Euclides y lo que Europa debe o, no, al Islam de España

(Actualizado el 15 de Junio de 2020)

En su clásico “Lo que Europa debe al Islam de España” (1974), el erudito Juan Vernet pone como ejemplo claro de esta deuda al libro “Los elementos” de Euclides. Es un caso que ilustra muy bien cómo se ha exagerado, muy a menudo, el papel de los sabios del mundo islámico en la transmisión del conocimiento de la Antigüedad.

Vernet explica bien, y con ayuda del gráfico que incluyo abajo, cómo llegó hasta manos de los europeos occidentales de la Edad Media el magistral compendio de Euclides. No es un ejemplo sin importancia; para muchos, “Los elementos” es, sin hipérbole, tal vez el libro de texto más exitoso e influyente jamás escrito: una fuente fundamental del conocimiento antiguo sobre las matemáticas y geometría de la que han bebido los eruditos durante siglos.

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Como se puede ver en el gráfico, “Los elementos” se popularizó en Occidente gracias a la traducción al latín que hizo Adelardo, sobre la base primero de una traducción del griego original al árabe, completada por al-Hayyay bin Mattar (o, para usar la grafía más comunmente aceptada, Al-Hajjaj ibn Matar), luego aderezada con elementos de la versión latina de Boecio. Y alguna vuelta más.

Vernet no explica qué pinta este caso en su libro, sobre el Islam de España: Hajjaj era de Bagdad, y Adelardo inglés. De todos modos, existe, quizás, una conexión española: Adelardo es quizás el primer ejemplo de sabio medieval europeo que viajó tras la senda de ejércitos invasores. Recorrió durante años las “tierras de las Cruzadas”, incluyendo Grecia, Asia, Sicilia, España, Tarso, Antioquía y, probablemente, Palestina.

No está nada claro que Adelardo obtuviera una copia árabe de “Los elementos” en España, pero tampoco es imposible. Lo que sabemos es que Adelardo regresó a Occidente en 1126 con la intención de difundir el conocimiento que había adquirido sobre la astronomía y la geometría árabes en el mundo de habla latina.

Sin embargo, con respecto a la importancia de esta traducción árabe como con otras, se debe enfatizar la precaución: en el siglo IV de nuestra era, Theon of Alejandría produjo una edición de Euclides que fue tan ampliamente utilizada que se convirtió en la única fuente sobreviviente hasta que François Peyrard descubrió en 1808 en El Vaticano un manuscrito no derivado de Theon.

Este manuscrito, el manuscrito de Heiberg, proviene de un taller bizantino de alrededor de 900 y es la base de las ediciones modernas: la obra de Euclides nunca se “perdió” realmente, ni siquiera en Europa; sólo fue desconocida para el público occidental, en general aislado del mundo bizantino, en parte por las invasiones árabes, hasta la traducción de Adelardo.

Los “árabes” conocieron “Los Elementos” gracias a los bizantinos cuyas tierras ocuparon y cuyas bibliotecas tomaron (y frecuentemente quemaron), y fue esta versión bizantina la que fue traducida al árabe por al-Hajjaj.

He escrito “árabes” entre comillas porque el uso pertinaz que hace Vernet del término (1) no se corresponde con la realidad: sobre todo en las primeras generaciones de dominio islámico, los árabes (no persas, no bereberes, no egipcios, no sirios… de cualquier religión) eran muy pocos, hasta que se produjo una gradual aculturación del mundo bajo control islámico, en torno al uso del idioma árabe y las tradiciones de Arabia.

Además, en torno al año 1000, todavía eran mayoría en Oriente Medio los cristianos (de cualquier etnia: incluyendo cristianos árabes, que conducen la liturgia cristiana en árabe hasta nuestros días). No hay indicio alguno sobre la religión de al-Hajjaj, pero conviene tener en cuenta que los eruditos árabes (étnicamente) y musulmanes (de religión) que dominaban el griego en el siglo VIII no eran necesariamente muchos: muy probablemente eran muy, muy pocos.

