Diarios de Guerra de Manuel Azaña (9)

(Esta entrada es parte de una serie)

Con el frente del Norte en pleno colapso en el verano de 1937, Manuel Azaña nos cuenta las tragedias de la guerra (un conocido caído en la defensa de Bilbao; o fusilado) y las tragicomedias de la República: con Gijón cerca de caer en manos de los sediciosos, los mandamases locales se constituyen en “Gobierno Soberano”. Como eran pocos, parió la abuela.

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Azaña reflexiona que la guerra ya ha durado mucho y que igual el bando contrario también se está cansando de ella, a pesar de sus continuas victorias (se equivoca, como en casi todas sus evaluaciones sobre lo que ocurre en la zona Nacional). Pero puntualiza: “mientras haya esperanza razonable de contenerlas (la rebelión y la invasión) el deber (de luchar por la República) subsiste.” Esta frase explica por qué, en 1939, sintió que el deber se había extinguido. La prensa valenciana, nos cuenta, contiene “relatos espeluznantes” sobre lo que era el Gobierno del Consejo de Aragón (en manos de los anarquistas). Igual los que escriben novelas hagiográficas sobre la República podrían echar un vistazo a esa prensa, en la Hemeroteca Nacional.

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“Una de las primeras cosas que hace en nuestro país cualquier movimiento político es cambiar los nombres de la calles,” escribe Azaña, como si volviera de visita del año 2019. Correctamente, añade, esto responde “a la ilusión de borrar el pasado hasta en sus vestigios más anodinos y apoderarse del presente y del mañana.” Obvio.  Curioso que la calle de Alcalá-Zamora, durante tantos años Presidente de la República, fuera renombrada “de la Reforma Agraria”. La “Plaza de los Derechos del Niño” en Valencia es también muy de la época (y de 2019). El premio gordo, de todos modos, va a la “calle de las Milicias de Retaguardia de las Juventudes Socialistas Unificadas”. En un universo paralelo en el que la República ganó la Guerra, hacia el año 2100, la gente probablemente habría pasado a llamarla “calle de los Culos”, después de años de llamarla “calle de las Retaguardias”. Azaña también predice que los rebeldes cambiarían el nombre de la madrileña Calle del Barquillo, y se equivoca: sigue siendo Calle del Barquillo.

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Una curiosidad: Azaña relata como los soldados de reemplazo forzoso en el ejército nacional desertan con facilidad (“no así los demás”), lo que probablemente explica el optimismo que mantuvieron muchos mandos republicanos incluso cuando la Guerra parecía perdida: un cambio de tendencia probablemente habría llevado a deserciones masivas, entre los soldados de clase baja del ejército Nacional. Prieto, a mediados de 1937, de todos modos reporta pesimismo, y cierto realismo sobre la situación de Companys, al que califica de “loco de encerrar en un manicomio” después de una largada pública contra el gobierno. Como buen presidente de la Generalitat, es muy sensible a determinadas frases en un comunicado oficial.

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Vuelven a hablar del ferrocarril que conectará Madrid con Valencia (Nunca se construyó). Inasequible al desaliento, Negrín llega con estimaciones, y Azaña se refugia en un pesimismo que nunca falla. El 5 de Septiembre, el siempre ocurrente general Cordón (oficial de artillería que llamó “Trayectoria” a sus excelentes memorias) le confiesa a Prieto que “la mentira es tan antigua como la guerra”, cuando el ministro se queja de que no se le informe de reveses en el frente.

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Un ex profesor de Azaña, religioso católico llamado Isidoro, que ha sobrevivido hasta ahora de milagro, visita al Presidente de la República para contarle sus penas. Interesante la referencia al dramaturgo y humorista Pedro Muñoz Seca, asesinado en Paracuellos en Noviembre de 1936 (es decir, menos de un año antes), quien se burlaba de los favores que recibía el conocido de Azaña en la cárcel. A Muñoz Seca le corresponde quizás la mayor frase lapidaria de la guerra: ​ sus últimas palabras, dirigidas al pelotón de fusilamiento, fueron: «Podéis quitarme mi hacienda, mi patria, mi fortuna e incluso— como estáis al hacer— mi vida. Pero hay una cosa que no podéis quitarme: ¡El miedo que tengo ahora mismo!» Aún más meritorias si se tiene en cuenta que, antes de ser fusilado, fue torturado físicamente por los buenos representantes del pueblo.

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Continúa la conversación entre Azaña y su profesor, con un toque kafkiano: el hombre le quiere hacer entender que los campos de España están sembrados de fosas comunes con religiosos, iglesias incendiadas, monasterios convertidos en chekas y prisiones; Azaña le explica que sería una exageración decir que el presidente de una República que ha hecho todo eso, y aún hará mucho más, es “un furibundo enemigo de la Iglesia católica”. Una vez más, surge la cuestión: ¿de qué se enteraba Azaña, y de qué no? La historiografía moderna muestra sin lugar a dudas que hubo un intento de erradicar hasta la memoria de la tradición cristiana en España, con 7.000 clérigos (sacerdotes, monjas, monjes y obispos) asesinados y unas 20.000 iglesias, ermitas y capillas destruidas, saqueadas o dañadas, muchas de ellas de extraordinario valor histórico o artístico: ardieron bibliotecas como la franciscana de Sarriá, con cien mil volúmenes, la de Igualada, con cincuenta mil, la del seminario de Barcelona o la de los capuchinos, con cuarenta mil, y las de muchos particulares tenidos por personas religiosas, que sumaban decenas de miles de libros más, esto solo en Barcelona. Algo semejante ocurrió en Madrid y, a menor escala, en muchas otras provincias, donde ardieron monasterios con sus bibliotecas, museos religiosos, archivos, retablos, pinturas, tallas… Todo ello acompañado de profanaciones y ultrajes de todo género. La cruz fue erradicada del espacio público, destrozada incluso en los cementerios, y fusilada y luego extirpada de lugares como el Cerro de los Santos, en las afueras de Madrid. “Sus amigos fervorosos, los apasionados de la religión y del orden, son los causantes no solamente de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a las que pertenecen” es la respuesta de Azaña.

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Azaña reporta que su profesor, por cierto, le da la razón. No porque tenga miedo a ser fusilado, ni nada.

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Azaña también le ofrece al religioso un pasaporte para quitarse de enmedio. Hay que tener conocidos hasta en el infierno. “La iglesia española ha participado en esta guerra como en una cruzada contra infieles,” escribe Azaña, no sin razón.

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“La religión la han propagado los mártires, los confesores, los misioneros; pero no los guerrilleros”, añade Azaña, con espectacular ignorancia de la historia de la humanidad. ¿Por qué no se dejan exterminar como buenos becerros, con buen humor como hizo Muñoz Seca? Es todo incomprensible para él.

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Azaña sigue sorprendiéndose de oír de incompetencia en los frentes. Debería haber leído más sobre la historia de las guerras. Uno tiene siempre la impresión de que carga injustamente las tintas sobre el ejército Republicano, que casi siempre combatió con honor y muchas veces lo hizo con distinción.

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José Xirau, catalanista, visita a Azaña para azuzar sus recelos sobre Cataluña y Companys (“le parece un aventurero”: a estas alturas, todos en la corte debían saber que Azaña apreciaba mucho a la gente que se metía con Companys): Cataluña “no es un país industrial, sino de payeses y menestrales”, dice, sin iluminar mucho. Azaña no se deja embaucar, de todos modos, y le cala a Xirau: “me produce la impresión de que su pensamiento corre de aquí para allá, como buscando evadirse de una jaula”.

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(Continúa)

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