Homenaje a Cataluña

Es el único buen libro escrito en un idioma extranjero sobre la Guerra Civil española. “Por Quién Doblan las Campanas” es una típica fantasía Hemingwayana con macizas exóticas y aventureros de bragueta fácil, que relata la única operación de guerra de guerrillas de todo el conflicto: la que ocurrió en la mente de Ernest. Sobre otras obras sería mejor correr un tupido velo.

Pongamos el caso de “Les Grands Cimitieres sous la Lune” (1938), del escritor francés Georges Bernanos, que describe la represión nacional en Mallorca en 1936, sin apenas referencias al desembarco republicano de agosto de ese mismo año, una patética operación militar en la que el gobierno de la Generalitat buscaba la construcción de los Paisos Catalans en plena guerra.

Hay progresistas que admiran a Bernanos, cuyo hijo era teniente de Falange, porque critica duramente a Franco; pero Bernanos era del curioso tipo de francés fascista de entreguerras, con rarezas típicas de su especie: en la página 126 del libro (editorial Plon) expresa admiración por Adolf Hitler, diciendo que él no hubiera tolerado miles de muertos en Mallorca (Salas Larrazábal, en su clásica obra sobre represión en guerra, estima en 700 los ejecutados en Mallorca, 2 por cada 1.000 habitantes, frente a 16.000 en Madrid, 12 por 1.000 habitantes). Bernanos también explicita su desprecio por la sangre española de numerosos reyes franceses, pero era un faltón sin prejuicios, que tenía para todo el mundo: ya entrada la Guerra Civil, comentó (aparentemente de forma irónica) que “Hitler a deshonoré l’antisemitisme.”

George Orwell le daba más vueltas a las cosas que Bernanos, y se enteró de bastante más de lo que pasaba a su alrededor. Llegó voluntario a España, se metió en una milicia trotskista (del POUM), y enseguida le tomó la temperatura al ambiente. Escribe al comienzo, en las páginas 50 y 51, de “Homenaje a Cataluña” (la traducción es mía):

“Lo que había ocurrido en España no fue, de hecho, una mera guerra civil, sino el comienzo de una revolución. La prensa antifascista fuera de España se encargó de ocultar este hecho. El conflicto se ha reducido a «fascismo contra democracia» y el aspecto revolucionario se ha ocultado lo más posible: en Inglaterra (…) sólo se han tenido en cuenta dos versiones de la guerra española: la versión derechista de los cristianos patriotas contra los bolcheviques hambrientos de sangre, y la versión izquierdista de republicanos caballerosos que sofocan una revuelta militar. El conflicto central ha sido exitosamente encubierto (…) Fuera de España, pocos comprendieron que había una revolución en marcha; en España, nadie lo dudaba”.

 

A Orwell no resultaba fácil engañarle mediante el modo preferido de confusión propagandística: la prensa.

“En cuanto a lo que decían los periódicos de que se trata de una ‘guerra por la democracia’, esto era un simple lavado de cara. Nadie en su sano juicio suponía que hubiera esperanza ninguna de tener una democracia, tal como la entendemos en Inglaterra o Francia, en un país tan dividido y agotado como lo sería España cuando se acabara la guerra. Tendría que ser una dictadura, y estaba claro que había pasado la oportunidad de una dictadura de la clase obrera”.

Como Bernanos, Orwell tenía una fuerte antipatía a Franco, combinada con una visión, en nada equivocada, de que era un personaje de otro tiempo tratando de dar marcha atrás al reloj de la historia. Como la revista National Review en tiempos de William Buckley, Franco “estaba subido en mitad de la historia, gritando ‘Detente’, en una época en la que nadie estaba inclinado a hacerlo, o a tener paciencia con los que lo pedían’:

 

“El Frente Popular podría ser una estafa, pero Franco era un anacronismo. Sólo los millonarios o los románticos querían que ganara”.

De vuelta a Inglaterra, después de haber casi muerto de un tiro, de haber visto lo peor de una guerra conducida con extrema torpeza e hipocresía por las autoridades republicanas de Cataluña y, en particular, una Generalitat que no fue capaz de perforar un frente aragonés defendido por puñados inconexos de falangistas y carlistas, Orwell entiende que el concepto de guerra que acabará con todas las guerras (tan repetido desde la Revolución Francesa) es siempre erróneo:

“Era como un cuadro alegórico de la guerra; el tren repleto de nuevos reclutas marchando sobre la vía, los mutilados bajando despacio, y mientras los cañones sobre camiones abiertos agitando el corazón como siempre lo hacen las armas, y reviviendo ese sentimiento pernicioso, tan difícil de quitarse de encima, de que la guerra es gloriosa a pesar de todo”.

 

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