Borges y el Tirano

Borges y yo nos conocimos en Buenos Aires, en 1945. Era Octubre; Perón acababa de caer en desgracia -brevemente- y estaba recluido en la isla de Martín García; Borges parecía feliz, y a veces sonreía sin motivo aparente. Nótese la diferencia: parecía feliz.

Yo adopté el hábito de escucharlo a Borges casi por casualidad, cuando llevaba menos de un año en la Argentina, y aún vivía con mis padres. En realidad, si la decisión hubiera dependido de mí, me habría quedado en el Uruguay, y nuestro caminos nunca se habrían cruzado; estas páginas no se habrían escrito.

Ocho años atrás, mis progenitores y yo habíamos abandonado España en un yate con bandera portuguesa, capitaneado por un amigo de mi padre, justo antes de que el cinturón de acero se deshiciera y todo Euskadi cayera en poder de los nacionales. Entonces, tenía quince años y pertenecía a las Juventudes Socialistas Unificadas; durante un mes escaso me sentí traidor a la causa republicana y recelé de mis padres, que tan alegremente la habían abandonado. Afortunadamente, esta situación duró poco, justo hasta que conocí en Lyon, en la casa de unos amigos de mi padre que nos acogieron temporalmente, a una muchacha francesa dos años menos joven que yo. Allí concluyeron mis remordimientos y comenzó mi buen entendimiento con las mujeres mayores.

Durante tres años, acompañé a mis progenitores a París, Londres, Nueva York, Ciudad de México y Río de Janeiro. En el proceso descubrí que no solamente huíamos de la guerra y del fascismo; también buscábamos un lugar que había de reunir una serie de condiciones que mi padre consideraba indispensables: cierto cosmopolitismo soportable, tradición ajedrecística y una discreta colonia de españoles exiliados para que él—marxista vasco de la última generación que se negó a mezclar el nacionalismo con los ideales de clase–pudiera discutir, entre partida y partida, sobre los males del país. También esta colonia había de adaptarse, por supuesto, a algunas exigencias: no queríamos un lugar de concentración de republicanos lleno de reminiscencias casticistas sobre Castilla y el lamento por Cuba. Lo que queríamos era una cuidadosa mezcla de esnobismo controlado, sobriedad británica y comidas españolas: un equilibrio lo más estable posible con un toque oxigenador, si no era mucho pedir, de vasquismo moderado.

Finalmente llegamos a Montevideo; era 1940, y los nazis acababan de tomar París. Mi madre lloró durante más de media hora seguida tan sólo imaginando los tanques y los cascos de acero germánico a la sombra del Arco del Triunfo. Un alegre e inconsciente botones uruguayo la miraba sin comprender; esa noche escribí mi primer poema serio, tratando de rescatar las imprevisibles interpretaciones que el chico podía haber urdido, viendo desconsolada de esa manera a mi madre.

Por suerte, el Uruguay le gustó a mi padre desde el primer momento. Compramos una bonita casa con jardín, en las afueras de Montevideo. Tanto mi padre como mi madre se afiliaron, luego de largas meditaciones, a cierta asociación cultural euskaldún formada por otros exiliados por la Guerra. De esta asociación formaba parte, igualmente, Juanjo Guerenabarrena, antiguo secretario personal del lehendakari Aguirre; a través de él, y de algunas visitas ajedrecísticas a mi casa, conocí a su hija Clara. Clara Guerenabarrena era morena y pecosa, e insistía muy vehemente en que no había nada mejor en el mundo que ser poeta. Quizás no habría hecho falta que le informara de que yo, con algunos altibajos, lo era; el caso es que lo hice y, durante nuestro largo y accidentado noviazgo siempre la tuve detrás, azuzando insistentemente mi vocación. Su labor fue exitosa, debo reconocerlo, y gracias a ella la poesía dejó de atraerme fuertemente por su ayuda en las relaciones con féminas; pasé a tomarla en serio, a considerarla una probable vocación que, además, podía resultar útil con determinadas señoritas.

La otra orilla del Río de la Plata también poseía su interés para mis padres: en Buenos Aires vivía una prima de mi madre, casada con un argentino hacía muchos años. Tenían una hija, Beatriz, y una posición bastante decorosa en la alta sociedad bonaerense. A los pocos meses de estar establecidos en Montevideo, fuimos invitados por primera vez a la casa de mi tía, situada, como era de prever, en uno de los barrios más elegantes de la capital argentina. Mi madre dudaba: su relación con la prima en cuestión era nula desde hacía muchísimos años, y la relación con los padres de la prima -sus tíos- había sido abiertamente fría por culpa de algunos malentendidos monetarios. Mi padre tuvo que emplear toda su capacidad de convicción para convencerla.

La primera visita a Buenos Aires fue inesperadamente agradable, hasta divertida, para mi madre, que hizo buenas migas con su prima. Para mi padre, fue mala, casi insoportable por culpa de Gabriel Zanetti, mi tío, un argentino exagerado y casi suntuoso en sus gustos e incluso en sus actos. Para mí, fue bastante humillante, por culpa de mi prima, alta, rubia, delgada, incluso atractiva, cinco años mayor: me arrastró en compañía de su prometido –un jinete insoportable y famoso llamado Roberto Solane– y su grupo de amigos fatuos y peripuestos por los lugares de moda entre los vástagos de la alta sociedad porteña, sin hacerme el menor caso, dejándome perdido entre cuchicheos y comentarios incomprensibles sobre las virtudes de tal o cual raza de caballos. Todos los avisos que mis conocidos uruguayos o españoles me habían hecho acerca del carácter argentino fueron corroborados por mi experiencia.

Visitamos a mis tíos un par de veces más en un año: primero en una quinta de Entrerríos –Beatriz no estaba, en luna de miel en Estados Unidos– y luego, nuevamente, en su casa de la capital: Beatriz pasó una tarde a saludarnos, y resultó muy sorprendida al saber que yo era poeta. Esa visita fue la última: mi padre y mi tío tuvieron una leve discusión, sobre algún tema intrascendente que nunca supe, que no llegó a mayores pero sirvió de excusa para mantener tácitamente apartadas a sus familias. Mi madre y su prima, con gran pena por su parte, tuvieron que limitar sus encuentros a aisladas visitas a Montevideo, en las que mi tía no pasaba en nuestra casa sino el tiempo imprescindible, comportándose fría pero educadamente con mi padre.

Mientras mis padres se distanciaban lenta pero perceptiblemente por culpa, entre otras cosas, de las visitas de la vasca-bonaerense, yo estudiaba derecho con mínimo entusiasmo y entregaba mi vocación literaria a las diversas etapas que habían de confirmarla. Sabía que un escritor novel necesita del contacto con venerables veteranos, preferentemente si éstos se atrincheran en un café, así que me uní a una tertulia vocinglera y fuertemente surrealista, organizada en torno del maestro Genaro Murciano. De nuevo, la intermediación de Clara Guerenabarrena fue decisiva: me presentó a uno de los discípulos predilectos de Murciano, a través del cual logré medrar en la corte de admiradores extasiados del mediocre poeta uruguayo.

Mi relación con Clara terminó en 1943. Curiosamente coincidió con otras rupturas: la mía con Genaro Murciano –consideraba que él y su grupo ya me habían enseñado cuanto sabían, y me habían enseñado básicamente que eran insulsos–; la de mi padre con el padre de Clara, seguidor cada vez más exaltado del PNV, que llegó a considerar inseparables la condición vasca y la militancia nacionalista; y la de mi padre y mi madre, que duró apenas una semana y anunció lo que podía llegar a ocurrir si no mejoraban sus relaciones. Mi madre se presentó un día con una oferta de trabajo –como abogado en un importante bufete argentino– que su prima había obtenido para mi padre, moviendo sus influencias, y planteó el ultimátum: o nos íbamos todos a Buenos Aires o se iba ella sola. Mi padre, ayudado por lo enrarecido del ambiente en los círculos vasquistas, tendentes al radicalismo como había ejemplificado Guerenabarrena, aceptó; y yo tuve que seguirles sin rechistar; reconozco, de todos modos, que tampoco tenía ganas de quejarme: la sustituta de Clara, hermana del discípulo de Murciano antes aludido, había resultado claramente inferior a ella en muchos aspectos. No me traumatizó dejarla, llorosa, ante la perspectiva de la enorme Buenos Aires, seguramente llena de talentos literarios y chicas guapas.

Nos trasladamos a un apartamento moderadamente céntrico en la zona metropolitana. Noté que, nada más llegar, las cosas entre mis padres comenzaron a mejorar, y eso me animó. El ambiente universitario de Buenos Aires resultaba más estimulante que el de Montevideo, y yo comencé a labrarme una pequeña reputación de seductor y recitador de poesía bajo los efectos del alcohol. Resultó que no todos los argentinos eran como los amigos de mi prima.

Muy pronto, mi tía comenzó a parar constantemente en mi casa, incluso sonriendo a mi padre; un día, Beatriz acompañó a su madre, y confirmó los temores que ésta había expresado previamente sobre la estabilidad de su matrimonio. Efectivamente, estaba en proceso de divorcio del jinete Solane.

-Es apuesto, ¿verdad? -oí a mi tía, cuchicheando otro día con mi madre- Pero resulta tan aburrido…Si vieras las cosas que cuenta Beatriz…

Al poco rato, la escuché pronunciar un nombre que jamás había oído antes:

-El otro día invitó a casa, a cenar, a un tal Borges…No sé si lo conoces. Jorge Alberto Borges, creo que se llama…Ella dice que es muy famoso entre los intelectuales de toda la Argentina, pero yo te juro que es la primera vez que siento hablar de él. Es un viejo: tendrá cuarenta y cinco o cincuenta años, y ve muy poco. Ella dice que es el mejor escritor del país, que fue segundo en no sé qué premio nacional. A mí, francamente, me parece demasiado viejo y demasiado feo para ella. ¡Y cómo habla! Parece que siempre esté pidiendo perdón…

Beatriz vino de visita otra vez, mientras yo estaba ausente, junto a su madre. La siguiente vez que la vi fue en su propia casa, donde mi madre y yo fuimos invitados. Me senté junto a ella, mientras tomábamos el té. Comentamos unas cuantas banalidades que fueron suficiente para sorprenderme: aquella Beatriz no era la misma Beatriz que me había ignorado en mi primera visita a la ciudad, escondida tras de sus amigos insufribles. Esta Beatriz en proceso de divorcio trataba de resultar encantadora y atenta, y lo conseguía. Recuerdo que pensé hasta qué punto la madurez es un mera secuela de las experiencias negativas.

Al poco rato, el diálogo derivó hacia mis aficiones literarias:

-¿Vos me dijiste que te gusta la poesía, no es cierto? -me preguntó ella, como preguntándose a sí misma.

-Es cierto -admití.

-¿Te gustaría conocer al más grande poeta de la Argentina?

Inmediatamente, supuse que se refería a aquel Jorge Alberto Borges.

-Claro, ¿dónde hay que firmar?

Ella sonrió deliciosamente.

-Si no tenés nada que hacer el próximo viernes, pasaré con mi auto a recogerte para que lo conozcas.

-¿Cómo se llama? -inquirí, buscando confirmación a mis sospechas.

