Libertad

Llevamos unos días de vacaciones en Pekín, así que voy (con esposa e hijos) al Templo de los Lamas, una de las más famosas atracciones turísticas locales. La tradición en el templo (que fue originalmente construido como residencia aristocrática, y sólo convertido a su función actual en el siglo XVIII, y de nuevo en 1976 a la muerte de Mao Zedong) es pedir favores a los Budas diversos que hay en varios pabellones, rezando y quemando barritas de incienso que luego se colocan en cajitas de metal fuera de los pabellones.

La entrada da a una callejuela siempre llena de autobuses, coches y bicis, que no ha cambiado nada desde la primera vez que vine aquí, en Noviembre de 1998. Que otros hablen de cómo ha evolucionado China; a mí, la impresión que me ha dado Pekín es la misma que tenía a finales del siglo XX: una gigantesca capital en desarrollo, ultracontaminada, con aceras en diverso estado de abandono, conductores que viven en ignorancia del código de tráfico, y un aire general de descontrol. A nadie se le ocurre construir rotondas en los cruces anárquicos, y la gentilización de los hutong antiguos del centro avanza a una velocidad extremadamente moderada. China no está en riesgo de convertirse en Japón, desde luego.

Con todo, hay un cambio significativo: antes, la puerta principal del templo estaba llena de vendedores de palitos de incienso para quemar; ahora, esta venta está prohibida y los palitos vienen gratis con el precio de la entrada.

Y luego está un tipo con un altavoz, a unos metros de la puerta, arengando a las masas que lo ignoran completamente. Se queja contra la superstición religiosa, al estilo de Mao, y advierte a los turistas de que están tirando su dinero al ir a pedirle cosas a los Budas del templo, que no son más que estatuas en metales nobles.
El hombre se esfuerza en explica su concepción materialista del universo; me pregunto si el pobre podría ir a la puerta de un templo de cualquier denominación en cualquier país de occidente, y gritar su desaprobación y sus argumentos con un altavoz: probablemente no tardaría mucho en ofender a alguien sensible, y acabar detenido y advertido por la autoridad.

En Pekín, donde el comunismo todavía sobrevive de formas subterráneas y en los eslóganes oficiales, su voz compite efectivamente con los claxon de los coches, y el ruido de los obras colindantes, al menos hasta que entramos al templo. Dentro del templo ya no se le oye, y todo el mundo se arrodilla a pedirle cosas a los Budas.

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