Novela en marcha (1)

El invierno ucraniano está llegando con fuerza. A la entrada de la triste sede de la ONG en una zona residencial en las afueras de Kiev, la nieve de la noche interior está sucia y aplastada. Dos jóvenes salen con Anna y Oleg, soplándose las palmas de las manos. Uno le ofrece un cigarrillo a Oleg, que éste rechaza: su capacidad de no crearse adicción a las cosas es otra de sus virtudes que Oleg encuentra admirable en sí mismo. Puede fumar cuando la ocasión lo requiere, y desde luego la ocasión muy raramente lo requiere cuando Anna está delante. A Oleg le gusta hablar de debilidades, sobre todo cuando se refiere a otras personas, y considera que la adicción a cualquier cosa es una debilidad; este rasgo Anna no lo encuentra particularment admirable, así que coge un cigarrillo y se lleva una mirada significativa de su novio.
“Yuri dice que no testificará bajo su nombre,” dice Oleg, aún en inglés, el idioma del trabajo.
“Creo que al final lo hará, sólo tenemos que darle tiempo,” dice Anna. “Nos guardamos sus datos de contacto, por si acaso. Si al final su caso va junto con otros en un informe, y podemos hablar de varios testigos, no tendremos tanta necesidad de identificarle por nombre.”
“Su caso tiene que ir en el informe,” dice Oleg.
“Haré lo que pueda. Probablemente entre. Pero ya sabes que eso no depende de mí.”
La ONG es ucraniana, pero el dinero que paga las facturas es estadounidense, y también son estadounidenses y en inglés los informes que cuentan para el mundo exterior. Incluso los que cuentas de puertas para adentro en Ucrania. Todo ese dinero e informes pasan a través de otra ONG, la de Anna, basada en Nueva York y de mucho mayor tamaño que el chiringuito de Oleg. La ONG estadounidense lleva décadas promocionando la democracia y los derechosn humanos en Ucrania, con éxito sólo ocasional. Las cosas parecían ir bien al principio de los años 2000, antes de que Anna se incorporara, cuando hubo un presidente pro-americano que acabó con la cara desfigurada por veneno radioactivo ruso; qué tiempos aquéllos. Al final, el pobre acabó atrapado en el lodazal impredecible que es la política ucraniana, y atado de pies y manos por la rubia de las trenzas enrolladas en la cabeza. Yulia Tymoshenko: Oleg y otros en la ONG la odian con una pasión que sólo dejan la mentira y el desencanto, más de lo que odian a los rusos. Yulia se convirtió en especialista en absorber fondos estadounidenses y rusos al mismo tiempo, pero el juego llegó a ser demasiado incluso para una víbora como ella, y acabó timada por el hombre de Putin en Kiev, Yanukovych, quien ahora gobierna Ucrania después de que Rusia le llevara en volandas a una improbable victoria electoral.
Tymoshenko lleva una temporada en la cárcel, y los entre el círculo de conocidos de Oleg que la perdonan casi todos sus pegados aunque sólo sea por esa razón. Tienen esta querencia romántica por los perdedores y los políticos que acaban detrás de los barrotes, siempre esperando que los cargos sean en realidad falsos. Pero Oleg no es así. Puede que sea sentimental, pero no es estúpido, y sabe que Tymoshenko es una manipuladora peligrosa y amoral. Anna ha estado transmitiendo el mismo mensaje a su propia gente, con poco resultado. Para muchos americanos, las trenzas y la prisión la convierten en una figura reconocible en la línea de Nelson Mandela (“el negro en las cárceles del apartheid” y Aung Sun Su-kii (“la asiática fotogénica de Birmania”), así que muchos se convencen de que ella es la única alternativa plausible a Yanukovych.
La modernidad está empezando a ayudar, de todos modos. La modernidad acepta revoluciones sin caras reconocidas ni líderes, al estilo de la primavera árabe, al menos mientras haya jóvenes idealistas que citen con frecuencia la democracia, libertad y justicia en inglés con fuerte acento local, preferentemente si también son guapos como Oleg: revoluciones conducidas vía redes sociales con múltiples móviles apuntando a la policía, vídeos subidos a Youtube, podcasts y barbas hipster.
Ese es el tipo de revolución que lleva en marcha en Kiev desde hace meses. Jóvenes manifestantes que acampan en la céntrica plaza de Maidan, haciendo turnos para mantenerse limpios y alerta, rodeados por policía antidisturbios acorazados hasta las cejas. Ha habido alguna violencia, a veces bastante significativa, y algún muerto, pero para los estándares de Ucrania y Rusia cierto nivel de paz y tranquilidad se mantiene. Anna sólo tiene algo de miedo a ir a Maidan, lo que le viene bien, porque hoy les toca.
“Larga vida a Ucrania,” dice Oleg, medio en broma, en cuanto Anna tira el cigarrillo a la nieve.
“Conduces tú,” Anna responde.