-Jorge Luis Borges. Tenés que conocerlo.

Por supuesto, cancelé la cita de aquel viernes. La idea de conocer al que, según Beatriz, era el mejor poeta de la Argentina, me resultaba fascinante: doblemente fascinante, incluso, si tenía en cuenta que aquel Jorge Algo Borges podía llegar a ser, en un futuro próximo, el marido de mi prima. Me acicalé concienzudamente y me senté en una silla junto a la ventana, incapaz de hacer nada, esperando impacientemente el sonido del claxon del auto. Beatriz se presentó diez minutos tarde; tenía que haberlo previsto. Conducía un descapotable blanco –era hija única, como yo– con la capota echada; a pesar de que no llovía, no hacía demasiado calor en Buenos Aires, con el invierno austral aún por concluir. Bajé rápidamente las escaleras hasta la calle y llegué hasta el coche. Me senté junto a ella; se veía guapa: se había pintado con gusto exquisito, y recogía su pelo en un atractivo moño seguramente pensado para la solemnidad del contacto con intelectuales. Ella me preguntó inmediatamente:

-¿Oíste lo de Perón?¿Qué te parece?

Sus ojos brillaban de contento; me pregunté por qué: sí que sabía que el coronel Perón, el hombre fuerte del régimen durante los últimos dos años, acababa de ser destituido de todos sus (oficialmente, escasos) cargos en el gobierno; ese mismo viernes había sido confinado en la misma isla que un tal Irigoyen, un presidente argentino relevado allá por 1930. Lo que me sorprendía era que el hecho le pareciera tan interesante a mi prima.

-Este Perón es mala hierba, Carlos –me explicó– Es amigo de los cholos y los negros, y está dispuesto a llevar a la Argentina al desastre.

-¿Eso es lo que dice tu papá?

Me miró, endureciendo el gesto.

-No lo decís en serio…

Arrancamos, y nos dirigimos hacia la avenida Quintana, donde se suponía que debíamos encontrarnos con Borges. Durante el corto trayecto –apenas unos minutos–, Beatriz se deshizo en elogios hacia su posible pretendiente.

-Es tan inteligente…Un auténtico genio, ya verás, Carlos. Y escribe como los dioses…divinamente. Tenés que conocerlo. Es tan culto, tan…Sabe de todo, de todo lo que le preguntes…Bueno, quizás no debería ponerlo tan bien para que luego vos no te decepciones, pero la verdad es una persona excepcional…

Debo confesar que apenas escuché los elogios de mi prima; durante todo el viaje, ahora sé por qué, sólo fui capaz de pensar en Roberto Solane, a quien apenas había visto una vez en toda mi vida.

Aparcamos el auto y nos metimos en un portal; era el número 174 de la Avenida Quintana: el domicilio de Adolfo Bioy Casares, como después sabría.

-No te preocupe estar nervioso –me advirtió mi prima– Yo también lo estoy; sólo es la tercera vez que vengo.

Fue Beatriz quien llamó a la puerta. Abrió una mujer rubia y alta, casi tan alta y tan rubia como ella, casi tan atractiva: Silvina Ocampo, poetisa y esposa de Bioy.

-El es Carlos Echegaray –me presentó Beatriz–, poeta y primo mío.

-Cuántas virtudes –bromeó Silvina, sin molestarse en sonreír.

Nos hizo pasar al salón: allí había un pequeño grupo de seis personas, a los que jamás había visto antes; sólo a uno de ellos le conocía de nombre: Henríquez Ureña, un crítico literario centroamericano. De los demás, algunos me sonaban, otros no: estaban Bioy, un hombre poco mayor que mi prima –rápidamente recordé haber leído una reseña de una novela suya, “La invención de Morel”– y su esposa Silvina; Henríquez y el periodista Manuel Peyrou; un escritor poco mayor que yo, Julio Kresich, y, por último, levemente separados del resto, junto a una ventana, Jorge Luis Borges y Estela Canto.

Fui saludado con cortesía por todos y, rápidamente, quedé cercado por el grupo principal, interrogado y evaluado –con gran tacto, eso sí– por el matrimonio Bioy, Kresich y Henríquez. Beatriz, según observé cuidadosamente, entabló de inmediato charla con el grupito de la ventana, al que se incorporó Peyrou, y no tardó en convertirse en el centro de la atención, ayudada por la solicitud de Borges. Yo les observaba de reojo, especialmente a Borges: no había cesado de evaluarle desde que me estrechó la mano, sin demasiada energía, y cada rasgo que observaba me recordaba y confirmaba la descripción de mi tía: era un hombre seguramente cercano a la cincuentena, de vista evidentemente poco afinada, de aspecto sólido pero modales tímidos: su voz era incluso más dubitativa de lo que yo pensaba, modesta pero rodeada de una especie de halo que parecía flotar sobre sus palabras pronunciadas con claridad y lentitud, escuchadas por todos con respeto y cierta admiración. Resultaba claro que, a pesar de su aire discreto, Borges poseía autoridad sobre los que le rodeaban; el grado real de esta autoridad quedaba por ser descubierto.

De momento, no me sentía demasiado impresionado: el maestro Murciano también gozaba de autoridad sobre su círculo, y carecía de cualquier virtud que habría debido otorgársela.

Los dos improvisados grupúsculos se juntaron al poco rato, por discreta iniciativa de Estela Canto; esta inicativa me pareció significativa: desde que mi prima había llegado, su aparente y mínima intimidad con Borges había sido superada por una total atención de éste hacia Beatriz. Aproveché la situación para hablar directamente con la principal atracción –mi objetivo primordial– y, al mismo tiempo, evaluar su relación con mi prima y sus posibles progresos. Mientras la conversación derivaba de la literatura de Oscar Wilde a la astrología, pasando por las carreras de automóviles y algunas referencias, oscuras para mí, a un personaje cargado de espaldas, Borges sonreía de continuo y celebraba con moderado fervor las agudezas ajenas, siempre sin quitar ojo de Beatriz. Finalmente entendí otro de los presumibles motivos de su contento:

-No puedo dejar de pensar -comentó Borges, sin que viniera a cuento- en el provecho que cierto personaje que todos conocen podría haber sacado de las lecturas de Stevenson.

-La desgracia del Robinsón de Martín García –tradujo Bioy, para mi beneficio y para el de algunos otros.

-Me pilló –admitió Borges, entre las suaves risas de todos; prosiguió, mirando fijamente a Bioy:– Pero no me digan que no le sería útil cierto conocimiento elemental del trabajo de la madera y las pieles…

Ese era otro rasgo acusado de Borges: estábamos nueve personas en la habitación y, aun cuando resultara evidente que se dirigía al colectivo, siempre parecía hablar a uno en particular, frecuentemente a Bioy.

-Pero ¿qué pieles va a cobrar en Martín García? –repuso Silvina Ocampo, todavía riendo– Vos tenés una grave obsesión por ese hombre.

La conversación continuó entre bandazos y temas diversos, durante un par de horas más. Tomamos café, y nos envolvimos casi involuntariamente en un caos de citas cultas y chistes oscuros; aquel caos no era el primero en el que me encontraba, pero sí era diferente de otros, etílicos o no: era un caos suave, sutil, siempre controlado, por acción u omisión, por Borges, que desplegaba su sapiencia con dosificación y entusiasmo. Quedaba muy claro que la defenestración de Perón le parecía la mejor noticia en muchos años.

Ya había anochecido sobradamente cuando Peyrou propuso ir a dar un paseo y tomar un poco el aire. Todos asintieron, salvo Beatriz, que se excusó: debía regresar a casa.

-Es una pena –se quejó Borges, sin necesidad de exagerar un ápice.

-Ahora volví a ponerme bajo la autoridad de mis papás, recuerden –explicó ella.

Trataron de convencerme para que me quedara, sin demasiada insistencia. Yo sabía que no había estado demasiado brillante esa tarde, y que la situación exigía una retirada temporal; me excusé de modo semejante al de Beatriz y me senté en el auto junto a ella.

-¿Qué te pareció? –me preguntó inmediatamente.

-Son muy amables…y muy inteligentes.

-Me refiero a Borges.

-¿Te gusta? -tanteé.

Beatriz fingió indignación.

-Primo insolente…¿Crees que sos mi madre? Pues no lo sos. Y además ya estoy crecidita para esas chiquilladas.

-No me vas a responder.

-Por supuesto que te voy a responder.

Arrancó el coche. Tomamos el camino de vuelta, pasando frente al grupo, que se dirigía a dar su paseo. Borges, y casi todos los demás, levantaron la mano para saludarnos. Beatriz y yo hicimos un tanto.

-Creo que le gusto –comentó Beatriz– Bueno, sé que le gusto…Pero él no me gusta tanto, ¿sabés? Es demasiado viejo, demasiado sabio. Me da miedo.

-¿Miedo?

-Sí. Esa es la verdad. Me da miedo acabar con alguien como Jorge; alguien tan lleno de dudas, misterios, obsesiones, conocimientos de otras épocas y otros hombres. Sería como estar prometido a la Enciclopedia Británica…

-En el caso de que la enciclopedia fuera al psicoanalista…

-¿Cómo lo sabés?

-¿El qué?

-Que piensa ir al psicoanalista.

-No lo sabía.

-Sí. Me ha dicho que va a ir para superar su miedo a hablar en público, y poder dar conferencias. Es curioso, ¿verdad? Alguien que habla tan maravillosamente tiene miedo a las conferencias.

-No lo sabía…Pero, ¿cómo te ha contado eso?¿Cuánto hace que le conoces?

-A la mujer amada se le cuenta todo, Carlos.

Parecía orgullosa de ser la “mujer amada” de alguien como Borges.

-Cásate con él y lo comprobarás -propuse.

-No. No voy a casarme con él. Ya te lo dije: sería demasiado complicado vivir con alguien así. Yo necesito a alguien que tenga los pies en el suelo.

-Por eso te divorcias del jinete: porque le cuelgan cuando monta.

Rápidamente, me arrepentí del comentario, quizá demasiado personal. Pero ella me miró y se echó a reír.

-Touché, primo. Esperá que le cuente eso a mamá -dijo.

Quedamos en regresar a la reunión en casa de Bioy el viernes siguiente. Me abstuve de preguntar el motivo, porque intuí que ella respondería algo como: “no voy a pasarme la vida buscando marido; ya es hora de que cultive el intelecto”. Esa noche me dormí recordando alguna de las agudezas de Borges; me parecieron, revisadas, incluso más brillantes: hablamos de un hombre que pensaba que Judas podría ser el auténtico Jesucristo, encargado por Dios de arrostrar el oprobio del universo; que encontraba absurdo que los arrogantes ateos ingleses frecuentemente pequen de ser Shakespeare-fearing; que lamentaba que Flaubert hubiera dejado que su método literario agotara a su arte, obligándole a describir cada boudoir y cada cojín en cada carruaje.

Aquel hombre no tenía nada que ver con Murciano, y eso me resultaba sumamente estimulante: me prometí que el viernes siguiente, una vez conocido el terreno, desplegaría todas mis armas de seducción culta, todo mi encanto ilustrado, con el fin de atraer la atención de aquel poeta singular con miedo a las multitudes. Sabía que no sería fácil.

