Luces de colores en Los Incógnitos de Ardohain

Cuando tenía unos diez años, me llevaba y me recogía del colegio el abuelo de unas vecinas. Eramos un grupito de unos 8 ó 10 niños madrileños que íbamos desde la parte menos proletaria de Carabanchel, donde el barrio está pegado al río Manzanares y a la vista del paraíso pequeñoburgués de Arganzuela, hasta el Juan Sebastián Elcano de Usera, una gran fuente de contacto con la clase obrera y minorías étnicas.

Esto era a principios de los 1980, y el abuelo era un hombre convencional de la época. Yo era, hasta cierto punto, un niño convencional de la época, algo creído y bastante leído para mi edad. Recuerdo que un día discutí con el abuelo sobre las luces rojas de frenada de los coches. El me explicó pacientemente que eran rojas para que los conductores que venían detrás supieran que estaban frenando y no se chocaran contra ellos. Yo, por algún motivo que no recuerdo, decidí llevarle la contraria y argumentar que no había ningún motivo en particular para que fueran rojas: podrían igualmente ser verdes, azules, grises… Era una mera curiosidad que los fabricantes de coches las hicieran todas rojas.

Las convenciones son así, materia de gran interés para los niños sabihondos, y de gran importancia civilizatoria para sus mayores. En literatura, ocurre algo parecido: no hay joven escritor que, en algún punto de su carrera, no descubra la vanguardia y sienta un deseo irresistible de unirse a su iconoclástica tradición, en franca oposición a las convenciones. A casi todos se les pasa, y sólo quedan monumentos que frecuentemente prefieren enterrar. La novela Los incógnitos de Carlos Ardohain supongo que es uno de éstos.

Leí la novela hace unos días, después de ver que era casi la única que el famoso blog La Patrulla de Salvación había salvado de la quema generalizada que son sus comentarios del año 2011. Se nota que Ardohain escribe bien, con el gusto y cuidado por el idioma propios de un poeta; es una pena que, a mitad de la novela, se aburra de la trama y los personajes que ha creado y se ponga en modo vanguardista.

El argumento tiene su interés: dos tipos literarios crean una agencia de detectives un poco para pasar el rato y acaban con dos casos, uno sobre un adulterio que se complica, y otro metafísico: de un músico retirado, escondido en su mansión, que quiere que le ayuden a encontrar el sentido de la vida.

Ardohain lleva esto hasta el punto donde tiene que decidir si prefiere intentar ser Patricia Highsmith y llevar la convención argumental hasta un extremo lógico dentro de la suspensión de incredulidad, o Julio Cortázar en sus momentos más iluminados. Intenta ser Julio, y no le sale bien; tampoco habría sido fácil ser Patricia, pero habría sido más honrado.

La suspensión de incredulidad es una convención monumental: el lector confía en que el escritor aceptará sus propias normas y mantendrá a sus personajes dentro de los parámetros que el propio escritor ha establecido. Esto es a lo que Henry James se refería cuando escribió que una novela sólo puede ser exitosa si cumple los objetivos marcados al principio por el escritor, en un marco autorreferencial.

Cuando esto se incumple, la carretera se llena de luces verdes, azules y rosas. A veces, esto da lugar a un bonito panorama colorido, obras maestras, literatura que lleva el lenguaje hasta un punto de ruptura; pero, generalmente, lo que vemos es un accidente.

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