Aunque el libro se conocía en Bizancio, la traducción vía árabe de Adelardo fue la que popularizó “Los elementos” en Europa occidental. De hecho, esa traducción es aún usada por eruditos modernos, para cotejar con otras incompletas: existen otras copias del texto griego original, algunas de las cuales se pueden encontrar en la Biblioteca del Vaticano y en la Biblioteca Bodleian de Oxford, de calidad variable e invariablemente incompletas.

La versión en Al Hajjaj y Adelardo fue útil durante siglos para ayudar a llenar los vacíos, especialmente para aquellos que no tuvieron acceso a otras copias. Pero en este caso, como en otros, decir que los “árabes” salvaron a Occidente de perder contacto con el saber de sus ancestros es una exageración que no se corresponde con la realidad.

El historiador de la filosofía James Hannam, autor de “God’s Philosophers”, escribió en un ensayo en 2007 que obras escritas equivalentes a unos diez millones de palabras del griego clásico y un millón de palabras del latín clásico, a excepción de las obras cristianas, han llegado hasta nuestros días.

De las primeras, dos millones de palabras corresponden a los escritos sobre medicina sobre Galeno, y una tercera parte está formada por el 75% de las obras de Cicerón que se conservan hasta nuestros días. Mientras que gran parte del griego clásico es técnico y no le interesa al lector general, casi todo el latín clásico conservado tiene valor intrínseco.

En latín, tenemos los nombres de 772 autores clásicos. De éstos, ni una palabra sobrevive de 276 de ellos. Tenemos fragmentos que van desde un aforismo a varias páginas de 352 de los autores. De los 144 restantes, poseemos al menos una de sus obras, pero rara vez todas.

Hannam calculó que aproximadamente la mitad de las obras más populares de la antigüedad (excluyendo a Homero) se conservaron a través de la primera fase de la Edad Media mediante la copia de manuscritos por parte de religiosos cristianos. “La interpretación de los sueños” de Artemidoro (siglo II d.C.), antecesora de las obras de Sigmund Freud, se conserva gracias a dos copias bizantinas, aunque también se tradujo al árabe.

La literatura se perdió de dos maneras principales: o bien no se copió, o la última versión original se perdió, víctima de desastres y guerras. Por ejemplo, el saqueo turco de Constantinopla en 1453 dio lugar a la pérdida de la última copia de la magistral historia de Diodoro Sículo.

Escribí a Hannam, intrigado por el hecho de que no citara en absoluto a los traductores islámicos de España, que son tan comentados en las obras sobre la Reconquista. En un correo electrónico de 2013, me respondió (esto es sólo un extracto):

“No conozco ninguna” literatura “clásica (es decir, escritura artística) que sobreviva solo en árabe. Las obras griegas, la poesía y la historia parecen haber sido de poco interés para los árabes. Sin embargo, algunos de los textos matemáticos más técnicos se han conservado exclusivamente en árabe… Curiosamente, la Óptica de Ptolomeo sobrevive solo en una traducción latina de una traducción árabe perdida del griego perdido. A veces, los hilos son muy finos.”

  1. Casi siempre como sinónimo, del todo erróneo, de “musulmán”. Llama la atención esta muy obvia imprecisión en un erudito tan cuidadoso, pero se repite durante todo el libro, dando una imprecisión equivocada sobre una homogeneidad del “mundo islámico” que jamás ha existido. Otro problema del libro es la persistente exageración los avances de ese “mundo islámico”; en el Capítulo V, escribe: “el origen (de la trigonometría) parece ser puramente árabe”, lo que es una declaración tan basta y desinformada que desenfoca y minusvalora los interesantes comentarios que Vernet hace después sobre la transmisión de la trigonometría en el mundo medieval  y las interesantes contribuciones de sabios “islámicos” a su estudio.

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