Perros

La primera vez que vi un animal de diseño yo tenía cuarenta y tantos años: era una escultura, una pieza de arte anodina en el medio de una mesa, cerca de la tribuna donde un esforzado orador elogiaba aplicaciones que revolucionarían el sector de trabajo a tiempo parcial; o eso creía yo: de repente, lo que parecía un lazo retorcido en forma de serpiente, sobre un pequeño pedestal, empezó a moverse.

La mitad de la gente que estaba junto a la mesa se puso de pie: los otros no supieron cómo reaccionar. El orador se detuvo en mitad de la oración. Siendo aquello una conferencia de tecnología, algunos de los que estaban alrededor comenzaron a aplaudir, y todo se aclaró: un representante de la compañía que había fabricado aquel animal de diseño, cuyo nombre no importa, subió al podio para explicar grandilocuentemente que estábamos en el borde de una gigantesca revolución en robótica.

Aquel encuentro con la nueva tecnología fue atípico. Durante los años siguientes, “el mercado” dictó que los animales que tenían modificaciones externas para no parecer animales, como la serpiente disfrazada de escultura, serían un espectáculo poco frecuente. Los compradores mostraron una fuerte preferencia por “animálicos”, como se les empezó a llamar en español, que parecieran lo más naturales posibles, hasta el punto de que los más exitosos pronto fueron los animales auténticos con cerebros cibernéticos implantados. Cuando compré a mi gato Miguel, el 95% de los animálicos que se vendían eran así.

Miguel era muy caro, porque era un producto de gama alta en un momento en que tal producto todavía era una novedad muy buscada y aún costosa de fabricar. No lo habría comprado si no fuera por mis circunstancias personales, que no quiero detallar aquí. Baste decir que me sucedieron cosas horribles a mí y a mi familia, y que necesitaba compañía.

Nunca había tenido una mascota, y me fascinó la experiencia desde el primer día. Miguel no tardó en dominar a mi menos sofisticado asistente informático Roberto, que no tenía ni mucho ingenio ni ninguna presencia corporal. De hecho, podría decirse que había encargado a Miguel para ser lo opuesto de Roberto, quien era culto, vocazas y cursi porque eso es lo que había necesitado cuando lo compré.

Miguel era reflexivo, callado, con aire melancólico. Frecuentemente, como cuando se lamía las patas, parecía un gato normal; comía comida para gatos y necesitaba una caja de gatos. Hablaba a través de un pequeño micrófono implantado en sus cuerdas vocales, pero sobre todo me escuchaba. Tenía sus propios horarios y hábitos: debajo de la parte artificial de su cerebro, seguía estando un cerebro casi natural de gato, con intereses gatunos. A veces no intercambiábamos palabra durante horas, y otras nos pasábamos todo el día discutiendo temas elevados como el problema teleológico del mal, sobre el que Miguel había leído mucho.

Siendo un gato, la salud de Miguel empeoró más o menos pronto en mi vida, cuando tenía diez años. A los catorce, el veterinario me dijo que el fin había llegado: creo que Miguel se alegró cuando lo llevé a una gran tienda en el centro de la ciudad para comprarle otro cuerpo de gato, y conducir una “transferencia”. El precio era ligeramente mayor que el de comprar un nuevo gato animálico, pero me dio igual. Le maravilló ver a monos animálicos, y escuchar a un vendedor explicar cómo se estaban haciendo imprescindibles en la industria automovilística.

Cuando llegó mi turno de tener achaques, me quitaron un tumor y luego sobreviví por poco un disparo en el pecho durante un atraco. Las calles se han ido haciendo peligrosas para la gente como yo, viejos con aspecto medio próspero. En el hospital, Miguel me leyó Guerra y Paz con acento ruso, desplazando las páginas con las patas.

No se puede “transferir” a los humanos, al menos no todavía, y probablemente nunca jamás, así que tras un segundo tumor meditamos si usar mis ahorros restantes en una criogenización de la que, con suerte, me podría despertar en unos siglos o tal vez milenios. En todo caso, habría dinero restante para Miguel, que podría pagarse un refugio para animálicos, una opción entonces popular.

La opinión de Miguel fue que congelarme no tenía sentido: si las tendencias de las últimas décadas continuaban, la tierra no sería un lugar mejor, o más seguro, para vivir en los próximos siglos. Como casi siempre, llevaba razón.

Viajamos, un poco, después de mi segundo tratamiento anticáncer. La mayor parte de la radiactividad causada por la destrucción de Nueva Rusia por parte de la ONU fue limpiada de la atmósfera en cuestión de meses y fuimos a ver los escasos restos de los glaciares en Chile, más espectaculares que nunca debido a la desesperada lucha para sobrevivir del hielo milenario, aferrado como un musgo blanquecino a las montañas dentadas del parque nacional Torres del Paine. Vimos cómo el desierto florecía en Mali y las aguas corrían por lo que había sido Arabia Saudita. No era tan diferente de las mejores experiencias de realidad virtual, pero era real.

La edad y la enfermedad están a punto de ganarme la carrera. No puedo pagar costosos tratamientos de longevidad, aunque sí podré costearle un tercer cuerpo a Miguel antes de que el cáncer me lleve en unos seis meses. La ley ahora me permite dejar mis activos restantes, en un fideicomiso, a Miguel, que se convertirá en persona electrónica legal; sé que está triste, de la forma en que lo permiten sus circuitos y su cerebro de gato. El otro día compartimos un cóctel (todavía me da escalofríos ver a un gato sorber alcohol) y me dijo que le preocupa su posible inmortalidad: los humanos son capaces de muchas burradas, si se les dan milenios y milenios. Yo me río de él y le compadezco su triste situación. No estoy seguro de que entienda que estoy mintiendo, que estoy celoso de su absurdo futuro.

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