Cinco días más tarde, telefoneé a mi prima. No estaba en casa; dejé recado y me quedé esperando que llamara. Cuando lo hizo, ya entrada la noche, su voz chorreaba indignación:

-¿Te enteraste? ¡Sacaron a Perón de la isla!

Solicité detalles, y Beatriz me explicó, atropelladamente, como se había encontrado en medio de una manifestación en favor del coronel, celebrando su retorno a la capital. Su padre había conocido el discurso encendido que Perón había pronunciado esa misma tarde ante una multitud de centenares de miles de descamisados, anunciando su candidatura para las elecciones presidenciales que habían de celebrarse al año siguiente.

-¿Cómo no te enteraste?¿Te dejaste los oídos en el Uruguay?

Sí me había enterado: mis padres precisamente acababan de comentar, entre incrédulos y admirados, el multitudinario recibimiento del exiliado –durante escasamente seis días– ex apestado. Sin embargo, resultaba divertido escuchar el justo enfado criollo de mi prima.

-No me había enterado –mentí– Estaba leyendo poesía.

Me pareció una excusa tan buena como cualquier otra; además, me dio pie a sacar el motivo por el que había telefoneado: le pedí que me recomendara un libro de Borges para comenzar a conocer su obra.

-Libro, lo que se dice libro, sólo leí uno –confesó ella–; es muy delgadito, pero seguro que te gustará: se llama “El jardín de los senderos que se bifurcan”.

Agradecí la recomendación, y corté antes de que continuara la soflama antiperonista, que corría el riesgo de convertirse en latosa. Al día siguiente, compré el libro, efectivamente muy delgado: lo leí en sólo tres horas, con una lentitud concentrada que me sorprendió no tanto como el propio libro: creí que, por primera vez en mi vida, tenía pleno derecho a sentirme maravillado. Por la noche –ya había aprendido la lección–, telefoneé de nuevo a Beatriz, que no supo darme ningún otro título. Sabía que Borges había publicado varios libros de ensayos y poesía, y abundantes artículos y algunos cuentos en varias revistas. Agradeciendo nuevamente el esfuerzo de su memoria, confirmé la cita para el viernes, y logré salir indemne, sin escuchar una sola palabra sobre el coronel.

El viernes, su retraso llegó a los quince minutos.

-Disculpa la tardanza, primo –se excusó, sin dejar de peinarse en el espejo retrovisor– Tuve que concluir una charla muy aburrida con un abogado muy desagradable.

Discutimos durante unos pocos minutos las virtudes de los cuentos de “El jardín de los senderos que se bifurcan” –resumidamente, concluí que lo que ella consideraba defectos a mí me parecían las virtudes más asombrosas de aquellas historias–; ya cuando nos acercábamos a la avenida Quintana, Beatriz me advirtió:

-Debés tener en cuenta que Borges no es siempre tan risueño como le viste. El viernes pasado tenía demasiado buen humor, por culpa de Perón, y hoy tal vez esté de malas por lo mismo…No quiero decir que vaya a parecer un ogro; él nunca lo parece. Pero seguro que no se sonríe tanto.

-Por lo visto –respondí–, la situación judicial de Perón influye mucho en el ánimo de los porteños.

Mi prima asintió.

-Yo ya lo superé. Veamos cómo anda mi pretendiente.

El pretendiente sí que sonreía menos, tal y como me había avisado Beatriz; pero la diferencia no era demasiado grande. También tuve en cuenta un detalle: desde que entramos en el piso de los Bioy, la mayoría de las sonrisas de Borges habían sido dirigidas hacia mi prima, cuya presencia enturbiaba las reacciones naturales del sujeto. Igualmente, observé otra cosa: Estela Canto -¿rival? de mi prima- no estaba; Beatriz, así, seguramente se sentía lo bastante segura como para mostrarse todo lo encantadora posible sin peligro de remordimientos.

Súbitamente, mientras charlaba de literatura fantástica con Bioy y un tal Ernesto Sábato, me di cuenta de que, en cierto modo, Beatriz se estaba convirtiendo en mi rival. Cualquier acercamiento que pudiera realizar en dirección de Borges, cualquier intento de entablar una conversación que me permitiera evaluar la magnitud, la auténtica genialidad de sus razonamientos, chocaba contra la presencia constante, segura, atractiva, de mi prima; sin ningún problema, sin necesidad de salidas ingeniosas o teorías sorprendentes, ella lograba siempre estar en el centro de la atención de mi admirado cuentista. Poco importaba que, esa tarde como la anterior, no fuera la única mujer presente: aparte de Silvina y su hermana mayor Victoria Ocampo –menos hermosa que la mujer de Bioy, por supuesto más agradable de trato–, rondaban por el salón de la casa otras dos poetisas de encantos aparentes infinitamente inferiores. La competencia, para colmo, no era muy dura.

Tuve que aprovechar el primer resquicio que dejó mi prima –que, por un momento, se había retirado a una esquina para fumar cigarrillos, con majestuoso placer, junto a las hermanas Ocampo– para dirigirme directamente a Borges; siguiendo el hilo de una divagación sobre las responsabilidades morales, intervine para decir:

-Por venir a conocerles, dejé una grave responsabilidad de lado.

-No me diga –respondió Borges, a quien estaba mirando directamente, con tono equívoco.

-Mi futuro, nada menos, se tambalea desde el viernes pasado –expliqué–. Cuando mi prima Beatriz me invitó a venir por primera vez, yo tenía una cita con una señorita, hija de uno de mis profesores en mi facultad de derecho.

-Situación complicada –sentenció Bioy Casares, riendo suavemente.

-La dije: no podemos vernos porque tengo un trabajo muy importante sobre derecho canónico…

-¿Canónico? –interrumpió Ernesto Sábato– ¿Por qué canónico?

-Para obtener más fácilmente el perdón de la iglesia, por ejemplo; verán, yo soy católico.

Todos asintieron; mi esperanza fue que no se dieran cuenta de que la explicación era en realidad un intento de chiste. Continué:

-Así que me vine y la pebeta se quedó en casita; pero luego, llego el lunes y me encuentro con que la señorita dedicó todo el fin de semana a indagar sobre los trabajos de derecho canónico de mis compañeros de clase. Claro, descubrió que la mentía y se me echó a llorar, diciendo que yo le engañaba, que era un tal y un cual, como Hernán Cortés con Malinche. Yo la intenté explicar que nunca habría creído que yo prefería pasar la velada hablando de literatura a pasarla con ella…

-Yo tampoco lo habría creído –objetó Borges; todos rieron.

-Pero eso no es lo malo. Lo malo es que ahora me ha echado encima a su padre. Ayer llegó a clase. y dijo: Carlos Echegaray, quiero un trabajo sobre derecho canónico, el lunes en mi despacho. Yo protesté y le dije que por qué yo. Me respondió, ante toda la clase, que otra vez me excusara con un tema más sencillo, algo como: “El pensamiento jurídico en Lilliput”; así no tendría dificultades el lunes siguiente. Claro, nadie lo entendió salvo yo, y luego, encima, he tenido que ir explicándole la situación a media facultad.

Creo que las risas suaves que escuché fueron esencialmente corteses. Sin embargo, la historia era rigurosamente cierta, y cumplió su propósito: Borges se dignó a discutir conmigo, haciendo gala de una extremada cortesía, la naturaleza absurda del amor y lo que pensaban sobre él Coleridge, Alighieri, Goethe y diez escritores más. Yo insistí en la brecha abierta, utilizando sobre todo mi conocimiento de primera mano y las valiosas lecciones que me había proporcionado, entre otras, Clara Guerenabarrena.

-El apellido es vasco, ¿verdad?, como el suyo.

-Sí. Los dos somos vascos.

-Tengo una duda -vaciló Borges- Espero que no se moleste por lo que voy a preguntarle…

-No, por favor.

-¿Está usted orgulloso de ser vasco? Quiero decir…

-Por supuesto -respondí sin dudar- Claro que lo estoy. ¿Usted no está orgulloso de ser argentino?

-Si he de decir la verdad, no; no lo estoy. Para mí, ser argentino es un accidente, como ser chino o portugués; comprendo su punto de vista, claro… No objeto a ser argentino; me gusta. Pero de ahí a orgulloso…

Borges parecía a punto de añadir algo; desafortunadamente, un pintor que respondía al extravagante vocativo -nunca supe si era nombre, apellido o apodo- de Xul Solar, sacó el tema de Perón. Ahí se acabó mi presencia estelar, y comenzó la reflexión retroalimenticia sobre los problemas argentinos, los traumas porteños y los dictadores sudamericanos.

Llegó el momento en que, una vez caída la noche, se imponía dar un paseo: la cercana primavera nos había adelantado una temperatura muy agradable. Miré a Beatriz. Ella anunció:

-Me temo que llegó el momento de retirarme antes de que el carro se convierta en calabaza.

Borges y los demás lamentaron el hecho; yo no dije nada, y me mostré dispuesto a acompañarles, confiando en que se olvidaran pronto del insistente Perón. Mi prima pareció comprender y se marchó sin insistirme. Salimos a la calle: observé como Borges, el hombre de vista titubeante, miraba fijamente el coche de mi prima doblando una esquina hacia su casa.

El grupo era nutrido, demasiado para un simple paseo; cubría toda la acera, pese a algunas deserciones. Así, decidimos -decidieron- acercarnos a un café del gusto de todos -ellos-, que no estaba muy lejos: el Richmond. El local era apropiado para la situación: discreto, vagamente distinguido; lo que en rioplatense de entonces se describía como “europeo”. Allí, durante dos horas más, prosiguieron las divagaciones eruditas: un torbellino de referencias, citas extrañas, metáforas espontáneas que brotaban sobre todo del eje Borges-Bioy. Los muertos, los heresiarcas, los guapos de la Boca, los gauchos uruguayos -“orientales”, decía frecuentemente Borges-, Perón libre, sin disfraz de Robinsón, exaltando a cien mil o un millón o diez millones de negros mesianizados o comprados. Libros, canciones, bromas difícilmente comprensibles, ironías de triple filo, cachadas cuya crueldad era directamente proporcional a su brillantez, sarcasmos envueltos en sinécdoques envueltas en argentinismos: todo se mezclaba con la voz suave y los ademanes sencillos, tímidos, de Borges, y conformaba un aura de genialidad modesta, una sensación de conocimiento brotando y expandiéndose que yo no había conocido jamás (Baudelaire: “Qué triste llenar la literatura con almohadas y muebles y mostrar la maldad como meritoria. Baudelaire es una piedra de toque para descubrir si alguien entiende algo de poesía; si admira a Baudelaire, no entiende nada”; Ortega y Gasset: “hay dos formas de escribir mal: por descuido, la de los científicos y los novelistas ajetreados, y la de Ortega y Gasset, que es pura perversión del lenguaje, pensar que arriba es abajo y derecha es izquierda.”

Nunca había estado tan cerca de la sabiduría, así que nunca me había sentido más ignorante. Por un momento, me enfadé; luego, razoné que, aun sin poder intervenir apenas en aquellos peligrosos juegos verbales, estaba aprendiendo esa noche más de lo que había aprendido en muchos años de mi vida. Mi objetivo primigenio llegó a diluirse; no sé cuánto tiempo pasé callado, por completo, como Sábato o como Retuerca: tal vez media hora, puede que una hora completa. Sólo al final encontré un resquicio para pedirle a Borges que me recomendara alguna de sus obras.

