Cómo Schiller Creó Al Inquisidor Español de El Nombre de la Rosa

(Actualizado el 26.1.2020)

Friedrich Schiller andaba justo de pasta en 1783; sus obras de teatro no eran muy exitosas, así que decidió buscar un tema que tuviera éxito en la muy protestante, y algo pueblerina, corte de Weimar en la que vivía bajo la protección de su patrón, el duque Carlos Augusto. Como escribe María Elvira Roca Barea en su concienzudo libro “Imperiofobia y Leyenda Negra,” Schiller alcanzó el triunfo sólo cuando “halló inspiración preferente y rentable en las tinieblas católicas”, en primer lugar con la idea de escribir su famosa obra Don Carlos:

“Sus problemas económicos acabaron cuando, tras oír un esbozo de Don Carlos, el duque Carlos Augusto le concedió el título de consejero de Weimar.”

He escrito mucho en este blog sobre cómo la propaganda acaba generando literatura con una asombrosa regularidad. El caso de Schiller es similar, pero particularmente curioso: hoy en día nadie se acuerda de Carlos de Austria, el tenebroso y probablemente majareta hijo de Felipe II al que los enemigos del imperio español convirtieron en mártir tras su muerte, proclamando (falsamente) que su padre le había asesinado. Pero Don Carlos fue una figura clave en los comienzos de la Leyenda Negra anti-española, que dio mucho juego en Inglaterra y, sobre todo, en Holanda durante la larga guerra de independencia de este país.

imperiofobia

A finales del siglo XVIII, 200 años después de la muerte de Don Carlos, Schiller sabía que estaba en terreno seguro escribiendo sobre Don Carlos (de hecho, se basó en obras anteriores británicas y francesas). No he leído su obra, ni visto ninguna de sus adaptaciones (entre las que se incluye la famosa ópera de Giuseppe Verdi), pero no tengo duda de que es excelente y de gran mérito: igual que The Crucible de Arthur Miller. De hecho, Roca Barea escribe:

“No se engañe el lector pensando que Don Carlos es un panfleto. También lo es, pero envuelto en un drama teatral magnífico. Por eso su mentira es mucho más creíble y perdurable, y ha contribuido a la creación de un personaje de larga vida literaria: el fanático monje español, generalmente encarnado en la persona de un inquisidor de la orden de Santo Domingo. Schiller amuebla el personaje psíquica y físicamente con tanto acierto que lo hará inmortal.”

En Don Carlos, fray Domingo, el dominico, aparece y desaparece de la trama hasta que empieza a intuirse que alguien le controla. Al final, el rey Felipe II decide entregarle la vida de su hijo, como sacrificio lleno de alusiones demoníacas.

Nada de esto ocurrió en la vida real, por supuesto, pero es importante destacar también (como hace Roca Barea, extensamente) que la imagen de la Inquisición como centenaria convención de psicópatas y tarados católicos es quizá central en la idea de la Leyenda Negra, que se basa en la percepción del Imperio Español como una extensión político-administrativa del catolicismo más infame y destructivo.

Esta Leyenda Negra está muy interiorizada incluso en España y otros países hispanohablantes (no ex colonias: ningún territorio de ultramar de la monarquía española tuvo consideración de colonia), incluso repetida en los programas infantiles (en “Erase una vez el Hombre”, capítulos 14 y 15), así que quien quiera empezar a despejar la mitología y la propaganda de la realidad de la Inquisición puede leer el libro de Roca Barea, o echar un vistazo a la larga entrada en Wikipedia sobre revisionismo histórico respecto a la institución.

Sólo dejaré un dato histórico, extraído de Roca Barea: en Europa en la Edad Moderna fueron quemadas unas 50.000 brujas: la mitad en los territorios alemanes, 4.000 en Suiza, 1.500 en Inglaterra, 4.000 en Francia. En España, las brujas víctimas de la Inquisición fueron 27 en total incluyendo todos los territorios imperiales, según sus exhaustivos archivos históricos.

En un caso similar al de Schiller, el de Dante Aligheri, he hablado de mala propaganda, porque las obras inmortales que creó el poeta italiano tuvieron poco o ningún efecto político, a pesar de que la obsesión de Dante era vengarse de sus enemigos por escrito y publicitar sus (ahora del todo olvidadas) causas políticas. El caso de Arthur Miller es complejo: The Crucible es influyente por su simbolismo político y quizá algo menos por su calidad literaria. Algo parecido ocurre con Thomas Bernhard, que resultó un propagandista excelente, probablemente mucho mejor en esa tarea que en la de escritor, aunque no conozco lo suficiente su obra como para emitir un juicio estético.

Con Schiller, como con Pablo Picasso, no hay mal arte (“Don Carlos” es un clásico universalmente aceptado) ni mala propaganda: como Roca Barea recuerda, el “oscuro inquisidor español” se ha convertido en un arquetipo literario gracias a la influencia de Schiller, desde Fyodor Dostoyevsky hasta la narración española, donde aparece con frecuencia en las obras de Arturo Pérez-Reverte, un escritor poco sospechoso de anti-españolismo.

Aún más famoso es el reciente descendiente de este inquisidor que domina El Nombre de la Rosa de Umberto Eco: el personaje del monje envenenador español (ciego como Fray Domingo en Don Carlos) que odia los chistes, al que debe derrotar William de Baskerville con sus artes y luces ilustradas. Las películas de EEUU, esa ex colonia inglesa, han tenido un papel fundamental en ayudar a los españoles a interiorizar la leyenda negra y hacerla suya.

“Don Carlos” fue estrenada, con gran éxito, en 1787. Al año siguiente, Schiller conoció a un joven escritor alemán, del que el ahora famoso autor de teatro se convertiría en mentor y protector, Johann Wolfgang Goethe. No estamos hablando de don nadies.

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1 Response to Cómo Schiller Creó Al Inquisidor Español de El Nombre de la Rosa

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