Los poetas también son malos propagandistas

Percy Bysshe Shelley tuvo, como sus legendarios contemporáneos Byron y Hegel, la ventaja inmejorable de morir joven (*) y dejar un cadáver razonablemente bonito detrás (**). Por suerte, tenía dinero para vivir sin trabajar, porque su desordenada vida amorosa no le dejaba tiempo para mucho. Pudo escribir varios poemas de alta consideración, y “En defensa de la poesía”, un rimbombante ensayo en el que describe su pena eterna por no haber podido dedicarse a las relaciones públicas o, en su defecto, haber escrito para el Pravda en los años 1930 (era el tipo de inglés de clase alta que habría sido feliz siendo infeliz en un gélido apartamento moscovita, al estilo Kim Philby).

La traducción del párrafo clave del ensayo es mía:

“A pesar de la envidia de baja estofa que minusvaloraría el mérito contemporáneo, la nuestra será una era memorable en logros intelectuales, y vivimos entre tales filósofos y poetas que superan más allá de cualquier comparación a cualquiera que haya aparecido desde la última lucha nacional por la libertad civil y religiosa. El más infalible heraldo, compañero y seguidor del despertar de un gran pueblo que lleva a un cambio beneficioso de opinión o institución, es la poesía (***). En tales períodos hay una acumulación del poder de comunicación y recepción de concepciones intensas y apasionadas respeto al hombre y la naturaleza. La persona en quien reside este poder puede, a menudo, con respecto a muchas porciones de su naturaleza, tener poca correspondencia aparente con ese espíritu del bien del que son los ministros (****). Pero aun cuando niegan y abjuran, están obligados a servir, ese poder que está sentado en el trono de su propia alma. Es imposible leer las composiciones de los escritores más célebres de la actualidad sin verse sorprendido por la eléctrica vida que arde en sus palabras. Miden la circunferencia y sondean las profundidades de la naturaleza humana con un espíritu comprensivo y penetrante, y quizá sean los más atónitos ante sus manifestaciones; porque es menos su espíritu que el espíritu de la época. Los poetas son los hierofantes de una inspiración desbocada; los espejos de las sombras gigantescas que el futuro proyecta sobre el presente; las palabras que expresan lo que no entienden; las trompetas que cantan a la batalla, y no sienten lo que inspiran; la influencia que no es conmovida, sino que se mueve. Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo.”

(*Relativemente joven en el caso de Hegel, que llegó a los 51 años, lo que para un filósofo no es gran cosa, y le dejó sin tiempo para escribir sus propias interpretaciones de muchas de sus ideas; Shelley murió a los 30, y Byron a los 34, lo que para un poeta puede ser viejo.)

(**Gran parte del cadáver se lo comieron los peces ya que Shelley se ahogó en el mar.)

(***Esta última coma es del todo innecesaria, opino, pero está en el original; hay otras de este estilo más adelante.)

(****”Del que es ministro” sería mejor, ya que se refiere a la “persona” anteriormente citada, pero en el original es en plural.)

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