-No soy yo quien tiene ese ominoso deber –se limitó él a responderme– Pregunte a Bioy.

Eso es lo que hice. El amigo de Borges, muchos años -veinte, quién sabe- menor que él, me miró, quizás evaluando alguna salida sorprendente con la que aturdir mi cabeza aún más. Le había visto inspirado: sabía que no debía esperar ninguna respuesta concreta, si no quería verme sorprendido. Por fin, decidió volver a este mundo, a mis llanuras habitadas por Paul Fort o Azorín o Baroja, o aquellos hombres barbudos que siempre había sentido como sabios. Sacó un papel doblado y pidió pluma en la barra; escribió una lista de libros y me tendió el papel.

-Estos son los que escribió -me explicó- Decíle que te hable algún día sobre los que le gustaría haber escrito.

Regresé a mi casa completamente admirado; por suerte, a la mañana siguiente ya me había recuperado un poco de aquel aturdimiento, y comenzaba a buscar defectos a mi nuevo ídolo: sentí que, después de todo, iba por el buen camino.

* * *

Telefoneé a Beatriz y quedé con ella para ir a buscar los libros de Borges; me advirtió que debía prepararme para un buen paseo, ya que las tiradas habían sido muy limitadas y no sería fácil hallarlos. Por mi parte, yo conseguí convencerla para que los pagáramos a medias -ella quería comprarlos todos y luego dejármelos, convencida de que mientras leía uno, yo tendría tiempo para terminar todos los restantes-: el haber logrado que me permitiera pagar la mitad del precio me hizo sentirme orgulloso.

Fui a recogerla a su casa; su padre, mi tío Gabriel Zanetti, me recibió con sus grandes gestos y su habitual aspecto de estanciero pasado al negocio de la importación de lámparas escocesas. Me dio las habituales y fuertes palmadas en la espalda.

-¡Eh, Beatriz! -gritó para que le oyera mi prima, que estaba empolvándose la nariz o algo así- ¡No me dijiste que ahora vas con pibes tan jóvenes!

Beatriz éntró en la habitación en ese preciso instante, haciendo una mueca.

-Oh, papá, mirá que éste no lleva botas de caña.

Zanetti me miró fijamente los pies.

-Cierto. Señal inequívoca de marido bueno…y fiel.

-Calláte, papá.

Caminamos hacia la calle Corrientes, a tan sólo unas cuadras del lujoso edificio de apartamentos donde residían los Zanetti. Inevitablemente, no tardamos en hablar sobre Borges.

-Ya te dije que era un genio, ¿recordás? Así aprenderás a fiarte de tu prima.

Asentí.

-¿Te fijaste en que no estaba Estela Canto? -pregunté.

Beatriz me miró con suficiencia.

-Claro que me di cuenta.

-El viernes anterior, quiero decir la primera vez que fui, parecía celosa de la atención que te presta Borges.

-Lo está -admitió mi prima, tranquilamente- está celosísima. No hubo más que verla. Llegué y me dijo: “Querida, parece que os habeis adecentado para la ceremonia del té”. Gran ingenio agudo: no es mi culpa que llevara puesto aquel saco horrible; no es excusa ser pobre para andar con esa facha, Carlos.

Reí.

-¿Es su novia?

-¿Estela? No sé. Puede. Cuando hablo con alguno de los amigos de Jorge sobre sus relaciones con mujeres, o directamente sobre Estela Canto, ellos siempre esquivan el tema. Hay un gran…muro de secreto sobre la vida privada, íntima, del poeta. Ya ves: cuando le conocí, juraría que era Silvina Ocampo su amada, y resulta que lleva varios años casada con ese Bioy.

-Yo juraría que Estela y él tienen algo que ver.

-Seguro, primo. Eso es seguro: unas amigas mías conocieron a Jorge cuando le invité a mi casa a tomar el té; hace unos días, una de ellas me contó que le había visto caminando de la mano con una mujer, cerca de Lavalle. Por la descripción que me hizo de la pinta de la mujer, estoy segura de que era Estela Canto.

-Pero eso no te preocupa.

Mi prima titubeó.

-Sí. bueno, no…No lo sé…Tengo muchas dudas sobre este hombre, Carlos. Ya te lo dije. Me atrae, pero no como marido…Es algo, intelectual. Aunque, la verdad, no sé: parece tan amable, tan comprensivo…

Rebuscamos en no menos de veinte librerías antes de darnos por vencidos, a la hora de cierre. Encontramos casi todos los libros de la lista de Bioy Casares: un total de seis pequeños volúmenes encuadernados sin excesivo lujo. Sólo faltaban los dos primeros.

-Creo que Jorge me dijo que sus dos primeros libros son sólo de poesía -recordó Beatriz- Sería una pena que no los puedas leer, siendo poeta. Mañana seguiremos buscando.

(Quedamos un par de veces más, esa semana, sin encontrar los libros perdidos. Terminé leyéndolos en ediciones ignotas que me prestaron, casi confidencialmente y como señal de extrema confianza, algún tiempo después. Entre ellos había dos libros de ensayos que Bioy había olvidado mencionar, los auténticos primeros libros de Borges; no me fue difícil, por cierto, descubrir las razones del olvido.)

A lo largo de las siguientes semanas, Beatriz y yo seguimos acudiendo los viernes por la tarde al domicilio de los Bioy. Llegamos a hacernos asiduos, durante un par de meses, de las vertiginosas conversaciones, a veces inescrutables, que allí se tramaban. Debo reconocer que, pese a mis limitaciones culturales, logré hacerme un pequeño hueco en el grupo: descubrí que a Borges le interesaban sobremanera mis conocimientos y anécdotas –múltiples, a veces increíbles, aunque esté mal decirlo– sobre mujeres; utilicé este descubrimiento para acercarme a su órbita más próxima posible: no aquélla en la que estaban situados los Bioy, Victoria Ocampo y alguno más, sino la siguiente: la que se componía de una serie diversa y compleja de poetas, críticos, pintores, novelistas, periodistas y algún que otro ex-policía, que acudían de vez en cuando a la casa o al café Richmond. Deduje que tenía que dosificar mis apariciones, si no quería convertirme en un molesto habitante de los viernes, y me permití el lujo de pasar alguno de éstos con la hija del profesor, cuyo cariño felizmente había recuperado. Esto demostró poseer un valor doble: conseguí que se me echara levísimamente de menos y que Borges disfrutara enormemente cada vez que le contaba sucesos de mi relación con la pebeta en cuestión. Una vez, se me propuso acompañar a un grupito selecto a cierta exploración por el Barrio Sur –queridísimo por Borges, que veía en él una difusa encarnación de las no menos difusas e incluso inexactas virtudes del viejo Buenos Aires– y con solo eso fui feliz. Tuve que adaptarme a las cada vez más frecuentes ausencias de Beatriz: el primer viernes que acudí sin ella sentía que en cualquier momento podía ser expulsado a patadas de la casa; a partir del segundo, empecé a convencerme de que, si me dejaba ver con una frecuencia razonable, sería bienvenido siempre que compareciera.

La primavera austral avanzaba, y todo, salvo algunos exámenes sin importancia, parecía marchar razonablemente bien. Un día me encontré en cierta fiesta universitaria con Julio Kresich, un autotitulado poeta, de aspecto bastante sombrío e insalubre, al que había conocido -lo recordaba perfectamente- en mi primera visita a la casa de los Bioy.

-Hace bastante que no me dejo caer por allí -confesó, casi innecesariamente- Y vos, ¿fuiste mucho?

-Unas cuantas veces -reconocí.

-Entonces habrás aprendido cantidad, ¿eh?

Noté cierta ironía en la frase. De todos modos, el acento porteño siempre me confundió en este sentido.

-Un poco.

-Yo volveré un día de éstos -Kresich sorbió por la nariz, lo cual, unido a su palidez, le dio cierto aspecto de tuberculoso- Cuando haya terminado de leerme la enciclopedia, supongo.

-Borges es lo más parecido a un sabio que he visto en mi vida.

-Sí que lo es. Pero yo no estoy tan seguro de que habría querido conocer a un sabio, ¿sabés?

-¿Qué tiene de malo?

-Nada. No tiene nada de malo. Es sólo que…bueno, ¿te fijaste en su modo de hablar, eh? Siempre tan educado, tan cumplido. ¿Te fijaste? Siente el deseo de repetir constantemente: “Yo pienso esto, ¿eh?, no se asuste, no trato de imponerle nada, es sólo algo que opino”. Es redundante, ¿no te fijaste? Siempre igual: un hombre tan inteligente como él debería tener claro que los “yo pienso” y “no se moleste si no comparte mi opinión” se sobreentienden, al menos en una conversación con gente cultivada, ¿no es cierto? Si los sabios son todos así, resultan un poco cargantes.

La objeción de Julio Kresich me pareció ridícula. Tal vez influido por la exquisita elegancia del maestro, no se lo dije.

-Y no creás que ésa es la única pega que le pongo. Esto que te dije es una tontería, ¿comprendés? Me refiero a otras cosas: el grupito de intelectuales aislado en la casa de la avenida Quintana despotricando contra los descamisados que vitorean a Perón. ¿No ves algo obsceno en esto, vos? Ahí fuera, no tan lejos, la gente se muere de hambre y de asco, mientras las amigas emperifolladas del sabio fuman cigarrillos de importación…Eso debería darles más que pensar.

Me sentí directamente aludido. Comencé a maquinar una respuesta hiriente, irónica y sutilísima, todo al mismo tiempo, pero Kresich no me dejó terminar su elaboración.

-Dante y Edgar Allan Poe y ese De Quincey están muy bien -continuó- A mí me parecen buenos escritores: puedo admitir que lo sean. Pero el mundo no acaba ahí: no es montón de bromas sobre lo que dijo tal y respondió cual, en latín o en alemán. El mundo existe fuera de esas paredes y lejos de ese barrio, pero ellos parecen no darse cuenta. No se preocupan más que por ellos mismos y por cosas abstractas. Deberías darte cuenta.

-Yo creo que se preocupan -repuse- Si no, no se tomarían tantas molestias en vituperar a Perón.

-Esa es otra. No sé qué le ha dado con Perón. El sólo quiere recuperar la dignidad de la Argentina. Vos no lo comprendés porque sos extranjero. Pero Borges debería comprenderlo en lugar de andar por ahí hundiendo a su patria en la mierda, celebrando las cosas que hacen los ingleses, deseando ser europeo. Creo que eso es lo que más le duele al sabio, ¿comprendés? Haber nacido porteño y no en Oxford o en Cambridge. Le gustaría no tener que oír todos los días al pueblo que pide pan y justicia. Le gustaría que el único sobresalto de su vida fuera la carrera de regatas. Pero ahí tuvo mala suerte. Por eso se mete con Perón: porque Perón quiere que dejemos de ser una sucursal de segunda categoría de los ingleses, y tomemos el papel que nos corresponde en América y en el mundo.

-¿El papel de aceptar como cierto todo lo que diga el coronel?

