Salvando a Agustín de Foxá de un mal admirador

Querría alabar a Cristóbal Villalobos, que firmó en Jotdown una amable semblanza de Agustín de Fóxa, un facha que escribía. Pero no me convence lo de destacar su gran fama como personaje secundario en las novelas de Curzio Malaparte (un escritor estimable, pero desde luego no de primera categoría: inferior a Foxá) ya desde el titular: estamos hablando de uno de los grandes prosistas en español del siglo XX, colega Villalobos, no de un actor cuya cara te suena, al que mata Hannibal Lecter en una película.

De todos modos, el problema fundamental que veo con el artículo de Jotdown es la falta de ejemplos de la grandeza como escritor de Foxá. Si no los pones, ¿cómo va a saber el lector que no leído nada de Foxá, la gran mayoría, si era bueno o malo? Lo que sí hay son chistes y un par de frases medio ingeniosas, aparte de un extracto medio largo de Malaparte. Así que, en función meramente de apoyo a Villalobos, he aquí unos detalles que nos dejó Foxá en su obra maestra, Madrid de Corte a Cheka:

Aquí, por ejemplo (página 66), Foxá describe a los hermanos Miralles. Obsérvese la prosa algo anticuada pero al mismo tiempo directa, con el mínimo relleno:

”Aquellos hermanos (Miralles) eran desterrados del siglo XVIII. Almas de capitanes en un mundo miserable de taxis, tranvías y guardias de seguridad. Pero su tragedia era la de don Quijote. Porque su heroísmo se apostillaba con bromas. Y así cargaban solos, contra toda la universidad enfurecida, al grito de ¡Viva el rey!, y los metían en la dirección, entre rateros y carteristas. Amadís de Gaula, que termina en la comisaría… ‘Debemos ser – decía Carlos – como los viejos caballeros. Un lirio en un vaso de hierro.’”

La compañía es significativa: Don Quijote, Amadís. La imagen es memorable: “un lirio en un vaso de hierro”. No de acero, que habría sido una intromisión intolerable de la modernidad en un mundo que mira hacía atrás. No estoy seguro de que el siglo XVIII fuera el más conveniente para los Miralles, tal vez el XVII habría sido mejor para tales personajes, pero el efecto es convincente.

Y al otro lado, los enemigos: los rojos (página 152):

“Don Gumersindo era uno de esos santos laicos que durante tanto tiempo deslumbraron a los republicanos. Porque los hombres de izquierdas tenían interés en demostrar que no era necesaria la religión para llevar una vida honesta… Don Gumersindo era pulcro, nítido, con una camisa de nieve, cuello duro, venerable; abusaba un poco de su barba blanca. ‘No quiero manchar mis canas con esto’ – solía decir y pedía otro cargo en la administración, generalmente más remunerado… Como la mayoría de los intelectuales de aquel momento, se apasionaba por todo lo que quería destruir. Sus amigos eran anticatólicos y antiimperialistas, pero se pasaban la vida haciendo estudios sobre Garcilaso, Carlos V o los místicos”

Foxá podría haber parado ahí, ya sabemos que el tipo “abusaba un poco de su barba blanca”, pero se ve que a Don Gumersindo lo tiene muy claro en la cabeza y aún quiere arrastrarlo un poco más por el fango:

“Desde hacía años se iba con (Francisco Giner) todos los sábados al Guadarrama. Porque la sierra era republicana. Allí acudían los hombres pulcros a maldecir a la España oficial. Allí extraían sus metáforas para una Patria joven, fresca, limpia y europea, la España del sol y la alegría, en oposición al Madrid clerical y reaccionario. Iban despechugados, con sus camisas blancas, y se llevaban huevos duros (eran sobrios como el pueblo español), así los fotografiaba algún periodista del Heraldo: dando una parte de aquel parco almuerzo a un perro de Giner. Y, mientras tanto, el Estado enemigo les daba cargos, dietas, viajes de estudio a Alemania. Pero ellos, incorruptibles, sentábanse bajo una encina casta para meditar sobre España”.

Eran sobrios como el pueblo español, pero igual aceptaban irse de viaje de estudios con todos los gastos pagados, arguye Foxá.

Ya acabada la guerra, Foxá se fue poniendo cada día más gordo y más amante de la corona: en su diario (28 de marzo 1941, en Roma) relata que comió con Don Juan III y esposa, abuelos del actual rey, y anota con tono monárquico y respetuoso que el rey desprecia a Fernando VII y se ríe cuando Foxá cuenta las anécdotas “de los micos y la de los baños de Salcedón”. A Juan le gusta Carlos III, pero su gran admiración es por Felipe II, apunta Foxá, ya en una onda diferente de la de Falange.

“Nació quizá en una época que le asombraba pero que no le merecía respeto”, escribió Joaquín Calvo Sotelo sobre Foxá en su obituario en ABC, el 4 de Julio de 1959.

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