No hay que leer a Cortázar

En algún momento de comienzos de los 1990, por alguna razón probablemente absurda, un periodista de El País tuvo a bien escribir un artículo que tituló “Hay que Leer a Cortázar” (esto puede haber sido en 1994, el décimo aniversario del fallecimiento de Julio). Este imperativo inmediatamente me provocó un rechazo a la obra de Cortázar, que nunca había tocado. Cuando una editorial publicó una edición de ultra-bolsillo de El perseguidor, que se vendía por 100 pesetas, la compré con la peor intención posible: para armarme de razones para nunca más leer a Cortázar, y tener además los argumentos para defender mi postura en cualquier posible discusión. Che, Julio, fíjate, era tan sonso que imaginaba un futuro en el que tendría muchas discusiones sobre literatura.
Luego abrí El Perseguidor, y Cortázar salió ganando, como no podía ser de otra manera, cuando uno empieza un cuento con esta fuerza, este estilo y este dominio del lenguaje:

Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.
—El compañero Bruno es fiel como el mal aliento —ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.

Lo curioso de Cortázar es que generalmente le cuesta entrar en materia. El Perseguidor es, por ello, quizá el cuento ideal de Cortázar para principiantes, quizá el más fácil de penetrar y modelo de muchos escritos posteriores; véase la pieza sobre Billie Holiday que publicó Elizabeth Hardwick en The New York Review of Books en 1976. Borges, por ejemplo, enseguida indica por donde van a ir los tiros, o por dónde quiere que pienses que van ir. Uno sólo puede olvidar el comienzo de El Aleph si uno nunca lo ha leído:

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Por aquellos tiempos se había publicado una excelente edición de los Cuentos Completos de Cortázar, en dos tomos. Recuerdo entrar en la Casa del Libro de Gran Via y medir los dos tomos, en 1995. Yo era estudiante de periodismo, con el paro sobre el 25% en España entonces, así que no tenía un duro y muy pocas perspectivas de jamás tenerlo. No me podía comprar los dos tomos, por mucho que la mujer en la portada se pareciera a una actriz de la serie Roseanne entonces popular. Además, ¿y si Cortázar resultaba ser un petardo como indicaban las alabanzas de aquel periodista de El País, y no confirmaba en absoluto las promesas ofrecidas por El Perseguidor? Me decidí a comprar solo el segundo tomo, y recuerdo perfectamente el día en que me senté en la cafetería de la Facultad de Medicina de la Complutense a leerlo. Sólo me queda preguntarme qué de diferente habría sido mi vida si aquel periodista de El País no me hubiera obligado a leer a Cortázar; o si no hubiera leído antes El Perseguidor que los Cuentos Completos. El primer cuento del segundo tomo era Silvia, y empieza de este modo algo farragoso, mucho más típico de la obra corta de Cortázar:

Vaya a saber cómo hubiera podido acabar algo que ni siquiera tenía principio, que se dio en mitad y cesó sin contorno preciso, esfumándose al borde de otra niebla, en todo caso hay que empezar diciendo que muchos argentinos pasan parte del verano en los valles del Luberon, los veteranos de la zona escuchamos con frecuencia sus voces sonoras que parecen acarrear un espacio más abierto, y junto con los padres vienen los chicos y eso es también Silvia, los canteros pisoteados, almuerzos con bifes en tenedores y mejillas, llantos terribles seguidos de reconciliaciones de marcado corte italiano, lo que llaman vacaciones en familia. A mí me hostigan poco porque me protege una justa fama de mal educado; el filtro se abre apenas para dejar paso a Raúl y a Nora Mayer, y desde luego a sus amigos Javier y Magda, lo que incluye a los chicos y a Silvia, el asado en casa de Raúl hace unos quince días, algo que ni siquiera tuvo principio y sin embargo es sobre todo Silvia, esta ausencia que ahora puebla mi casa de hombre solo, roza mi almohada con su medusa de oro, me obliga a escribir lo que escribo con una absurda esperanza de conjuro, de dulce golem de palabras. De todas maneras hay que incluir también a Jean Borel que enseña la literatura de nuestras tierras en una universidad occitana, a su mujer Liliane y al minúsculo Renaud en quien dos años de vida se amontonan tumultuosos. Cuánta gente para un asadito en el jardín de la casa de Raúl y Nora, bajo un vasto tilo que no parecía servir de sedante a la hora de las pugnas infantiles y las discusiones literarias. Llegué con botellas de vino y un sol que se acostaba en las colinas, Raúl y Nora me habían invitado porque Jean Borel andaba queriendo conocerme y no se animaba solo; en esos días Javier y Magda se alojaban también en la casa, el jardín era un campo de batalla mitad sioux mitad galorromano, guerreros emplumados se batían sin cuartel con voces de soprano y bolas de barro, Graciela y Lolita aliadas contra Álvaro, y en medio del fragor el pobre Renaud tambaleándose con sus bombachas llenas de algodón maternal y una tendencia a pasarse todo el tiempo de un bando a otro, traidor inocente y execrado del que sólo habría de ocuparse Silvia. Sé que amontonó nombres, pero el orden y las genealogías también tardaron en llegar a mí, me acuerdo que bajé del auto con las botellas bajo el brazo y a los pocos metros vi asomar entre los arbustos la vincha de Bisonte Invencible, su mueca desconfiada frente al nuevo Cara Pálida; la batalla por el fuerte y los rehenes se libraba en torno a una pequeña tienda de campaña verde que parecía el cuartel general de Bisonte Invencible. Descuidando culpablemente una ofensiva acaso capital, Graciela dejó caer sus municiones pegajosas y terminó de limpiarse las manos en mi pescuezo; después se sentó imborrablemente en mis piernas y me explicó que Raúl y Nora estaban arriba con los otros grandes y que ya vendrían, detalles sin importancia al lado de la ruda batalla del jardín.

Con Cortázar merece la pena perseverar, pero es triste pensar que, bajo determinadas circunstancias, igual nunca lo habría sabido. A mí Rayuela me da igual. No es una mala novela, pero la cambio por casi cualquiera de los cuentos que Cortázar escribió, incluyendo Silvia.

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2 Responses to No hay que leer a Cortázar

  1. johnnynegro says:

    Sí, incluyendo Silvia.

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