-Vos no lo comprendés.

Regresando a mi casa, me enfadé conmigo mismo: ¿qué necesidad tenía de defender a Borges contra Perón, cuando una de las cosas que peor soportaba de aquél era su obsesiva inquina por el coronel? Me di cuenta de que me había comportado como una Beatriz cualquiera, en cierto modo, y no me sentí orgulloso. A mí tampoco me gustaría ser un paria olvidado por los habitantes de las torres de marfil, pensé. Quizás Perón llevaba la razón. Pero, la verdad, si la llevaba, lo disimulaba muy bien. Deja el tema, me dije.

En cuanto llegó el verano, mi querida Rosita, hija del ínclito profesor, me invitó a pasar unos días con ella y su familia en Mar del Plata. No dudé, y creo que acerté: fueron unos días bastante entretenidos, tumbados en la playa, escabulléndonos de sus padres y encontrando lugares insospechados para hacer el amor.

-¿Cómo va la investigación sobre Liliput? -me preguntaba su padre, campechano, cuando se encontraba de buenas.

-Bien, bien, excelente -le respondía yo, sabiendo que él no sospechaba el sentido de mi respuesta.

Cuando regresamos a Buenos Aires, me encontré con una nueva crisis matrimonial de mis padres –como otras anteriores, ésta también encontró solución– y una llamada de Beatriz. Me alegré de volver a verla: justo antes de marcharme a Mar del Plata, llevaba mes y medio sin coincidir con ella, después de que, al menos aparentemente, hubiera decidido dejar de torturar con su presencia a mi maestro. Tremendamente animada, mi prima me explicó inesperadamente las circunstancias de la ruptura con su último novio:

-Aguanté lo de los caballos, ¿eh? Que no se diga que soy una intransigente…Pero lo del Club fue demasiado; tenías que haberlo visto, Carlos: apareció mi ex marido, Roberto, del brazo con una vieja con pamela, ¡con pamela! Yo saludé discretamente, ya sabes, con urbanidad. Pero el estúpido de Marcelo se levantó de la silla y se puso a hacer gestos, ¡gestos!, como lo oyes, para que Roberto y aquélla se acercaran a nuestra mesa.Tenías que haberle visto, parecía un camarero: “sentáte, sentáte, Roberto; y usted, señora, ¿señora o señorita? Siéntese en mi silla, por favor, yo voy a buscar otra, faltaría más”. Y se fue a buscar otra, el muy gañán. No parecía amigo de Roberto: parecía su criado. Y, encima, Roberto se me quedó mirando. No sé ni lo que quería decirme, quizás algo como “mirá, pebeta, mirá lo que encontré debajo de la cama” –imitando el acento grave y de guapo montado que, según recordaba yo certeramente, poseía su ex marido ya desde que eran prometidos. Yo estuve por decirle: “Encantada de conocer a tu tía Eulalia, Roberto”, pero por suerte me contuve. Luego regresó Marcelo, y seguía como un camarero, escuchame, colocando la silla, besando la mano de la dama, ¿entendés? Como un auténtico peti…peti…

-Petimetre -la ayudé, desde el otro lado de la línea.

-Eso es. Resultaba humillante. Luego, oíme, luego va Roberto y le pregunta: “Che, Marcelo, ¿seguís con tus pequeños negocios de heráldica?” –de nuevo el obvio timbre del ex marido– Increíble: si hubiera sido yo, le habría respondido: “Y vos, compadre, ¿seguis tocándole las pelotas a los caballos para ver si corren bien” –imitando otro tono de voz porteño y aguapado–. Pero mi Marcelito no dijo eso, no: se puso rojo, ¡rojo! ¿Me entendés? Rojo como un tomate rojo, el muy boludo. Y respondió: “Ya ves, Roberto, aquí seguimos” –vocecilla asustada– Y todo esto mirando al suelo, como si estuviera buscando un peso que se le cayó. Fue demasiado para mí. Menos mal que no se quedaron demasiado, porque tenían prisa por alguna tontería. Podía haberme muerto ahí. Y cuando se van, me dice Marcelo, haciéndose el tierno: “Es un buen amigo, caramelito; aún no me explico cómo dejaste a un tipo así para ennoviarte con alguien como yo, tan insignificante” –voz de enclenque–. Ahí mismo le dije que habíamos terminado, te lo juro; le dije: “Terminamos, Marcelo, andáte a ver si te da tiempo para tirar tu saco y que Robertito no pise un charco”. Tal y como te lo digo, Carlos. Así se lo dije. Se le quedó una cara hasta el suelo. Casi se echa a llorar.

Beatriz terminó la historia riendo, claro. Supuse que aquella relación no la había marcado demasiado. Pero ya parecía comenzar otra:

-Eso sí, no hay mal que por bien no venga, Carlos. Un hombre maduro y apuesto, tan divorciado como yo, me invitó a pasar unos días con él en Mar del Plata. Seguro que este resulta mucho mejor que Marcelo.

La deseé suerte y regresé, en medio de un verano que continuaba bastante caluroso, a mi rutina última: estudio incesante para aprobar asignaturas rebeldes, muchos libros recomendados por Borges -los suyos ya los había releído, prácticamente-, escapadas con Rosita la del profesor, una tarde con el maestro y su brillante corte. Dos semanas después, Beatriz volvió a telefonearme. Confesó que los días en Mar del Plata habían sido un desastre, y que tenía ganas de volver a casa de los Bioy.

Quedamos para el viernes siguiente, pero la vi antes: vino a tomar el té –una costumbre misteriosamente copiada por mi madre a las anglófilas clases pudientes porteñas– junto a mi tía un día de enero especialmente caluroso. Relató con desánimo la aburrida noche de fin de año en la playa –nada comparada con la mía, estudiando en casa por obligación de mis padres– y se exaltó ligeramente con el tema de Perón: la campaña, sucia y decisiva, ya estaba tocando a su fin: se acercaban las elecciones de febrero, y los bebedores de té de todo Buenos Aires suspiraban por la derrota del coronel populista y germanófilo, al que se oponía un amplio y amorfo grupo de partidos. Mi tía gozó especialmente insultando a la “arrejuntada” –un resabio español que sobrevivía en su lenguaje– de Perón, Eva Duarte, “Evita” para los peronistas.

-Esa Eva -vocativo utilizado por los bebedores de té de Buenos Aires para hablar de”Evita”- anda por ahí dando la mano a todos los obreros y besando a todas las prostitutas, incluso a los cantantes de tangos. Es intolerable.

-Sí -admitía mi madre.

-Es peor que intolerable -opinaba Beatriz.

Ese viernes aparecí con Beatriz en casa de Bioy. Ironías del destino, Borges no estaba allí. Pero sí Julio Kresich, combativo, supliendo la ausencia de Borges a través de la polémica con Adolfo Bioy. Tampoco estaban Estela Canto ni Henríquez Ureña -al que últimamente había visto con mucha frecuencia-; luego de ser calurosamente recibida por todos, Beatriz se sentó en un sofá con aire cuidadosamente aburrido, escuchando sin interés las soflamas de Kresich y las respuestas meditadas, suaves, elegantes, de Bioy. Independientemente de etiquetas, yo no sabía -ni sé ahora- cuál de los dos llevaba la razón. En cualquier caso, Bioy, tranquilo, amable, incluso solícito, parecía mucho más convincente que el atropellado y voluntarioso Kresich.

Miré a Beatriz: ella me devolvió la mirada sin cambiar un ápice su expresión. Supuse que estaba pensando en Borges y en Estela Canto y en el Mar del Plata. Puede que incluso en Perón. Cuando nos despedimos, ya era de noche. Antes de entrar en el coche, ella me confesó:

-Estaba pensando en vos.

Arrancó el motor. Doblamos dos esquinas y paró en una calle aparentemente vacía. Nos besamos con atropello y precipitación, como en las películas que andan escasas de minutaje sobrante.

-Te quiero, Carlos -me dijo; no había por dónde escapar.

* * *

Nuestra relación se estableció en la clandestinidad, en contra de mi opinión. En favor de la ocultación, Beatriz repetía con insistencia una frase: “¡mamá no podría soportarlo!”. Yo intentaba razonar, convencerla de que nuestro parentesco, al fin y al cabo, era mínimo, de que ni en la Edad Media nos habrían impedido tener relaciones por el mero hecho de ser primos segundos. Ella respondía primero con su frase: “¡mamá no podría soportarlo!”. Luego, llegaban las evasivas y los mohínes.

Pronto comprendí que uno de mis grandes atractivos, en su opinión, era ser primo suyo. Ella lo negaba, claro: pintaba cuadros sombríos de familias católicas destrozadas ante la Revelación, de vascos tradicionales arrastrándome de vuelta al caserío, alejándome de la divorciada porteña.

A lo largo del mes siguiente, nos convertimos en auténticos expertos en la ocultación: disimulábamos como grandes actores cuando estábamos en presencia de nuestros padres, e intimábamos con gran convicción cuando teníamos la ocasión, únicamente en lugares completamente seguros de miradas conocidas. En cuanto a las reuniones en casa de los Bioy, no había problemas: mi prima, cautelosa, parecía haber decidido no asistir durante una temporada; por mi parte, yo sólo acudí una vez en todo el mes.

Todo estaba estudiado: nuestras conversaciones por teléfono eran rigurosamente políticas o literarias, mis escasas cartas no llevaban remitente y las suyas, más escasas aún –“yo no soy poeta, querido”, me explicó algún tiempo después; “no tengo ningún gusto por escribir”–, traían uno falso: Rigoberta Smith, residente en el 355 de la Avenida Bienvenida, Buenos Aires.

-Es una poetisa fea e insistente -le expliqué a mi madre cuando me preguntó por aquellas cartas.

Traté de convencerla para que enviara las cartas sin remitente, como yo. Ella se negaba.

-¿Y si me la quieren devolver, por franqueo incorrecto o cualquier motivo? No sabrían qué hacer con ella y la leerían todos los carteros, reunidos en una tasca inmunda y riéndose de las boludeces que te digo.

Por otro lado, no le faltaba lógica: estábamos casi seguros de que no existía ninguna Avenida Bienvenida en Buenos Aires, aunque siempre había una posibilidad.

-¿Y si quieren devolverla -le respondía yo, riendo- y resulta que sí que existe una Rigoberta Smith viviendo en el 355 de la avenida Bienvenida? Borges me ha demostrado muchas veces que sí existe esa posibilidad, por mucho que queramos negarlo.

Ella, que había hablado con el maestro incluso más veces que yo, admitía que yo llevaba razón: cuánto podíamos sorprender a aquella señora Smith. Pobrecilla.

Nuestro empeño ocultista era tenaz y eficiente; al menos, así me lo parecía. El único punto débil había estado en nuestro primer beso, dentro de un coche en una calle céntrica no lejana a la avenida Quintana, pero debíamos haber tenido suerte. Un día, me encontré a Julio Kresich, medio borracho, y me demostró que no.

-Les vi a ustedes en el coche -me soltó, susurrante-; a vos y a tu prima -aclaró- Besándose.

-¿Tienes costumbre de espiar a las parejas? -le pregunté desafiante, nervioso.

