España, Franco y los Judíos (2)

(Viene de la primera parte)

En Julio de 2013, Malcolm Gladwell escribió un interesante y engañoso perfil en el New Yorker de Albert Hirschmann, un economista alemán que, junto con el reportero estadounidense Varian Fry, ayudó a más de 2.000 judíos a escapar de la Francia de Vichy.

El largo artículo me resultó chocante por la forma en la que el famoso Gladwell explica cómo aquellos miles de personas, hombres, mujeres, niños, ancianos, llegaron a Estados Unidos: Hirschmann y Fry los escondían en villas en el sur de Francia, y luego llegaban a Lisboa, donde tomaban un barco hasta Estados Unidos. La palabra “España” aparece sólo siete veces en el texto, y la palabra “Franco” una, y todas las apariciones corresponden a la narración de los tiempos en los que Hirschmann luchó como voluntario comunista en la Guerra Civil española.

En el mundo mental de Gladwell, España, los más de mil kilómetros de fronteras, montañas, ríos y valles entre el sur de Francia y Lisboa, no existen. Es fácil comprobar que casi todos los judíos ayudados por la red de Fry y Hirschmann llegaron a Lisboa después de pasar días o semanas cruzando España, donde recibieron asistencia, techo y alimento; pero en el artículo de Gladwell todo esto no existe: lo que hay es un portal virtual que conecta el sur de Francia con el puerto de Lisboa. España está ausente en esta narración sobres judíos que escapan del Holocausto. Es un vacío, un agujero negro.

Es curioso que tal no sea el caso de Suiza, otro frecuente objetivo de los refugiados del nazismo. Por ejemplo, la peripecia de Francoise Frenkel, una judía que logró pasar a Suiza (¡tras tres intentos fallidos!) fue lanzada a la fama hace unos años por el periodista Robert Fisk. Y no hay crítica alguna a las autoridades suizas en la narración de Fisk o los escritos de la propia Frenkel, sólo admiración ante la humanidad del simpático guardia suizo de fronteras que la encuentra en el bosque.

La realidad, en cambio, es que Suiza rechazó a miles de judíos en la frontera (entre 10.000 y 25.000 según las propias autoridades suizas), enviándolos de vuelta a la Europa ocupada, frecuentemente durante el periodo en el que el Holocausto ya estaba en marcha; y colaboró con las autoridades alemanas para marcar los pasaportes de judíos con una “J” que avisara a los aduaneros.

Tales hechos no han impedido que el papel de las autoridades suizas, tan ambiguas, sea alabado calurosamente. Algo similar ocurre con Suecia, frecuentemente alabada por el importante papel de Raoul Wallenberg en el rescate de judíos húngaros, a pesar de su política restrictiva contra los refugiados judíos que huían de los territorios bajo control nazi hasta 1942, el año en que empezó a quedar claro que Adolf Hitler perdería la guerra.

Hay que tener en cuenta que tanto Suecia como Suiza eran naciones neutrales, ricas y completamente aisladas tanto de la Segunda Guerra Mundial como de los conflictos que se extendieron por Europa durante los años 30. España, en cambio, había sido arrasada por una Guerra Civil que dejó casi medio millón de muertos y gran parte del país destruido, con los alimentos racionados hasta los años 1950. Cuando Hitler invadió Polonia en 1939, España ya estaba para el arrastre, y el bloqueo continental que impuso el Reino Unido a partir de la derrota francesa en Junio de 1940 sólo empeoró las cosas.

En estos años, España recibía anualmente un millón de toneladas de trigo importado, y suministros de gasolina al doble o triple del precio de mercado, procedentes de EEUU. Los suministros pasaron a depender de los certificados navicert que concedía el gobierno británico a las flotas mercantes de los países neutrales, para eludir el embargo a Alemania y los países ocupados. La dependencia era total: como cuenta Carlton Hayes, embajador de EEUU, en sus memorias “Wartime Mission in Spain” (1946), en abril de 1943 la aerolínea Iberia se quedó sin gasolina para sus aviones y EEUU sólo aceptó suministrar 320 toneladas al mes a cambio de recibir información sobre los pasajeros en los vuelos a Tánger, un centro internacional de espionaje.

A pesar de estas condiciones extremas, España nunca cerró las fronteras a los refugiados de la guerra, como sí hicieron en ocasiones Suiza y Suecia. En mi entrada anterior a esta serie, he ofrecido los datos sobre el rescate español de judíos que proporciona Haim Avni en su libro “Franco, España y los Judíos”. Sus estimaciones están en línea con el consenso de los investigadores sobre el tema: la Enciclopedia Estadounidense del Holocausto calcula que unas 30.000 personas, en su mayoría judíos, escaparon Francia vía España sólo entre 1939 y 1941, y unas 10.000 más durante el resto de la guerra. También hay estimaciones más altas.

