Safran Foer Necesita Mejores Amigos

Como Ortega y Gasset, como Natalia Ginzburg, Jonathan Safran Foer tiene un problema con sus fans. Le dejan el mal lugar y, para los que nunca le hemos leído y no estamos seguros de gastarnos nuestro dinerito en él, dan la impresión de que su obra está sobrevalorada y es de poca calidad (una impresión recurrente cuando uno piensa en los escritores del mayor mercado literario del mundo, Estados Unidos, donde a veces parece que saber andar y mascar chicle al mismo tiempo te convierte en candidato al Premio Nobel).

Un buen ejemplo es la reciente reseña de la última novela de Safran Foer en el Times Literary Supplement, escrita por Claire Lowdon y publicada en una posición bien prominente, como corresponde a los literatos de enjundia. “Here I am”, Lowdon nos explica, está súper bien escrita, oye; el único ejemplo que nos pone, en una reseña que debe aproximarse a las 1.000 palabras (muy larga) es éste (la traducción es mía) de un ataque de ira de una esposa a punto de divorciarse de su patético marido que la engaña virtualmente sin engañarla físicamente, al estilo Anthony Weiner:

“¿Y por cierto, aunque te encontraras en una situación por el estilo, con el auténtico agujero del culo de una auténtica mujer lleno de tu auténtica lefa y suplicando tu lengua? ¿Sabes lo que harías? Te daría tu ridículo tembleque de manos, sudarías tu camiseta, perderías la mini-erección de blandi-blup que habrías tenido suerte de lograr, y probablemente te largarías al baño a ver qué hay en el Huffington Post.”

Hay tanta mala escritura en este párrafo que no sé ni por dónde empezar: la cursiva, ese enemigo de los yanquis que quieren que veas que esto que dicen es de veras importante; el lenguaje soez adolescente culo-pedo-caca del que aún cree que poner guarrerías en la página es vanguardismo, a estas alturas del Siglo XXI; las metáforas facilonas y tópicos culturales (“erección de blandi-blup”, originalmente “Jell-O mold erection”); el Huffington Post.

Cerca del final de la reseña, Lowdon nos cita otros ejemplos de la grandeza de Safran Foer: “tres páginas dedicadas a las técnicas de masturbación de Sam, o los recuerdos inconexos del abuelo de Jacob,” incluyendo esos momentos de iluminación estética en que su abuelo le invitaba a tirar de la piel de su codo, “hasta que parecía una red lo bastante grande para poner una pelota de baloncesto”.

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