-Tranquilo; no voy a decirle nada a nadie, si vos no querés. No soy un bocón. Pero te daré un consejo, galleguito: cuidáte de que Borges se entere; le romperías el corazón si supiera que la rubia te prefiere a ti antes que a su sabiduría, ¿entendés?

No me permití el lujo de irritarme ante tales palabras. Me dispuse a darme la vuelta y olvidarme de Kresich; él me lo impidió.

-Quizás no sepas que dicen que Borges es muy enamoradizo -continuó-, y muy apasionado incluso cuando no es correspondido: dicen que las mujeres le tiranizan, ¿comprendés?, controlan su voluntad y le llevan a la furia y a la desesperación; sólo las mujeres y algunos escritores ingleses pueden hacer eso con él; ten cuidado.

Se despidió sonriendo. No supe si tomar en serio sus palabras. Pensé que, al fin y al cabo, él había conocido -debía haber conocido- a Borges menos que yo. ¿Cómo estaba tan seguro, entonces, de lo que decía? La intimidad blindada de Borges no era tan accesible: eso sí que lo sabía con certeza…¿Y cómo iba a enterarse si él no decía nada? Confié, quizás en exceso, en la contención de Kresich y su cada vez más evidente separación del círculo del maestro, y me olvidé del tema rápidamente.

Dejé a la hija del profesor; cuando le expliqué a Borges que ella creía que lo había hecho sólo porque su padre ya no me daba clase en ese curso -mi último curso en la universidad, esperaba-, él preguntó, lentamente:

-¿Y es cierto?

-Claro que lo es -mentí.

Rio con su habitual contención, y yo me sentí asustado. Esa misma noche, ya bastante tarde, quedé caminando a solas entre Borges y Bioy: trataban, entre sutilezas que yo no comprendía del todo, acerca del espíritu alemán y la influencia wagneriana, sin dejar de reírse cada dos pasos. Yo les imitaba, por supuesto. Luego, Bioy se volvió hacia mí.

-Les dejo, caballeros -dijo- Tengo un poco de prisa esta noche.

Comprendí: me había concedido el honor de acompañar a Borges hasta su casa, situada unas pocas cuadras avenida arriba. Por mala que fuera su vista, nunca se habría rebajado a solicitar mi acompañamiento, así que Bioy había hablado entre líneas.

-Escuche el verso que se me acaba de ocurrir -me dijo Borges, mientras caminábamos-: las calles se describen ante mí con un eco vanidoso.

-¿Mágico? -sugerí.

-No. No me gusta la palabra. Prefiero mítico, pero ya la he usado en algún que otro poema.

-En ese caso, vanidoso suena bien.

-Sí, ¿verdad?…Fíjese: muchas veces he pensado que nadie cree realmente en la magia, ¿no le parece? Por ejemplo, para los egipcios de la época de las Mil y Una Noches, los prodigios descritos no eran tales. Ellos los veían como… como sucesos fabulables pero en cierto modo cotidianos. Es curioso: en cambio, para nosotros, los racionalistas del siglo XX, la magia es tan imposible, ¿verdad?, tan imposible que el mero hecho de nombrarla es capaz de convertir en literatura a la noticia más seria del periódico.

-O en chiste.

-Sí -concedió- Es cierto.

Calló durante un instante; yo rebusqué en mi mente cansada algo inteligente que decir. El se adelantó:

-Sus manos… -comentó- Me fijé en que sus manos son exactamente iguales que las de su prima: grandes y afiladas; tuvieron suerte de no nacer campesinos, para poder conservarlas.

-Sí -respondí, nervioso, conteniendo la tentación de examinar mis propias manos.

-Son ustedes primos segundos, ¿verdad?

-Sí.

-Así que Beatriz tiene algún Echegaray en su partida de nacimiento.

-Si lo hay, está muy lejano -expliqué con contención-; es prima por parte de madre, y mi madre se apellida Martínez.

Borges asintió.

-Dígala que nos visite con mayor frecuencia; sus visitas son muy… oxigenantes.

-Eso haré. No se preocupe.

Se lo dije al día siguiente. Beatriz me miró con felicidad.

-Sigue enamorado de mí -dedujo- ¿No es encantador?

Llegaron las elecciones: como los más realistas preveían, Perón arrasó: se llevó el cincuenta y un por ciento de los votos y se proclamó, aparentemente con toda legalidad, presidente de la Argentina. Beatriz estaba realmente indignada; tanto, que decidió acudir prontamente a la casa de los Bioy a comentar el suceso con Borges. Yo asentí con doble fatalidad: me esperaba no solamente una situación complicada, sino también una sesión de antiperonismo furibundo. Sin embargo, no me concedí ni por un instante el lujo de pensar en no acompañarla.

Estela Canto estaba presente aquella tarde; Beatriz, elegantemente, la saludó antes que a Borges. Después, se situó grácilmente a la diestra del maestro y se dedicó a atraer su atención. Yo observaba silencioso la pequeña danza; como en una representación de ballet, se cruzaban los movimientos aparentemente inocentes: Estela Canto asomaba frente a Borges y le ofrecía una taza de café; se alejaba y observaba, quizás realmente interesada, las calles al otro lado de la ventana; le contaba alguna intrascendencia a Eduardo Mallea; regresaba y tenía algo que responder a la frase que cogía al vuelo:

-La demagogia de Evita es un arma más poderosa de lo que parece -sugería como de pasada.

-Y su cara más fea -respondía Bioy-; por eso siempre hace que la retraten con mujeres pobres, viejas y desdentadas.

Beatriz, mientras, usaba sus artes con menos habilidad pero mejor resultado -estoy seguro de que disfrutaba haciéndome sentir celoso de mi maestro. Discretamente situada entre Borges y Bioy, su risa discreta y estudiadamente atractiva coreaba las frecuentes chanzas amargas de aquél.

-Perón es en realidad un filántropo -le oí comentar con amargura-; todo su afán está en que la Argentina deje de ser un falso país europeo, para simplificar los manuales de geografía del bachillerato.

Alguien sugirió trasladarnos al café Richmond. A todos nos pareció bien la idea: salimos a la avenida Quintana, escuchando a Borges y a Eduardo Mallea disertar sobre el Libro Azul y Blanco –los colores de la bandera– con que Perón había respondido al Libro Blanco del embajador norteamericano Braden, en el que acusaba al coronel de fascista.

-Creo que el olvido del sol es significativo -le oí decir a Borges- En realidad, utiliza un hábil truco freudiano, aprendido a través de las sutilezas psicoanalíticas del adiestramiento militar: suprimiendo el sol, y colocando su nombre en la portada entre las bandas azules y la banda blanca, consigue identificarse como el Sol de la Patria.

-Una sutileza finísima -apuntó Mallea, fingiendo seriedad.

-Envidiable -asintió Borges, mirándome- Eso dirían en España, ¿no es cierto?

-Sí -respondí yo, distraído.

Continué sin hablar apenas durante toda la tarde, incluso después de que Beatriz se marchara despidiéndose de mí con una discretísima mirada. Tranquilamente, me dediqué a evaluar, una vez más, a Borges: sus gestos nada aparatosos, su cordialidad esmerada, su disertación socrática. Por un momento, sentí una fortísima envidia, un deseo infinito de llegar a ser algún día como él. No era la primera vez que me ocurría, y no me costó imaginarme en su lugar: sentado en el centro de la conversación, dialogando sucesivamente con todos los presentes, recibiendo una solicitud y un respeto inmenso por parte de las que probablemente eran las mentes más lúcidas de toda la Argentina. Sospeché que yo nunca llegaría a aquel nivel de maestría en que casi cada frase exige una reflexión, en que un descuido momentáneo del oyente puede hacer que se sienta perdido, ignorante de lo que se trama a su alrededor. Le envidié, le envidié mucho. Extrañamente, en el momento en que más lamentaba mi triste presente y mi desolador futuro de estúpido ignorante lento de reflejos, se me ocurrió pensar en él. Medité que quizás aquello también era duro para él: le imaginé levantándose una mañana cualquiera con el pelo lacio completamente despeinado, confuso, atontados los sentidos por el despertar; le imaginé diciéndose a sí mismo: “aquí comienza otro día, querido Jorge; otro día en que tienes la obligación ser genial”.

De súbito, me invadió una sensación de temor, de apostasía descubierta. Le miré: comentaba algo sobre Carlos Gardel y su estilo sensiblero de cantar tangos; indudablemente, no sospechaba lo que yo estaba pensando. Traté de vislumbrar lo que podría ocurrir el día en que dejara de ser genial, el día en que Jorge Luis Borges dejara de crear imágenes, pensamientos magníficos, y comenzara a convertirse en un ser humano normal y corto de vista. ¿Se le agotaría en algún momento el baúl de la magia, la reserva de mitos? Sentí una pena terrible, una compasión tan fuerte como lo había sido mi envidia anterior; pensé que el pobre Borges, condenado a ser genial, estaba rodeado de tiranos y no lo sabía. O sí lo sabía, lo que era una posibilidad aún peor

-La tiranía no sólo fomenta la opresión y el servilismo -estaba diciendo Borges- Creo que también fomenta la estupidez, ¿no les parece?.

Supongo que hablaba nuevamente sobre Perón.

-Muchas veces obtiene el efecto contrario al perseguido -aventuré.

-Es posible -admitió Borges; ¿cómo iba a negarlo?- Es posible, sí.

Salimos bastante tarde del Richmond, menos vocingleros de lo que habíamos entrado. El ya exiguo grupo comenzó a disolverse en distintas direcciones.Caminando hacia Quintana, cruzamos frente a una enorme pintada sobre un muro, escrita en pintura blanca brillante, cercada por las luces de las farolas: BRADEN O PERON.

-Braden -oí que murmuraba Borges con determinación.

Su vista era entonces no solamente mala, sino constantemente decreciente; sólo puedo conjeturar el fervor que le obligó a ver la pintada. Escasos segundos más tarde, continuó su respuesta:

-Dudo que esta tiranía obtenga efectos indeseados -dijo lentamente.

-De momento no es dictadura -observó Silvina Ocampo- Esperá.

-Temo que no tardará en olvidarse de aquellos a quienes engañó -repuso Borges- No les debe nada; el mérito es suyo: ellos sólo colaboraron con su idiotez y con su credulidad. No los necesita.

-Si hace eso, les convencerá de que es un embaucador -objetó Silvina- y volverá a caer.

-Ese sería el efecto indeseado, ¿no les parece? Pero yo no lo espero. Perón es un dictador tendente a la mediocridad; carece de la maldad absoluta o el ingenio falsificador: sin ninguna de estas virtudes maquiavélicas, resulta demasiado sencillo de refutar: el enfrentamiento con él ha de basarse en obviedades, en repetir verdades evidentes por sí mismas, que no requieren explicación. En la Alemania nazi, por ejemplo, los escasos opositores alcanzaron un nivel excelente: luchando contra la maldad absoluta, contra la encarnación de todo lo negativo, desarrollaron convicciones ciertas.

-¿No querrás que Perón se nos deje mostacho? -preguntó Bioy.

