El Chantaje de Thomas Bernhard

Cuando era cinéfilo, allá en los 1990, frecuentemente aguantaba sentado, impertérrito, a ver todos los créditos después de haber acabado una película. Había leído que eso era lo que hacían los cinéfilos. Si los créditos suman unos cinco minutos por película, pongamos que un mes de mi vida se desperdició así en total; por lo menos, una semana.

Mi error era no entender que la comunicación no es sólo el mero acto de transmisión de información. La demostración de rango y la transmisión de consignas o mensajes políticos (“propaganda“) es igualmente parte de la comunicación. Yo pensaba que los créditos eran información adicional sobre una película, con lo que al prescindir de ellos suprimía voluntariamente parte del contenido. En realidad, los créditos son un mensaje cifrado, aunque no particularmente sofisticado, para profesionales de la cinematografía: los créditos les informan sobre quién trabajó en la película, y permiten que uno reciba crédito por su contribución. Los créditos no son un mensaje para el consumidor.

Algo parecido ocurre con la obra de Thomas Bernhard. Uno puede leer sus escritos y entenderlos, o no entenderlos; disfrutarlos, o no disfrutarlos. Pero todo ello es secundario (no digo que no haya cinéfilo alguno que realmente disfrute los créditos) porque sus escritos no están diseñados para lectores, sino que son una parte del brillante chantaje que Bernhard mantuvo durante su carrera, para asegurarse fama, fortuna y, después, en la opinión de muchos, incluso gloria. Creer que Bernhard escribió al servicio de la literatura, el arte o cualquier otro concepto elevado es como creer que Julio César escribió los Comentario de las Guerras de las Galias para ayudar a estudiar latín a los futuros estudiantes de secundaria.

Bernhard es frecuentemente descrito como un “enfant terrible”. Pero la definición de la Wikipedia en español no hace justicia al modus operandi del auténtico enfant terrible: no es sólo el niño que dice cosas embarazosas a los mayores; es el niño que lo hace porque saben que son embarazosas o carecen de sentido, y que espera sacar algo de ello. Esta es la conversación que Bernhard mantuvo con el resto del mundillo literario austriaco desde que publicó su primera novela, Helada, en 1963, hasta que murió en 1989:

BERNHARD: ¡Sois todos unos nazis! Creéis que nadie se da cuenta, pero yo sí. Sois todos nazis, ¡asquerosos!

MUNDILLO: Toma un premio y cállate la boca, guapo.

BERNHARD: Me quedo el premio, pero no creáis que no esto me vais a hacer callar. ¡Porque sois supernazis y esto hay que seguir denunciándolo!

En Austria, Bernhard era definido como Nestbeschmutzer, el tipo que mancha su propio nido. Era un nido muy bonito y paradisíaco, donde el reciente pasado nazi estaba apenas tapado con una sábana, para que se pudiera echar mano de él si hiciera falta. A Bernhard, sin ir más lejos, le encantaba Austria, y el tipo vivió muy feliz toda su vida en su país nativo, denigrándolo sin tregua, y acumulando medallas y dinerito.

En una reciente reseña de la última biografía de Bernhard, de Manfred Mittermayer (Times Literary Supplement, 9.3.16) Ritchie Robertson destaca un detalle que cita el propio Bernhard en su libro póstumo Meine Preise (Mis Premios), en el que, con toda inocencia, describe las distintas ceremonia de entregas de premio en las que montó el pollo; recibió al menos quince premios en vida, sin contar los que eventualmente empezó a rechazar, así que tuvo la oportunidad de practicar mucho.

En 1967, al poco de hacerse conocido, a Bernhard le dan el Premio del Estado Austriaco. Se presenta el ministro de Educación, Theodor Piffl-Percevic, que mosquea a Bernhard al describirle como extranjero nacido en Holanda (lo que técnicamente era cierto). En su discurso de aceptación, Bernhard declamó: “Todo es ridículo cuando uno piensa en la muerte”, digno lema de artista adolescente, y se lanzó a describir Austria como un país falso con una población inerte y descerebrada.

En Meine Preise, Bernhard escribe que el ministro se le echó encima para soltarle una, pero luego cambió de idea y salió de la sala dando un portazo tan fuerte que las ventanas temblaron. Mittermayer, muy germánico, compara diversas descripciones del acto de otros testigos y concluye que Bernhard se inventó la parte final, y que el ministro no se subió a la parra. Obvio: ¿por qué querría el ministro quedar como filonazi en la posguerra austriaca? ¿Para qué llamar la atención al espacio vacío en su biografía entre 1938 y 1945?

En Helada, los monólogos del excéntrico pintor protagonista nos indican que Bernhard encuentra a sus vecinos austriacos enfermizos, depravados, violentos, aficionados al incesto y la devastación ecológica. Para documentarse, Bernhard se compró una casa señorial a la que invitaba con frecuencia a sus amigos aristócratas; cuando el estado austriaco cometió el imperdonable crimen de no hacerle director del Burgtheater, y en su lugar le pidió que escribiera una obra para marcar el 50 aniversario del Anschluss, Bernhard incluyó en la obra el iluminador detalle, sin duda no relacionado con lo anterior, de que el “Burgtheater está lleno de nazis” que acaban la obra coreando himnos nazis. Su famosa novela tardía de 1986, Extinción, es sobre el hijo de unos simpatizantes nazis que visita la casa de sus padres para deshacerse de ella.

En 1972, Bernhard escribió lo que creo que es su obra cumbre, una dosis perfecta de antinazismo limpiamanchas morales marca Bernhard: el guión de Der Italianer, una película dirigida por su amigo Ferry Radax. La película va de un hombre que es encontrado muerto, por asesinato o suicidio, en su propia casa. Su hermana organiza un entierro; acuden familiares y conocidos. Durante la ceremonia, se escapa el hijo de un invitado italiano al jardín. Su camino conduce a un bosque en un césped con una fosa común de soldados polacos que han sido asesinados durante la guerra.

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