El centro de Kiev no ha sido tan afectado por la protesta como uno podría creer, siguiéndola por televisión como hacen cientos de millones de extranjeros. La mayor parte de la gente sigue su vida normal como si tal cosa. Los estudiantes llevan meses acampados en Maidan, inspirados por el ejemplo de los egipcios que hicieron caer a Mubarak, pidiendo a Yanukovych que tome ejemplo, que haga esto y lo otro para dejar de ser un miserable corrupto vendido a Moscú. Yanukovych, por supuesto, prefirió ignorarles al principio: de qué sirve ganar el precio gordo y convertirse en presidente de Ucrania si uno no puede quedarse bajo control de las múltiples, y concurrentes, redes locales de corrupción.
Durante unos días, cuando las temperaturas empezaron a caer seriamente por debajo de cero, algunos periodistas se dejaron llevar por su adicción a las metáforas previsibles escribieron que hacía demasiado frío para una Primavera Ucraniana, y que la protesta se congelaría al menos durante una temporada. Sin embargo, los estudiantes y los desempleados y los cabreados perseveraron: se pusieron abrigos gruesos y mantas y sacos de dormir, cantaron canciones junto a hogueras alimentadas de leña traída por voluntarios y carbón regalado por mineros hartos del cierre de pozos.
De hecho, las cosas se han empezado a calentar. La policía era un poco pasiva al principio, temiendo “provocaciones”, pero los choques se han hecho frecuentes. Los manifestantes tiran piedras, botellas y ladrillos; los policías disparan bolas de goma, golpean con porras y han usado gas lacrimógeno en ocasiones. Muchos han acabado en el hospital.
Lo primero es lo primero: Anna aparca su nuevo Volkswagen, recientemente adquirido por su ONG, en una calle no muy lejos de Maidan, y todo el grupito se mete directamente en un McDonald’s medio vacío para almorzar. Como todos los ucranianos occidentalizados, Oleg y sus amigos aman la comida occidental.
Anna toma una ensalada, y escucha hablar a Mikhail (bajo, delgado, con ese aire asiático estepario que tienen algunos en la región, siempre pegado a Oleg) sobre la “llamada telefónica”, un sistema de tortura sobre el que supo gracias a otro contacto en los servicios de seguridad de Yanukovych: es más bien simple, una variación del viejo truco del KGB de no dejar dormir a los detenidos. Al preso se le mantiene con sueño, sin dejarle dormir más que una cabezada por aquí y por allá durante un par de días antes del auténtico interrogatorio; luego se le lleva a una salita pequeña de noche, se le sienta en una silla incómoda, y se le preguntan una o dos preguntas más incisivas. Lo común es que responsa que no sabe, o que no era él, o que te has equivocado de persona. El interrogador se para un momento, así que el interrogado se duerme en un par de minutos; en ese momento, el interrogador da una palmada fuerte detrás de sus orejas, y vuelve a empezar. Si el interrogador no se aburre, una hora en este plan deja al preso con una jaqueca espantosa, derrotado, dispuesto a decir o firmar lo que sea con tal de que le dejen dormir en paz.
Igual que hizo Yuri, Mikhail no es capaz de suprimir toda excitación mientras les cuenta sobre estre otro método de machacar y castigar a la gente. Anna se pregunta: ¿este interés es particularmente masculino? ¿Se emociona ella misma, aunque sólo sea un poco, cuando describe las formas en que los humanos se destruyen entre ellos? Puede que todo sea simple admiración por el ingenio de algunos cuando se trata de causar dolor: pero la verdad es que ninguno de estos sistemas es nuevo. Anna ha oído distintas variaciones sobre todos ellos con anterioridad; como Yuri explicó, todo es un continuo, el actual eslabón en la larga cadena de maldad y crueldad que nos une con el principio de los tiempos, una tradición en la que sucesivas generaciones de matones y cobardes se intercambian los secretos sobre la mejor forma de lesionar a alguien que está atado de pies y manos y aterrorizado, alguien que no puede defenderse, todo ello para entretener y azuzar los instintos más bajos de la gente más miserable. Ni siquiera pueden reclamar originalidad alguna: los romas probablemente daban palmadas para irritar y confundir a sus cautivos, y sólo la falta de electricidad evitó que se la aplicaran en los genitales.
“Cuando ganemos, acabará todo esto?” se pregunta Oleg, sosteniendo su hamburguesa a medio acabar en el aire.
“Por supuesto,” responde rápidamente Galina, otra habitual de las sesiones de meditación en voz alta, una rubia de la que Anna no se fía ni un pelo. “Somos los buenos de esta película”.
“Nadie logró parar nada de esto antes”, Oleg insiste. “Ni siquiera cuando los nuestros estuvieron en el poder”.
“La verdad es que los nuestros nunca estuvieron en el poder”, dice Galina.
“En ese caso, la pregunta es si los nuestros podrán llegar alguna vez al poder”.