-Lo que digo es que tal vez nuestra única esperanza está en que Perón agudice su ingenio y obligue a los argentinos a pensar para encontrar sus debilidades y sus contradicciones, ¿verdad? Si es tan mediocre como parece, y actúa tan mediocremente como ha actuado hasta ahora, estaremos condenados ser opositores mediocres, sin fuerza. Opositores de opereta de un tirano de opereta.

Todos asentimos; creo que, más o menos, coincidimos en pensar que Borges ya había comenzado a crear un Perón propio, obsesivo, amenazador.

* * *

Muy pronto, Perón comenzó a actuar como se esperaba, y a nadie le cupo duda de que estaba dispuesto a colmar sus esperanzas de mando absoluto e indiscutido. Cerraron periódicos, se torturaron opositores, se apalearon universitarios: nada nuevo bajo el sol de la bandera de la república –todo eso ya lo había vivido yo, siempre a conveniente distancia, en los años anteriores– salvo por el hecho irrefutable de que, independientemente de manipulaciones, engaños y compras de votos, la mayoría de los argentinos había decidido concederle el poder. La sociedad pareció olvidar rápidamente las condiciones en que se lo había dado: elecciones libres para la presidencia de la república, no plebiscito para otorgarle poder omnímodo y vitalicio; o quizás ya sabía lo que había pedido. Sólo a unos pocos les preocupaban sutilezas tales como los derechos humanos, el respeto a la libertad y la confrontación de opiniones. Incluso los bebedores de té estaban más divididos de lo que yo había pensado, a través de mi conocimiento de las militantes opiniones de Beatriz y su madre; resultó que muchos de los anglófilos oligarcas rioplatenses habían decidido que el germanófilo Perón no eran tan malo, que mantenía el orden y callaba a los trabajadores mediante una razonable dosis de demagogias y concesiones; que, resumidamente, aseguraba el status y las veladas en el Jockey Club.

Jorge Luis Borges no tardó en sobresalir entre los atemorizados opositores: tranquilo, meditado, siempre fiel a su estilo, no toleraba a Perón ni uno solo de sus atropellos; no perdonaba un solo crimen; no olvidaba un solo error. Yo también había observado que no apreciaba uno solo de sus aciertos, que no reparaba jamás en la comparación entre medios y fines, que no celebraba la aparentemente sincera voluntad del tirano por conceder a la Argentina un lugar en el mundo (¿en Sudamérica?).

-No puede ser tan estúpido -razonaba Borges- para creer sinceramente que la Argentina puede convertirse en una potencia como los Estados Unidos, ¿no le parece? No puede sobrevalorar su capacidad y la nuestra de ese modo. Todo esto ha de ser una excusa para mantener este estado de emergencia permanente.

Ignoro las auténticas motivaciones de Perón; lo reconozco. Mis padres, en cambio, parecían conocerlas: resumidamente, lo que quería era meter entre rejas a los amigos de Borges, como yo, y aplicarles picana eléctrica. Me aconsejaron seriamente que dejara –“aunque sólo sea temporalmente”– de reunirme con Borges y su círculo de amigos de alto riesgo. Igualmente, me apremiaron para que concluyera la carrera jurídica de una maldita vez; ya habían comenzado a hacer planes para regresar al Uruguay, temerosos y definitivamente hartos de un dictador amigo del innombrable Franco, y querían que yo les acompañara.

Les sugerí que se marcharan sin mí; que, en todo caso, yo me reuniría con ellos en cuanto aprobara las asignaturas que me quedaban. Se negaron, afortunadamente; por un momento, había tenido que enfrentarme a la perspectiva de encontrar un trabajo y simultanearlo con Beatriz y aquellas asignaturas invencibles.

En Agosto, el tirano de opereta ideó una humillación ingeniosa para Borges: le cesó de su humilde cargo en una biblioteca municipal y le promovió al cargo de Inspector de Aves y Conejos en el mercado público de la calle Córdoba. Borges, por supuesto, se extrañó. Nos contó, completamente serio, cómo había llegado al Municipio para enterarse del significado de su promoción; por lo visto, les dijo que le parecía rara su designación, entre tantos empleados de biblioteca, para semejante cargo. El empleado le respondió: “Usted estaba del lado de los aliados, ¿qué esperaba?”.

El maestro renunció al ascenso, y se quedó sin trabajo. Le oí decir, desanimado, que no le quedaba más remedio que convertirse en conferenciante y, aun sabiendo por boca de Beatriz de sus sesiones psicoanalíticas, me resultó muy difícil imaginarle, asediado por su inmensa timidez, hablándole a una sala enorme llena de estudiantes ruidosos. Mi prima, sin embargo, lo encontró perfectamente normal:

-Era su destino -me explicó- Una amiga mía le leyó las hojas del té, una vez que le invitamos, y descubrió que su destino era viajar, hablar en público y ganar mucha plata.

-Nunca lo habría imaginado -tuve que responder.

-También descubrió que su destino era casarse con una rubia…Nunca te podés fiar de los vegetales.

-¿Y el tuyo?

Beatriz me miró muy fijamente, del modo intenso y vacuo en que miran las mujeres hermosas.

-Tener muchos hijos tarados.

Nuestra relación, efectivamente, era bastante buena. Yo no la había engañado ni una sola vez y, muy probabalmente, ella a mí tampoco. Disimulaba concertando citas con galanes muy de cuando en cuando, con el fin de que sus padres no sospecharan, y se libraba de ellos, decía, con femenina astucia. Luego acudía junto a mí, a algún lugar extremadamente seguro, y me prometía escribirme una carta llena de boludeces en breve.

Yo me dividía entre ella, mis esporádicas visitas al círculo de la avenida Quintana, y mis insufribles asignaturas repletas de latinajos. Contemplaba las manifestaciones y los violentos choques con la policía, muchas veces frente a la puerta de mi facultad, con inmenso desdén, imitando conscientemente los gestos de mi maestro. Escuchaba los discursos “justicialistas” del cada vez más fuerte sindicato estudiantil peronista, y deseaba sorprender a Julio Kresich, algún día, en una de aquellas tribunas blancas y azules.

Reconozco que tenía miedo: ése era el motivo principal de mi separación gradual de Borges y sus amigos. Sabía que mis padres llevaban razón, sabía que aquello podía pasarme a mí, que cualquier día podían recogerme a la salida de las clases y meterme en un auto desconocido y llevarme a aprender justicialismo por el método eléctrico. Mis pesadillas comenzaron a ser insoportablemente aburridas, tanto más después de haber disfrutado del componente onírico que las enseñanzas de Borges habían introducido en ellas. Reconocía mi cobardía, tratando de controlarla, de usarla para salvar intacto mi pellejo. Al fin y al cabo, Borges no había sido molestado: únicamente se habían reído de él. Y tampoco tenía noticia de que algún otro frecuentador de la casa de los Bioy hubiera tenido problemas graves con la ley. Sólo sentía que debía mantener una distancia prudencial.

Simultaneándose con el miedo, comenzaron a crecer en mí dudas, reproches que nunca antes se me habría ocurrido sentir en relación con el grupo de Borges. No sé si el miedo influyó en esto: seguramente sí; el caso es que, proyectando y transformando en ellos mi temor por el tirano, o no, empecé a descubrir que había ciertas cosas que no me convencían del todo: no sólo me encontré dando la razón a Julio Kresich en todos -o casi todos- los discursos que me había soltado; también razoné que aquel grupito, aquel microcosmos ordenado, sensible e inteligentísimo incurría con excesiva frecuencia en errores que podrían evitar: admití, o hallé, que me cansaban un tanto las conversaciones circulares en torno de los poetas muertos; muy especialmente, despotriqué en mi interior contra todo lo que, más de un año después, seguía sin comprender. Sorpresivamente paranoico, llegué incluso a revisar indicios conspiratorios que me mostraran decisivamente que, más de una vez, mientras yo reía tontamente sin saber apenas de qué hablaban, el motivo risible era yo mismo. Secretamente, sospeché no estar a la altura ni de ellos, ni de sus peligros.

El riesgo cada día se me hacía más intolerable. Los chistes privados, cada día más herméticos. Más de una vez creí encontrar muecas de burla en torno mío. Otro día, se me ocurrió que tal vez habían descubierto mi relación con Beatriz: la sola posibilidad me tuvo en vilo toda la tarde; luego, volví a la realidad para escuchar a Silvina, mirándome:

-Aquí tenemos a alguien que sí ha estado en la Luna -dijo.

Me costó relacionar sus palabras con el despiste. En principio, las analicé poéticamente, y casi muero evaluando la metáfora “relación amorosa con la rubia Beatriz=estar en la Luna”. Constantemente, tenía que recordarme a mí mismo que:

a) Era muy, muy improbable, que nuestra relación llegara a oídos de Borges.

b) Aunque llegara, eso no me debía atemorizar: ¿de qué tenía miedo?¿qué me haría el amante despechado?¿Apuñalarme? Tenía que reconocer que estaba sobrevalorando las intuiciones o los conocimientos de Kresich acerca del ardor amoroso de mi maestro, y sus consecuencias.

Me enfrenté con la realidad: llevaba demasiado tiempo preocupándome por demasiadas cosas. Durante un tiempo, barajé la posibilidad de dar por concluida la relación con mi prima; no hice sino añadirme otra preocupación.

Una noche, me encontré acompañando a Borges de vuelta a su casa. Igual que en una anterior ocasión, Bioy se había separado de nosotros poco antes, y nos había dejado solos con las calles terribles. Me preocupaba el sesgo que había tomado la conversación anterior, mientras recorríamos el Barrio Sur en compañía del silencioso Ernesto Sábato: habíamos tratado demasiado sobre el amor; me inquietaba esa cercanía a mi pequeña mentira.

-¿No teme que le vean conmigo, el proscrito inspector? -me preguntó.

Precisamente, en ese momento, no nos veía nadie. Mentí:

-No. Perón no es un malvado auténtico. Usted mismo lo dijo: él no quiere rebajarse ni siquiera a atacar a sus amigos.

-Eso es cierto. Da la impresión de que, desde la promoción, se limita a lancearme con su espléndida indiferencia.

-Es usted afortunado.

-Lo soy. En cierto modo, sí, lo soy… Borges lo es, al menos.

No le entendí. Continuó, a media voz:

-No sé quién ama al Borges que pasa las noches en vela, ¿sabe?, persiguiendo no sé qué. No sé quién le ama. Sé que muchos aprecian al Borges que escribe ocurrencias sobre poetas antiguos, al Borges culto y modestamente interesante. Ese sí que tiene suerte.

Debió notar mi sorpresa ante la inesperada confidencia, la intempestiva intimidad. Añadió, con media sonrisa:

-Sospecho no ser el único en esta situación; como decía Leon Bloy, no hay en la Tierra un hombre capaz de declarar quién es, con certidumbre.

Era obvio que las citas de Borges desviaban sus preocupaciones de lo real a lo metafísico; la duda era hasta qué punto él era consciente con ello. Por el momento, yo asentí con alivio, creyéndome salvado.

* * *

Escuché que Borges había viajado al Uruguay a dar unas conferencias; me alegré por él y por su psiquiatra, incluso por mí, y no me acerqué a la casa de los Bioy, siquiera a la avenida Quintana, durante dos meses largos. Llegó la Navidad, que pasé con mis padres: aporvecharon para interrogarme por las causas que me habían llevado a suspender un par de asignaturas aparentemente fáciles, retrasando nuestra mudanza de vuelta a la otra orilla. Les expliqué que no había ningún motivo aparte de la fortuna, les mentí asegurando que nada me agarraba a Buenos Aires.

