El caso de las traducciones nórdicas de Drácula

El mundo de la traducción es mucho más interesante de lo que uno pensaría, pero este caso es particularmente curioso: resulta que el traductor de la novela Drácula al islandés decidió crear una novela prácticamente nueva en lugar de simplemente traducir lo que ponía.

La explicación de cómo ocurrió todo esto está aquí (en inglés). Valdimar Ásmundsson, editor de un periódico local, aparentemente concurrió con la opinión de numerosos críticos e innumerables lectores, de que el autor de Drácula, un tipo llamado Bram Stoker cuyo principal empleo fue como asistente personal de un prominente actor de la era victoriana, era un mal escritor que se topó con una gran historia.

Lo cierto es que el propio Stoker nunca pareció tener mucha confianza en su capacidad literaria, así que igual habría estado de acuerdo con los cambios de Ásmundsson, que son cuando menos significativos: en la primera parte de la novela, casi duplicó el número de páginas con numerosos detalles explicativos que siguieron bastante fielmente las notas que había hecho Stoker sobre la novela. En la segunda parte, recortó el texto en un 93%, acelerando la acción hasta un punto que parece bastante exagerado, incluso para una novela tan pastosa y llena de lo que en inglés describen elegantemente como purple patches y en español llamamos relleno.

Ásmundsson no respeta ni el nombre del héroe, que pasa de Jonathan Harker a Thomas Harker, en la mejor tradición hollywoodense (y de ciertos editores) de hacer cambios porque sí, porque uno puede y punto. También al estilo californiano, añade todo tipo de personajes incluyendo una limpiadora sordomuda y dos policías que persiguen al vampiro, y condensa otros en uno solo. Como guinda, Ásmundsson decide que a la novela le faltaba un explícito toque nietzcheano (era la época, hay que entenderlo) y le pone uno: Drácula abiertamente explica que su plan es hacer que el mundo se incline ante la voluntad de poder.

Creo que hay buenas moralejas en este tema: que hay muchos que prefieren editar el trabajo ajeno a hacer el propio es obvio (aunque esto a veces es puramente por admiración: yo empecé a hacer mi propia versión de Ultimas Tardes con Teresa hace años, no porque odiara el original de Juan Marsé, sino porque me parecía que sería aún mejor con un buen podado); que hay escritores que no saben escribir muy bien pero, visitados por las musas, han creado obras de repercusión mundial es otro. Quizá podrían nombrarse otros ejemplos como Frankenstein.

También podría alegarse lo contrario: que en toda la obra de Joyce hay mucha escritura de calidad pero sólo una historia interesante, la de Los Muertos. En 100 años, no me extrañaría mucho si Joyce fuera un autor casi olvidado, consignado a los estudios de literatura comparada, pero me parecería chocante que Drácula no fuera un personaje y una historia del dominio público, como lo es ahora.

Hay que tener en cuenta que el caso de Ásmundsson no es único: desde que se publicó una traducción al inglés del Drácula de Ásmundsson en febrero del año pasado, un editor sueco ha descubierto que el primer traductor al sueco de la novela original cometió libertades similares en 1899, un año antes de la versión islandesa.

 

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