De vuelta en el coche, Galina sigue hablando: está exponiendo su teoría de Esta Vez Es Diferente, sobre cómo las jóvenes fuerzas de la Ucrania europea y moderna están listas para agarrar el país y sacarlo del oscurantismo ruso-soviético y de vuelta hacia la luz de los estándares europeos y los ideales estadounidenses de decencia. Al otro lado de la ventanilla, urbanitas aburridos matan el domingo en las calles cada vez más abarrotadas, cada uno a lo suyo bajo el tibio sol de enero. Los padres arrastran trineos y patines de hielo con niños adosados; abuelas y tías regordetas toman su paseo, con sus rutinantes peinados platino de peluquería cubiertos por gorros de lana de colores semi-atrevidos; las parejas se resignan a congregarse en los centros comerciales que ya han instalado pantallas de cine 3-D, y muchos, muchos jóvenes con banderas nacionales en azul y amarillo marchan en dirección a la plaza Maidán.
Oleg encuentra aparcamiento, y los cuatro se unen a la corriente. Anna ha leído informes alarmistas sobre el envejecimiento de los países europeos, cómo se están quedando sin gente joven, pero Kiev parece ser escenario del último acto de la rebelión juvenil final antes la conversión de Ucrania en un país de mediana edad; la alternative sería que todos los jóvenes del país se han unido en el centro de la ciudad para derribar al gobierno, y los únicos que quedan al margen de este movimiento veinteañero son los votantes cuarentones de Yanukovych que le apoyan porque les recuerda a los líderes soviéticos momificados en vida que veían en televisión durante su infancia.
La masa juvenil es ruidosa y está sedienta de ingenio, con lo que se prueban varios eslóganes que son coreados durante un rato breve, hasta que empiezan a sonar absurdos o—horror de los horrores—infantiles: “Ucrania Europea”, “Fuera Yanukovych y los Cuarenta Ladrones”, “Que te den , Putin”. Chicas con brillantes bandas azules y amarillas pintadas sobre sus rosadas mejillas intercambias miradas interesantes con chicos que llevan hondas y piedras que esperan lanzar en la dirección de la policía; muchos toman fotos con los móviles, y selfies de sí mismos con sus amigos o con otros manifestantes que se han encontrado por el camino. Galina de vuelve a Oleg y le dice algo en ucraniano, a pesar de la directiva implícita de hablar inglés o al menos ruso cuando Anna está presente, porque su ucraniano es lamentable. Anna sólo pilla retazos de una conversación rápida sobre alguien llamado Mischa a quien puede conocer más tarde.
“¡Larga vida a la democracia!” grita Galina de repente en inglés.
Inesperadamente, varios otros corean el cántico en varias direcciones. Anna se da la vuelta y comprende: un hombre con barba está tomando fotos de los manifestantes con lo que parece una cámara profesional, delatándole como periodista. La impresión es reforzada por su aire descuidado y poco aderazado. Puede que no sea extranjero (Anna sabe que la mayor parte de fotógrafos cubriendo las protestas en realidad son locales: uno no necesita don de lenguas para tomar fotos que alguien en Portugal o Tailandia pueda entender) pero los manifestantes en Ucrania saben que uno debe estar dispuesto a pasar el inglés en cuanto sea necesario. La protesta en tanto para los millones contemplándola desde sus ordenadores y televisiones en el extranjero como lo es para Yanukovych y sus socios.
En la esquina que lleva a la calle Khreshchatyk, la masa es lo bastante gruesa como para que se tenga que frenar. Hay eslóganes llegando en todas direcciones en ese punto, y muchos de los manifestantes, no necesariamente los más jóvenes, llevan cascos y máscaras, una precaución contra los simpatizantes del régimen que buscan identificar a los activistas más problemáticos, al tiempo que protección cuando la cosa se pone fea y se pasan a los manos, como ha ocurrido en días reciente. La mayor parte, de todos modos, prefiere tener la cara descubierta y la boca accesible para bebidas, snacks, porros y besos.
“Espero que podamos encontrar a nuestros amigos por aquí”, Galina le dice a Anna. “No creo que haya visto tanta gente junta en toda mi vida.”
Anna, que pasó una temporada en Moscú practicando ruso hace ahora un año, piensa en algunos de los centros comerciales que vio por allí, y tiene la tentación de expresar su desacuerdo. Pero a los ucranianos raramente les gusta ese tipo de comparación; especialmente cuando están protestando contra un régimen apoyado por Vladimir Putin, el líder ruso que es el enemigo número uno de los manifestantes, bien por encima del pobre Yanukovych y sus amigos locales.
Al ser conducidos por el flujo humano hacia Maidan, el Monumento de la Independencia queda a la vista: una largo pilar blanco con lo que parece la estatua de un ángel ucraniano dorado arriba del todo; es el tipo de cosa que los gobiernos preocupados por el horror vacui ponen en medio de las plazas de cierto tamaño para que haya algo. Anna se pregunta de quién eran los amigos que sacaron un dinero de aquel contrato en particular, en aquellos lejanos tiempos en que el monumento fue construido, en 2001. Una vez más, ése no es el tipo de pregunta que uno hace un público, porque la respuesta puede no ser del todo satisfactoria para lo idealistas que se manifiestan.

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