Azaña, voz de la razón en busca de extremistas

Los Diarios de Manuel Azaña son excelentes, y no acabo de entender por qué es imposible encontrar una edición completa en formato electrónico que permita hojearlos con tranquilidad. El contenido es apasionante, la época decisiva, y el personaje de gran altura. Por haber, hay hasta chascarrillos sobre la verborrea de Ortega y Gasset, quien el 4 de septiembre de 1931, en Cortes, explicó a los demás prohombres que “el hocico del tiempo se mete entre mis tobillos”, entre otras metáforas de interés.

Otros momentos brillantes de ese mismo año incluyen la entrada del 2 de Julio, en la que Azaña refiere una conferencia en el Ateneo, “de las de mírame y no me oigas.” El 26 julio 1931, un domingo, narra el día que pasa en su querido El Escorial con su mujer, y la contemplación del monasterio desde las alturas de La Herrería: “temo que la revolución cometa aquí algún vandalismo inconsciente; que me degraden El Escorial con miras culturales, o sanitarias, o… turísticas.” El 5 de agosto, se reúne con un militar portugués llamado Cortecao, que junto a sus “amigos” está preparando una insurrección revolucionario-republicana, armada en parte por el gobierno español, en Portugal. Cortecao le come la oreja con vagas promesas de una futura unión política hispano-portuguesa. El 17 de agosto, refiere la muerte de un toro a pedradas durante las fiestas de Cebrero. El 18 de agosto, recuerda como en 1925 estuvo en un punto anímico bajo y “entré en unos devaneos que al punto no fueron entendidos”, lo que suena a confesión de que se iba a suicidar o sabe Dios.

El 22 de agosto, Azaña narra una discusión en el consejo de ministros sobre la pobreza de Valle-Inclán, que había perdido recientemente un sueldo de 3.000 pesetas mensuales:

“Ha pensado irse a América… He dado cuenta del caso, y he opinado que no podía consentirse que Valle se fuese a mendigar por América, con el decoroso pretexto de irse a dar conferencias… Convencidos todos de que, por su carácter, es peligroso darle un cargo de responsabilidad, he propuesto que se invente uno: el de Conservador General del Patrimonio Artístico en España, con 25.000 pesetas de gratificación.”

En días subsiguientes, se acuerda con Valle que el puesto será de director de un museo de la República que sería localizado en el Palacio Real; esto, después de que Azaña se queje de una entrevista de dos horas con Valle en el ministerio de la Guerra.

El 1 de septiembre, después de varias breves referencias a un grupo de aviadores portugueses que han intentado un golpe de estado con bombardeo de Lisboa incluido, Azaña se queja de comentarios en el Ateneo de que los aviadores (que se refugiaron en España, de donde habían salido) están presos; “esto es tan falso que, lejos de prenderlos, el ministerio de la Guerra les paga los gastos de estancia.” Esto, junto con las confidencias sobre Cortecao, quizás ayude a entender por qué Portugal fue un aliado entusiasta del alzamiento franquista cinco años después.

Azaña tiene también momentos truculentos. Justo antes de la proclamación de la Segunda República española, escribe esto:

“Sería erróneo suponer que, en el régimen constitucional de España, sólo han fracasado ciertos hombres, ciertos partidos y organizaciones. Han fracasado también, y sobre todo, ciertos métodos (…) Por eso no bastará quitar unas personas para que entren otras; habrá que restaurar en su pureza las doctrinas y acorazarse contra la transigencia. La intransigencia será el síntoma de la honradez”

Esta, y otras declaraciones por el estilo, me hacen pensar que Azaña en el fondo era ese personaje típico de la ante- y pos-Gran Guerra: el intelectual que soñaba con ser un hombre de acción. Su preferencia era ser la voz de la razón y moderación, pero dentro de un grupo de extremistas con un programa radical. Nunca se habría sentido a gusto teniendo que propugnar el extremismo y el radicalismo en persona, lo que habría dejado en evidencia, incluso en ridículo, al ratón de biblioteca con gafas y sobrepeso: siempre sería mejor dejar tales bajezas en manos de otros más brutales y primitivos, a los que él pondría unos ciertos límites, que no llevasen el barbarismo demasiado lejos de la civilización, ni quedaran demasiado lejos de un auténtico poder revolucionario.

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