Sin sospechar que yo meditaba seriamente regresar a Montevideo, Beatriz arregló las cosas para vernos en el Año Nuevo; vernos, nada más, puesto que todo lo que hicimos fue coincidir, en la misma fiesta patricia, del brazo de nuestros respectivos y sosos acompañantes.

-¡Carlos!¡Vení a sentarte con nosotros!¡Y traé también a tu amiga!

Resultó muy poco natural pero, como casi todos estaban medio borrachos, supongo que nadie lo notó. Pudimos hablar bastante y bailar un poco, escuchar con disimulado aburrimiento las explicaciones de su acompañante acerca de las sutilezas artísticas del polo.

Pocos días después, Beatriz me telefoneó para contarme que Borges le había hecho una visita, durante la cual había recordado que llevaba tiempo sin verme; maliciosamente, contraviniendo nuestras normas habituales -seguramente, estaba sola en casa-, me repitió innecesariamente que no tenía por qué sentirme celoso de aquel viejo sabio. Que podía, e incluso debía, mantener su amistad aunque sólo fuera para que su influencia mejorara mi escritura.

-Ya te dije que tus poemas no son perfectos -añadió.

-Dijiste que eran malos -corregí.

-No seas tan duro contigo mismo, mi amor.

Así, en parte obligado, en parte deseoso de recuperar el contacto con la sabiduría, regresé al café Richmond, no sé si dispuesto a retomar mi rutina anterior. Felicité el Año Nuevo a todos, y traté vanamente de unirme a su conversación. Ignoro si estuve más torpe o más lento de entendimiento que otros días; lo que sé con certeza es que los chistes me parecieron esa tarde menos inteligibles, las cachadas más oscuras y las cortesías más secas que nunca.

Al llegar su habitual hora de mutis, Beatriz hizo un aparte conmigo, imprudentemente, para informarme de que iba a marcharse.

-¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta vos y yo? -me preguntó, los ojos brillantes.

-Prefiero quedarme -respondí yo, francamente.

Sin decirme una palabra más, se marchó. Quedé solo con la tribu de Borges, rodeado, sabiendo que aquél podría ser mi último día en su compañía. Durante unos minutos, noté que mi soledad había modificado la situación, que la conversación había adquirido una tirantez inhabitual, que la ausencia de mi prima parecía haber quitado fuerza a mis argumentos. Lentamente, la charla entró en un ritmo normal, apagado pero no inédito. Sin embargo, Borges miraba demasiado a su interlocutor, Bioy Casares se empeñaba en lamentar el tiempo demasiado caluroso, Estela Canto mantenía un silencio demasiado elegante.

Una sola vez Borges se dirigió directamente a mí:

-El otro día conocí al señor Solane, el marido de su prima -me comunicó- Lamentablemente, el haberle conocido me confirmó que Beatriz siempre ha tenido mala fortuna eligiendo galanes. Ese hombre parece inventado para montar a caballo…

Sonreí tibiamente; creo que fuí el único que lo hizo, en todo el café.

-Nunca tuvo los pies en el suelo -respondí, sin explicitar a quien me refería.

Amagué un par de sonrisas más en una hora. Luego, escuché a Borges meditando, en un soliloquio un poco más largo, pero tan educado como de costumbre, sobre los motivos que nos impulsaban a los vascos a enorgullecernos -“con todos los respetos, señor Echegaray”, acotó, sin mirarme- de nuestro escasamente glorioso pasado de vaqueros y leñadores.

Dejé que la frase cayera en el silencio, sin responder; comprendí que Borges, de algún modo, había decidido informarme de que había descubierto, en algún momento, el lazo secreto que me unía a mi prima. Sin esperar verificación –en alguien tan sobrio y mesurado como Borges, ésta podía tardar años en llegar– abandoné la reunión en cuanto me fue dignamente posible.

* * *

Unos días después, mi madre me comunicó, preocupada, que había recibido noticia de que mi prima, su sobrina, guardaba cama por culpa de ciertos insistentes dolores de cabeza que la molestaban desde la semana anterior. Me preguntó –se preguntó– qué podría ser. Me tocó decir que no se preocupara; últimamente, bastante tenía con preocuparse por mí.

El día siguiente, martes, visitamos a Beatriz en su lecho de enferma. Yo había esperado encontrarla, quizás, de peor aspecto: sin embargo, sonreía tímida y brevemente y aseguraba que los dolores eran sólo insoportables por las noches, cuando no la dejaban dormir. Observé leves gotas de sudor cayendo por su cuello, la piel clara de sus brazos sobre la sábana blanca. La deseé, como mi madre, pronta recuperación, y la besé en la mejilla. Luego escuché las cavilaciones de mi tía y de mi tío, sus temores previsibles –ella nunca había estado enferma, ella nunca había perdido el apetito, ella jamás se había caído del caballo– sus lamentos incomprendidos.

El miércoles llamaron de urgencia al médico: el dolor no sólo no cesaba sino que aumentaba. Mordía la almohada para no gritar, clamaba mi tía por teléfono. “No se va a morir”, pensé yo, muy seriamente; “sería absurdo, de novela del XIX”.

El jueves por la mañana volví a visitarla. La escruté en busca de presagios malignos y no encontré ninguno especial. Dijo que, en realidad, su madre exageraba, y no le dolía tanto la cabeza. Me arrodillé a los pies de la cama, temerariamente, y escuché, agarrada su mano, el relato de la visita que Borges y los Bioy la habían hecho en la tarde anterior.

-Temo haberles asustado -me explicó dificultosamente- Creo que debería haberme maquillado un poco: sabés que sin maquillaje no valgo nada, y siempre parezco enferma grave, aunque no lo esté.

Por un momento, la olvidé por completo: pensé en lo que habría podido suceder si me hubiera topado, el día anterior o ése mismo, con Borges y Bioy; vi claramente su cordialidad, su “esperamos volver a verle pronto”; supe que jamás regresaría a la avenida Quintana.

El viernes no la visité: pasé el día simulando estudiar, imaginando escenas pavorosas: yo, asistiendo discretamente al entierro de Beatriz, a los lamentos familiares, a los amigos y parientes argentinos, observándoles mostrar sus condolencias en larguísima fila india; desde un rincón, escondido como un niño pequeño, evitando ser visto por Borges o alguno de sus acompañantes durante su breve comparecencia; contemplando desesperanzado los hermosos trajes de luto de sus amigas, la seriedad impoluta de sus amigos, la mirada vidriosa de Roberto Solane, tratado, pese a todo, como lo más parecido a un viudo que habría por allí. Aquel panorama era peor que intolerable.

El sábado regresé a su casa, esperando contemplar un nuevo capítulo del drama, representado en su cara cada día más pálida; si no hubiera estado enferma, habría cortado nuestras relaciones de inmediato. Saludé, tembloroso, a su sonriente padre, mi alegre tío.

-Ah, venís en el momento adecuado, sobrino Carlos -tronó su voz- Beatriz se acaba de levantar: ya se encuentra mucho mejor. Parece que era una simple infección.

Me palmeó animosamente la espalda y me llevó hasta la salita. Desmejorada, pero sentada en una silla y con los ojos brillantes, Beatriz me sonrió. La luz de febrero se derramaba por la pieza y sacaba reflejos de su pelo recogido.

-Che, creí que tenías que estudiar -dijo, lentamente.

Nota final: Explicablemente, mi relación con Beatriz terminó de deteriorarse; un mes después, rompimos amistosamente. Al poco tiempo, oí que ella salía con un jugador de golf, y la cosa no me importó. En cuanto aprobé mis asignaturas, hice la maleta y me trasladé al Uruguay junto con mis padres; me despedí calurosamente de mi prima –me dijo, confidencialmente, que ella tampoco pensaba volver a la avenida Quintana– y mis tíos, pero no de Borges ni de ninguno de sus amigos.

Decidido a confirmar las sospechas provocadas en mi pasada manía persecutoria, dediqué mucho tiempo a recordar algunas de las tardes que había pasado el café Richmond o en la casa de los Bioy y, examinando cuidadosamente algunas frases o situaciones que no había comprendido en su momento, creí apreciar que era yo el protagonista de unas pocas, o bastantes, cachadas; yo, el ignorante que quería describir el mundo a través de mis poemas; yo, el que rimaba “tortilla” con “maravilla”. El descubrimiento no sólo me trastornó, sino que me humilló, al menos el tiempo que tardé en darme cuenta de que me estaba deslizando, nuevamente, en la misma paranoia convincente pero escasamente probada.

Congelé estas dudas y me olvidé de ellas durante años: bastante tiempo después, ya abogado de cierto renombre y padre de tres hijos bastante estúpidos que mi primera esposa me concedió generosamente, encontré un relato de Borges, con una letra hebrea en el título, en el que creí verme retratado, convenientemente ridiculizado, junto a Beatriz. Finalmente, con cierto orgullo, obtuve en este escrito la confirmación, la seguridad casi absoluta de que, en algún momento, de algún modo, nuestra relación había llegado a sus oídos; a falta de críticas que hacer a aquella maravilla protagonizada por una italianizada versión de mí mismo –todo el mundo debería tener derecho a conocer a su propia parodia– agradecí al menos el respeto a la imagen de mi prima y los recuerdos que el celoso Borges había resucitado, involuntariamente. Varias veces he vuelto a Buenos Aires para visitarla, a ella y a su marido el golfista, y siempre ha confesado que le encantaría morir una candente mañana de febrero –como su personaje en el relato– pero que las agonías, imperiosas o no, no la atraen en absoluto.

Yo nunca he obtenido ningún éxito a través de mi poesía, pero Borges sí ha encontrado, al fin, el reconocimiento que siempre había merecido. Ahora, él es un escritor de renombre, admirado por todos los que no tienen ninguna objeción política que hacerle. Ahora, él es un genio completamente ciego, siempre rodeado de jóvenes admiradores dispuestos a ayudarle a cruzar la calle; yo soy un simple abogado, de no mala posición, suficiente para mantener a dos ex esposas. Nunca he vuelto a hablar con él; me he limitado a asistir a algunas conferencias que ha dado cerca de mi domicilio, en distintos puntos de Nueva Inglaterra; en algunos momentos, reconozco haber lamentado la pérdida de su amistad; en otros, afirmo haberme dado cuenta de que no estaba en mi mano poder mantenerla. Nunca, jamás, me ha molestado ser usado en uno de sus relatos como ejemplo de escritor incompetente y fatuo. Esta ha sido la venganza que le he concedido. He desistido de encontrar confirmación de cualquier otra venganza anterior, y la existencia de ésta me ha hecho asegurarme, casi por completo, de que aquélla no existió fuera de mi cabeza.

Los años han cumplido milagrosamente un ciclo: Perón se fue, pero ha vuelto recientemente a ser presidente de la Argentina. Me alegro por Borges; esta vez, como ciego, no tendrá ninguna dificultad en imaginarse al tirano como mejor le convenga. Está en su mano inventarse uno, si lo desea, a su medida.

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