Algunas Consideraciones sobre la Ley Electoral de 1931

(Actualizado el 8 de Agosto de 2020)

Es fácil ver como inexplicables las circunstancias actuales en el país de uno si se ignora su historia. Las cosas no salen de la nada. Pongamos un ejemplo obvio: la tan denostada ley electoral española. España tiene desde finales de los 1970 una norma electoral que favorece a los partidos grandes frente a los pequeños, para que sea más fácil formar mayorías estables en el parlamento, y a los regionales frente a los de ámbito nacional.

La actual normativa electoral española es denunciada con frecuencia tanto por izquierda como por derecha, y considerada responsable de la partitocracia generada por el llamado régimen de 1978, bajo la constitución vigente. Casi siempre se habla de que alguna forma de “listas abiertas” sería una alternativa mejor a lo que, con bastante precisión, se puede llamar “partitocracia” española.

Luego uno pregunta a quién se le ocurrió crear una ley así, y por qué, y todos (todos a los que se los he preguntado) se encogen de hombros. Nadie lo sabe con certeza: la mejor explicación que he escuchado es que este tipo de ley minimizaba las posibilidades de que el Partido Comunista de España lograra un gran bloque de diputados, lo que por un lado es cierto (nunca ocurrió) y por otro no (Podemos, en muchos sentidos heredero al menos del electorado del PCE, sí ha formado un gran bloque).

En su libro “1936, Fraude y Violencia en la Elecciones del Frente Popular”, Manuel Alvarez Tardio y Roberto Villa García ofrecen respuestas muy interesantes a todas estas dudas, además de a otras.

Este libro básicamente examina las extremadamente divisivas elecciones de Febrero de 1936, un paso clave en el camino casi inexorable hasta la Guerra Civil, y los antecedentes que llevaron hasta ese punto. Lo primero que hacen es señalar que a aquellas elecciones se llegó con unos 8.000 miembros del Frente Popular en la cárcel por el intento de golpe de estado de 1934 (uno también puede llamarlo “revolución de 1934”, pero debe tener en cuenta la diferencia entre una cosa y otra), lo que no coadyuvó a una campaña tranquila y moderada: la propaganda frentepopulista, que hablaba de “30.000 obreros” presos, tampoco ayudó. (1)

En la República, explican los autores, existía un sistema mayoritario con voto limitado, o «restringido», como se lo conocía entonces. El elector debía seleccionar en cada circunscripción un número menor de candidatos que de escaños en juego. Tengamos esto en cuenta: no se votaban listas cerradas de partido, sino que cada ciudadano podía escoger los candidatos de su preferencia, cuyo nombre completo debía figurar, escrito o impreso, en la papeleta. ¡Las famosas listas abiertas sobre cuyas bondades llevan décadas hablándonos los columnistas! ¡Ya existían en la República, y con qué éxito, oiga! Siguen:

El número de votos de que disponía el elector en cada provincia estaba previamente establecido. Si a una circunscripción le correspondía elegir 20 diputados, el elector podía votar como máximo 16 candidatos; si le correspondía 19, podía votar a 15, y así sucesivamente hasta llegar al caso donde se eligieran solo dos, donde el elector podía votar a uno. Las excepciones eran Ceuta y Melilla, que al ser circunscripciones uninominales no tenían voto limitado.

Un detalle clave sobre este sistema es que la aplicación del voto limitado sobre circunscripciones provinciales, al operar sobre contingentes de escaños elevados y sobre partidos o coaliciones que incitaban al elector a agotar sus votos en los candidatos que presentaban, implicaba que la candidatura vencedora, aunque lo fuera por un solo voto, se llevara entre el 67 y el 80 % de los escaño: esto lo llamaban el «cupo de las mayorías».

El resto de los escaños, el «cupo de las minorías», era para la segunda candidatura más votada y las demás, independientemente de su fuerza, se quedaban sin representación. (2) Por otra parte, las circunscripciones no tenían un mismo número de escaños y eso hacía que el triunfo tuviera efectos muy desiguales en cada una de ellas:

La desproporción entre los cupos de la mayoría y la minoría, entre ganar y quedar segundo, era mayor cuantos más escaños se elegían en una circunscripción. Por ejemplo, la candidatura vencedora en Barcelona capital obtenía 16 diputados y la siguiente en votos solo 4. En Madrid capital, La Coruña u Oviedo la proporción era de 13 a 4, mientras que en Salamanca la proporción era de 5 a 2, en Cuenca de 4 a 2 y en Soria de 2 a 1. Por tanto, fuera cual fuese la diferencia entre la primera y la segunda candidatura, la victoria en Barcelona capital valía siempre cuatro veces más que en Salamanca, seis veces más que en Cuenca y doce veces más que en Soria. Del mismo modo, triunfar en La Coruña era como hacerlo tres veces en Salamanca, cuatro veces y media en Cuenca y nueve veces en Soria.

