En Cataluña, nacionalismo de Fukuyama

Carlos Esteban, El Perroflauta Reaccionario, ofrece un punto de vista interesante sobre Cataluña, sobre todo por lo novedoso.

Su análisis se centra en el hecho constatable de que todos los gobiernos occidentales son, en la práctica, socialdemocracias con pequeñas diferencias prácticas entre ellos: el capitalismo “real” endulzado con proclamas progresistas que frecuentemente denuncia, por ejemplo, Slavoj Zizek.

Esto significa que los nacionalistas catalanes, o de cualquier otro lugar, pueden proponer rupturas revolucionarias o teóricamente dramáticas con la convicción de que al final acabarán manejados por la misma socialdemocracia que el resto, dado el triunfo de la tesis del “final de la historia” de Francis Fukuyama, con la derrota de la alternativa “socialista real”. Esto reduce el margen de error en cualquier aventura política; Cataluña no puede acabar con un gulag dirigido por la CUP:

 

Pero si la brusca aparición del terrorismo yijadista parecía desmentir de golpe -nunca mejor dicho- la tesis de Fukuyama, lo cierto es que el autor daba en la diana en lo que a Occidente se refiere, como parece demostrar la crisis catalana.

Me refiero a que uno de los efectos secundarios del fantástico lío derivado del ‘procés’ es que la elecciones de diciembre van a ser, en la práctica, monotemáticas. Con independencia de que los partidos elaboren sus acostumbrados programas que nadie lee, las autonómicas están ya planteadas como un extraño referéndum sobre la secesión de Cataluña y el modelo autonómico en general.

Pero si ese es el fondo, la forma y los efectos serán los de unas elecciones, es decir, los distintos partidos obtendrán unos escaños, con los que luego negociarán un gobierno. Y este gobierno tendrá que tomar decisiones que nada tienen que ver con el ‘fet diferencial’, es más, que pondrán de relieve lo que Cataluña tiene en común con cualquier sociedad europea: regular la vida común de los ciudadanos en un sinfín de aspectos.

Pero no creo equivocarme si digo que no se va a tratar demasiado, no va a ser centro de debate real, la ideología que se aplique, el modo de gobernar, la dirección política dentro del espectro tradicional.

La cuestión es que no hay mucho espacio para la maniobra política en una hipotética Catalula independiente: nadie se plantea seriamente que pueda convertirse en una república revolucionaria, o en una especie de Singapur ultraliberal.

De hecho, el análisis se puede llevar más allá. Con la diferencia política entre todos los grupos parlamentarios (quizá con la excepción patológica de la CUP) reducida a meros matices sobre cómo dirigir el estado del bienestar, el único diferencial político entre ellos está en la cuestión separatista: si están a favor los presuntos extremo-izquierdistas de ERC y los presuntos demo-cristianos de cómo se llame ahora Convergencia, si están en contra los presuntos socialistas del PSC y los presuntos conservadores del PP.

Aparte de casos patológicos, esa indiferencia es algo menos demencial de lo que parece. Quien desdeña como cuestión menor la forma concreta de gobernar del partido al que vota no lo hace tanto porque le dé igual acabar en una granja colectiva o en un paraíso libertario como porque intuye, a partir de una ya larga experiencia, que cualquier partido va a aplicar una política muy parecida, la vaga socialdemocracia que ha dominado la vida pública en Occidente desde la posguerra mundial.

En el conjunto de España, en estas cuatro décadas de democracia, se han sucedido gobiernos supuestamente socialistas y presuntamente conservadores. Retóricas tribales y electoralistas aparte, ¿han aplicado unos y otros políticas muy dispares? Los socialistas privatizaron el grueso de las empresas públicas, iniciaron la liberalización del mercado laboral y metieron a España en la OTAN. Los conservadores eliminaron el servicio militar obligatorio, aumentaron los impuestos a un nivel récord y, en su fase actual, han conservado amorosamente todas las medidas de ingeniería social de sus supuestos rivales.

Nadie teme hoy del socialismo convencional que nacionalice la banca o que colectivice la producción, ni del liberalismo que desmantele el Estado del Bienestar. Ni siquiera podrían aplicar medidas lo bastante audaces en un sentido o en otro porque la Unión Europea, a la que pertenecemos y de la que tan difícil es salir sin traumas, pone estrictos límites a tales experimentos.

La idea de Esteban de que este globalismo del siglo XXI tan opuesto al nacionalismo está alimentando, de forma paradójica, el nacionalismo catalán está en línea con el análisis que hizo hace dos años Stratfor, la CIA privada de Austin, Texas.

Como escribí entonces:

El problema, Stratfor arguye, es que la propia existencia de la UE alimenta los ánimos separatistas de las élites catalanas y escocesas, al ofrecerlas una alternativa al actual impás separatista. En ambos casos, la pérdida de los imperios antaño dirigidos desde Madrid y Londres dejó a las élites periféricas sin los mayores incentivos que les llevaban a aceptar el liderazgo centralizador: jugosos puestos en los virreinatos coloniales, protección militar que un pequeño estado independiente no podría ofrecer por sí mismo, y acceso a grandes mercados cautivos coloniales.

 

Advertisements

About David Roman

Communicator. I tweet @dromanber.
This entry was posted in Short Stories and tagged , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s