislación visigoda en la historia legal española (tema que discuto en mucho detalle también aquí).

Un caso curioso viene de Cataluña, ahora fuente de separatistas que niegan cualquier continuidad entre el reino visigodo y sus estados sucesores. En la fascinante disertación “La esclavitud en Barcelona a fines de la Edad Media” (Universidad de Barcelona, 2012), el muy erudito Iván Armenteros Martínez escribe que, en la Barcelona medieval, la legislación respecto a la esclavitud (muy extendida en Cataluña hasta el siglo XVI) dependía expresamente de antecedentes visigodos (p. 204):

El ordenamiento municipal de la esclavitud contaba, no obstante, con el precedente legal de los Usatges, compilación de textos normativos cuya formación, identidad y cronología continúan siendo desconocidas, pese a que el consenso tiende a situar su origen hacia la segunda mitad del siglo XI. De este período provienen tres disposiciones referidas a esclavos musulmanes. La primera, siguiendo el punto de vista de la ley visigoda, establecía que los daños que se cometiesen sobre un esclavo serían recompensados a su propietario, y que, en caso de que el primero muriera, el dueño recibiría el valor que el cautivo pudiera tener, que variaba según el potencial rescate que pudiese proporcionar o de las capacidades técnicas de las que dispusiera. 

Más notable y extendido es el Fuero Juzgo, traducción romance del Liber Iudiciorum o Lex gothica, código legal visigodo promulgado primero por Recesvinto en el año 654 y posteriormente, en una versión completada, por Ervigio en 681. Esta versión romance se ha atribuido tradicionalmente a Fernando III y se da como fecha de realización el año 1241.

El Fuero Juzgo se aplicó como derecho local, en calidad de fuero municipal, en los territorios meridionales según progresaba la reconquista castellana. Su primera referencia como norma vigente y aplicable la encontramos en Córdoba. En 1348, el Ordenamiento de Alcalá le otorgó preeminencia legal sobre Las Partidas.

El Fuero Juzgo mantuvo su vigencia hasta la aprobación del Código Civil a finales del siglo XIX. En la actualidad sigue vigente como derecho foral civil supletorio en el País Vasco, Navarra y Aragón.

El Fuero Juzgo fue impreso por vez primera en lengua latina en París en 1579 bajo el título “Codicis Legum Wisighotorum Libri XII” y su primera impresión en castellano corresponde a la edición bilingüe latín-castellano en 1600 de Alonso de Vascuñana y Montoya bajo el título de “Forus antiquus gothorum regum Hispaniae, olim liber iudicum, hodie Fuero Juzgo”.

El Tribunal Supremo español invocó el Fuero Juzgo en una sentencia de 1848. Esta legislación mantuvo su vigencia como derecho supletorio foral hasta la promulgación del Código Civil de 1889.

Esta pervivencia secular del Fuero Juzgo, por cierto, explica un detalle curioso que aparece en “Parentesco, Poder y Mentalidad: la Nobleza Castellana Siglos XII-XV,” de Isabel Beceiro y Ricardo Córdoba (1990)  (*): que la tradición legal visigoda de que el novio entregara como arras de matrimonio la mitad de sus posesiones fue continuada en la Corona castellana al menos hasta el siglo XII, según abundantes testimonios de arras entregadas “a fuero de León”, como se denominaba esta normativa en la época medieval.

De hecho, me pregunto si la pervivencia del Fuero Juzgo explica una de las grandes curiosidades de la terminología laboral española, una que es intraducible en casi cualquier otro idioma del mundo: el trabajo en precario. Referencia frecuente de partidos de izquierda (y algunos de derecha) desde hace décadas, la propia expresión “en precario” es latina, pero de origen visigodo: en aquella época, muchos campesinos trabajaban la tierra “a precarium”, sin derecho de permanencia, bajo amenaza permanente de ser expulsados en cualquier momento por el terrateniente sin ninguna compensación.

*Un libro excelente al que voy a hacer más menciones en futuras entradas.

 

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