Cómo Alejandro Magno Transformó el Budismo

El debate sobre la importancia de las personalidades en la historia nunca acabará. Jorge Luis Borges pensaba que era una discusión absurda (la historia de la humanidad está hecha por humanos y no por abstracciones, según razonaba, así que obviamente está marcada por determinadas personalidades). Pero muchos historiadores del Siglo XX hicieron carrera argumentando lo contrario: que la historia de grandes hombres, reyes, científicos, profetas, etc, es una cosa obsoleta, que ignora las profundas corrientes sociales y científicas sobre las que todos nos movemos.

La influencia del marxismo, la teología oficial del mundo académico durante gran parte del siglo XX, es evidente en este punto. Este argumento tiene también sentido: uno puede pensar hasta donde habría llegado Napoleón si, en lugar de convertirse en emperador de Francia, se hubiera quedado en, pongamos, dictador de Córcega. Desde luego, nadie piensa que un ejército corso hubiera acabado tomando Moscú, con todo lo que ello conllevó. Uno podría incluso argumentar, aún con cierta dificultad, que algún otro general habría podido guiar la Grande Armee más allá de Borodino, dado el potencial económico y militar de la Francia revolucionaria.

Ya he hablado con anterioridad en este blog del interesante caso de Maximino Thrax, héroe/villano de excelentes novelas históricas de Harry Sidebottom. El autor presenta un retrato extremadamente creíble de este semi-barbaro de Tracia que, al menos como es descrito en las novelas, lo tenía todo para ser uno de los grandes emperadores romanos: honesto además de honrado (hay una diferencia de diccionario, aunque cada vez menos relevante), valiente y con ideas claras, un toro físicamente que luchaba con frecuencia codo a codo con sus soldados, determinado a conquistar Germania y convertirla en provincia para acabar con la amenaza de las incursiones bárbaras… La conclusión a la que uno llega, leyendo a Sidebottom, es que Maximino, habiendo llegado al poder en el tercer siglo después de Cristo, vivía en la era equivocada. En épocas pretéritas, sus virtudes habrían sido vistas como el perfecto ideal romano; en su propia época de decadencia y contención, la élite de Roma le veía como un peligro público desatado y se lo quitó de encima en cuanto pudo. La historia se trago a Maximino, cuyo impacto en los anales del imperio es, al final, muy menor.

En la ciencia, esta tendencia es incluso más clara: cualquiera que se haya estudiado de cerca el desarrollo de la teoría de la Evolución de Charles Darwin se encuentra en seguida con el nombre de Alfred  Russel Wallace, uno de los muchos científicos que estaban a punto de “descubrir” el darwinismo cuando Darwin logro ponerse el primero y ganarse la inmortalidad (los hay que piensan, con fundamento, que Wallace llego antes y Darwin hizo trampas). Muchos descubrimientos son productos del trabajo acumulado anterior de otros, y estaban ahí listos, prácticamente, para ser hechos.

Los ejemplos negativos son aún más evidentes: el matemático indio Aryabhata (quien tuvo el detalle de nacer en un ano fácil de recordar: 476, en que oficialmente desapareció el Imperio Romano de Occidente) es un ejemplo claro de genio aislado, trabajando con pocos precedentes y carentes de discípulos que promovieran su trabajo y lo convirtieran en parte del acervo cultural. Su existencia y contribuciones fueron casi totalmente olvidadas en la India hasta que el gobierno tuvo la buena idea de poner su nombre al primer satélite artificial lanzado por el país. Otro ejemplo indio: el Arthashastra, un tratado político que viene a ser la primera versión de El Príncipe de Maquiavelo, solo que compuesto unos 1.000 años antes y luego olvidado por todos hasta que fue redescubierto en 1904.

Volviendo a la política, porque de política todo el mundo cree que sabe (como el fútbol), el caso inevitable, y más fácil de citar en estos casos es el de Adolfo Hitler. Su impacto sobre la historia es innegable. Pero hay que tener en cuenta el argumento de Henry Kissinger en su magistral libro Diplomacia: que Hitler fue un aficionado incompetente que aprovechó lo que era una posición estratégica inmejorable de Alemania, rodeada por todos lados por países nuevos pequeños enfrentados entre sí (Polonia, Checoslovaquia, Austria, Hungría) en lugar de imperios. Kissinger sostiene que cualquier otro líder alemán podría haber tenido un impacto similar al de Hitler, y mucho más exitoso y menos sangriento, con haber tenido dos dedos de frente y un mínimo conocimiento de cómo funciona la diplomacia.

Con todo, uno se acuerda de Alejandro Magno; qué remedio, cuando justo al lado de Singapur, en el estado de Johor en Malasia peninsular, el sultán local se llama Iskandar, la versión musulmana del nombre del conquistador fallecido a miles de kilómetros hace 2300 anos. Si el argumento es que cualquiera que hubiera sucedido a su padre Filipo como rey de Macedonia podría haber hecho lo que Alejandro hizo, que cualquier podría haber tenido el impacto que Alejandro tuvo, el argumento no tiene valor ninguno.

Un ejemplo  de muchos sobre el impacto monumental de Alejandro sobre la historia mundial, bastara. Todos hemos visto estatuas de Budas, muy comunes por toda Asia, sonriendo plácidamente. Hay que tener en cuenta que esas estatuas no empezaron a aparecer hasta siglos después de la muerte de Buda. En su libro Silk Road, una historia monumental de la región centroasiática, Peter Frankopan proporciona la explicación de por qué empezaron a hacerse estatuas de Buda: porque las conquistas de Alejandro y el establecimiento consiguiente de líderes helénicos en lo que hoy es Afganistán y Pakistán llevaron a una explosión del culto de Apolo y la profusión de estatuas del dios, que a su vez llevo a los budistas a apuntarse al carro de la estatuaria monumental para frenar la expansión de los cultos griegos. 

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