Entre estos refugiados, como Gladwell indicó en el New Yorker, estuvieron Hannah Arendt, Andre Breton, Marc Chagall, Marcel Duchamp, Max Ernst, Alma Mahler y el propio Hirschmann. Nadie parece tener una palabra de agradecimiento para España y sus autoridades; si la han tenido, yo no la he escuchado.

De todos modos, sería exagerado decir que en España se recibió a todo el mundo con brazos abiertos y collares de flores; las tribulaciones, y la cara y cruz de las experiencias de muchos, se pueden ver en esta página de Avni:

cara y cruz.jpg

Luego está el caso del pensador Walter Benjamin, que ha envenenado la historiografía sobre el franquismo. Benjamin se suicidó en Portbou, Gerona, el 26 de septiembre de 1940, aterrado por la posibilidad de ser devuelto a las autoridades de Vichy.

El grupo con el que viajaba fue autorizado a proseguir camino al día siguiente, sin problema alguno, como tantos otros. Avni escribe que, en 1940, el cruce de la frontera era bastante fácil y muchos refugiados sin papeles llegaron sin incidentes hasta Barcelona; los que eran capturados eran internados en prisiones provinciales, bajo la normativa legal habitual para la inmigración ilegal, pero no devueltos a Francia (*).

El caso de Benjamin también está complicado por las frecuentes alegaciones de que Benjamin pudo no haberse suicidado, sino haber sido asesinado por agentes estalinistas que sabían que Benjamin planeaba publicar escritos antisoviéticos desde el exilio.

Esto, con todo, es irrelevante. El 25 de noviembre de 1940, dos meses después de la muerte de Benjamin, el secretario de Estado de EEUU Cordell Hull recibió una petición de ayuda del embajador de la Francia de Vichy,  Gaston Henry-Haye, quien describió la llegada al territorio de la Francia No Ocupada de miles de “Israelitas” que habían sido expulsados desde los territorios alemanes de Wurtemberg and Baden.

El problema era enorme, explicó Henry-Haye, diciendo que la Francia de Vichy tenía tres millones y medio de extranjeros refugiados en su territorio, desde armenios hasta asirios pasando por polacos católicos, y carecía de alimentos para ellos debido al bloqueo británico. Henry-Haye pidió asistencia a Estados Unidos, que tenía relaciones diplomáticas con Vichy, para que algunos de los refugiados–en particular los judíos alemanes a los que el embajador veía en mayor peligro–pudieran emigrar a América, del norte, del centro o del sur.

El Departamento de Estado tardó varias semanas en responder. Cuando llegó la respuesta, Hull muy amablemente se negó a atender la petición:

“Las leyes de Estados Unidos respecto a la inmigración son bastante explícitas y no permiten mayor liberalización.”

En una carta enviada por un ayudante de Hull al presidente Franklin Delano Roosevelt, el Departamento de Estado explicó el motivo de la negativa: había que rechazar el “chantaje totalitario” que proponía Vichy, que estaba bajo presión alemana para expulsar refugiados de Europa continental (**):

“Si cediéramos a esta presión, los alemanes le echarían encima a los franceses a los judíos restantes de Alemania y los territorios ocupados, en la expectativa de que los franceses a su vez persuadirían a este país y otros de América para recibirlos “.

Esta era la actitud del gobierno de Washington en la víspera del Holocausto (nada especial: había sido durante años la de muchos otros países “civilizados”, como Holanda), lo que representa también una respuesta a aquéllos que piensen que la actitud española con los refugiados judíos era una forma de buscar congraciarse con Estados Unidos: en este periodo, Washington no quería estos gestos (en la fase final de la guerra, sí empezaron a apreciarlos).

Mientras tal intercambio de correspondencia ocurría al otro lado del Atlántico, aún en paz, la hambrienta España recibía refugiados por decenas de miles. Y el que está sin arbolito en Yad Vashem es Franco, cuando su subordinados Sanz Briz, Romero Radigales y Perlasca son Justos entre las Naciones. En la siguiente entrada examinaré más de cerca el papel exacto del gobierno español, y algún otro gobierno fascista de la época, en este asunto.

(Continúa aquí)

(*El artículo de Wikipedia en inglés sobre Benjamin y las circunstancias de su muerte está tan lleno de mentiras y manipulaciones–escribe que quizá los compañeros de Benjamin fueron autorizados a seguir camino porque la policía española, que venía de una guerra de tres años, se asustó por el suicidio de un civil, lo que es propio de una mente infantil, un insulto a todos los españoles y una muestra de desconocimiento total de las circunstancias históricas y legales–que merecería la pena un análisis separado sobre la construcción de propaganda)

(**Este, y otros episodios similares, son relatados en el excelente libro sobre los comienzos de la II Guerra Mundial “Human Smoke”, de Nicholson Baker)

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5 Responses to España, Franco y los Judíos (2)

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  4. larryzb says:

    Your translation widget is not working for English readers.

    Like

    • David Roman says:

      True, man, sorry, I just noticed. Not sure how to make it work for English, since that’s the primary language for the website. I suggest copy and paste to Google Translate while I figure it out. Thanks for letting me know.

      Liked by 1 person

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