El declive de las películas del oeste

Una de las mayores dificultades que tiene el autor de novelas históricas es reflejar el mundo mental del pasado. Los edificios, las cronologías, las costumbres, son fáciles. Las mentalidades son extremadamente difíciles.

He escrito sobre la Alemania de los años 1930, humillada y buscando venganza; esta Alemania, tan distante de la actual, fue uno de los últimos países del mundo en abolir los duelos de honor, permitiéndolos durante años para que los oficiales de las SS dirimieran sus cuitas. El duelo es un buen ejemplo, porque es prácticamente incomprensible para alguien del siglo XXI, y aún así era absolutamente natural, casi obligatorio, para muchos del siglo XVIII.

En Sword of Honour, su novela-memorias de la Segunda Guerra Mundial, Evelyn Waugh narra una escena en la que el protegonista/héroe derrotado Guy Crouchback conversa con Ivor Claire, un oficial al que admira, sobre la cuestión del duelo, por entonces completamente prohibido en el ejército británico. Los dos se ríen cuando surge la posibilidad de que alguien les rete a duelo, porque sería de risa. Y continúan con la misma lógica: si el honor y las cuitas de honor son una reliquia medieval, irrelevante en un mundo democrático, ¿será perfectamente honorable dejar tirados a sus soldados cuando el Reino Unido sea completamente democrático? ¿No es el deber del oficial para con sus tropas, su sacrificio, en el fondo, su honor? Claire piensa que no está claro qué deberían hacer si surge el momento en que tuvieran que elegir entre su propio pellejo, o el de los soldados:

“Creo que nuestro problema es que estamos en esa fase de indecisión: como si fueras un hombre al que le han desafiado en duelo hace cien años”

El mundo de los aristócratas preocupados por el honor, y el de los que no estaban seguros de si deberían estar preocupados, el de la fase de indecisión, están perdidos para siempre. Hoy en día nadie espera que un oficial se sacrifique por honor por sus soldados, sino por deber legal; y si no lo hace, nadie objetará que no lo hizo por honor, sino que su objeción será de base legal. Nadie le acusará de deshonra. Es difícil recuperar esa mentalidad, en la que la ley es tu última preocupación y la honra la primera, y transmitírsela a un lector del siglo XXI.

Lo mismo ocurre con las películas del oeste. Este mundo, en gran medida ficticio, existió en la fase terminal de la honra y del duelo. Las audiencias de principios del siglo XX lo entendían perfectamente, las de mediados tenían un recuerdo de cómo había sido aquel mundo, de sus padres y sus tíos. Las de finales del siglo XX estaban perdidas, y a las del siglo XXI las engañan con películas del oeste adaptadas a su propia mentalidad: un pastiche de un pastiche de un pastiche.

No es de extrañar que apenas se hagan películas del oeste ya. El engaño es demasido chocante, la impresión de anacronismo excesiva. Aquí, Molly Brigid Flynn ofrece el ejemplo de los Siete Magníficos, un clásico del género en su versión original dirigida por Preston Sturges, y lo compara con el refrito que hicieron de la película en 2016 (la traducción es mía):

En el original, un pueblo mexicano acosado por bandidos no puede contar con que le protejan los rurales (la policía montada)… Siete solitarios son contratados para dirigir la defensa contea Calvera (Elli Wallach) y su banda. La película exhibe la superioridad de una aldea industriosa y tranquila respecto a los pueblos del Viejo Oeste. Pero, una vez asentados los granjeros, la vida comunal requiere que que se les defienda mediante el uso de individuos fuertes, agresivos, de un temperamento que les lleva a distintos derroteros.

Flynn cita un momento en el que un vendedor de corsés objeta a que los locales se nieguen a enterrar a un indio en el mismo cementerio que los demás, y explica que para él todos los hombres son lo mismo: futuros clientes. Flynn comenta: “las complejas ventajas del capitalismo, en una sola frase”.

En la versión de 1960, los matones contratados para proteger la aldea acaban apreciando sus encantos; al menos algunos de ellos. En la de 2016, todo el esfuerzo está en asegurarse que los siete protagonistas son diversos, en la moderna concepción de que la única diversidad que importa es la racial: un negro, un indio, un mexicano, un asiático y tres blancos que mueren durante el metraje. Como comenta Anthony Lane en el New Yorker, el énfasis está en que los mexicanos de la aldea no pueden ser defendidos por blancos anglosajones, con sus connotaciones neocoloniales; pero esa lectura de la versión original es en extremo simplista y errónea, y no solamente porque dos de los siete magníficos originales eran latinos, explica Flynn:

“En la versión de Sturges, el problema no es que los mexicanos no pudieran ser tipos duros. El problema es que la gente equivocada era dura. Los westerns frecuentemente enfatizan este hecho (que es cierto entre todas las etnias y una dificultad para todas las civilizaciones) de que la buena gente generalmente es peor en la lucha cuerpo a cuerpo. Aún peor, lo que Lane y el director (de la nueva versión) no comprenden es que la película de 1960 establece la superioridad de una aldea mexicana sobre un pueblo americano. En lugar de respeto por la sabiduría de la edad y en otro guiño a la identidad demográfica, la nueva película nos da, sustituyendo al anciano patriarca de la aldea, una mujer de veintitantos años que contrata a los luchadores… y demuestra, curiosamente para ser los años 1870 en el oeste, ser la única competente con una pistola. Incluso las que somos mujeres, como yo, que hemos crecido felizmente entre las tan americanas celebraciones de las chicas duras, vemos que este tipo de peloteo es puro relleno.”

 

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