La circunscripción provincial, destacan los autores, se introdujo en mayo de 1931, aboliendo los pequeños distritos uninominales, la división electoral básica del país entre 1846 y 1923, a excepción de un corto periodo entre 1865 y 1870.

El Gobierno provisional de la República, presidido por el torvo Niceto Alcalá-Zamora, justificó esa medida alegando que aquellos distritos dejaban «ancho cauce a la coacción caciquil, a la compra de votos y a todas las corruptelas conocidas». Los autores comentan al respecto:

Evidentemente, la cuestión no era que los territorios coaccionaran o compraran votos, pues esto, cuando se producía, lo hacían los individuos. Los republicanos concebían los distritos como una prima para los partidos monárquicos, más extensamente implantados que sus rivales por todo el país, y, más aún, como un mecanismo que permitía la constante derrota de la opinión urbana y de izquierdas por la entonces mayoritaria España rural y conservadora.

Es decir, que todo el llenarse la boca sobre el caciquismo y la corrupción era una forma de preparar un nuevo sistema, en el que el caciquismo y la corrupción favoreciera a los republicanos, en vez de a los monárquicos. Es más, tenían antecedentes de los que desconfiar:

Los dirigentes de la conjunción republicano-socialista quisieron evitar lo sucedido con el primer parlamento de la Tercera República Francesa que, elegido en 1871 por el sistema de distritos, había dado una mayoría de diputados monárquicos. Por otra parte, como la fragmentación de los republicanos y la precariedad de sus organizaciones de partido fuera de las zonas urbanas eran patentes, pensaron que las grandes circunscripciones, el reparto mayoritario y los umbrales de voto estimularían a sus comités provinciales a mantener la coalición que había logrado derribar a la Monarquía.

Luego estuvieron los pucherazos, que son otro tema diferente…

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En cartas a su cuñado Cipriano Rivas Cherif, el verborreico y siempre fascinante Manuel Azaña explicó muy bien cómo se templaba el acero en la República:

“En la Coruña íbamos a sacar cinco o seis (diputados). Pero antes del escrutinio surgió la crisis, y entonces los poseedores de 90.000 votos en blanco se asustaron ante las iras populares, y hemos ganado los trece puestos… ¡Veleidades del sufragio!… Han sacado al otro… para que no saliera Emiliano, a quien metimos preso la misma noche de formarse el gobierno, para salvarle la vida, decían los de allí… hemos sacado… otro en Guipúzcoa… y no tenemos dos, porque los comunistas se llevaron las actas pistola en mano.”(Carta de Azaña a Rivas Cherif (19-3-36), Retrato de un desconocido, Grijalbo, Barcelona 1979, pág. 663-665.)

Y:

“Se anulan (actas de diputado, todas de derechas) Granada, Cuenca… La Ceda se ha retirado del Congreso antes de discutirse la elección de Salamanca… Socialistas y comunistas.” Carta de Azaña a Rivas Cherif (29-3-36), Retrato de un desconocido, Grijalbo, Barcelona 1979, pág. 670-672.

 

  1. Los autores escriben: “Significativamente, la estadística de la Dirección General de Prisiones revelaba que a 15 de febrero de 1936 la población penal, incluyendo a los presos comunes, ascendía a 20.446 individuos en toda España. Si el promedio de presos en los años previos había sido de 12.000, podrían estimarse en unos 8.000 los encarcelados por los sucesos de 1934.”
  2. Este sistema es básicamente equivalente al “first-past-the-post” que se aplica en muchos países de tradición británica, incluyendo no sólo el Reino Unido sino, por ejemplo, Malasia y Singapur; en esta ciudad-estado, por ejemplo, hay múltiples distritos electorales equivalentes a un barrio o medio barrio, algunos de los cuales eligen a varios diputados, y otros a uno solo. El defensor de las “listas abiertas” y el de los distritos donde se elige un solo candidato (lo que sería mi preferencia personal, en un mundo perfecto) como antídotos contra la “partitocracia” ha de tener en cuenta todos estos antecedentes, y el truco obvio que se aplica en tales sistemas: el persistente rediseño de distritos para favorecer a un partido que plaga, por ejemplo, la política estadounidense. Y esa persona también ha de tener en cuenta que estos sistemas dan frecuentemente lugar a pequeñas victorias magnificadas y convertidas en grandes mayorías por los distritos, y favorece la sobrerrepresentación de partidos nacionalistas regionales que es quizá el mayor problema del sistema español, de Escocia y hasta del Borneo malasio.

 

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