Quod nolunt velint

El otro día me tocó esperar diez minutos a un ministro, antes de una entrevista, en el palacete más opulento de todos los que alojan ministerios en Madrid: el de Hacienda, al lado de la Puerta del Sol. El edificio es impresionante, muy sólido, una antigua construcción de la era imperial de los Austrias con una entrada principal cuya majestuosidad sobrevive a las adiciones modernas, como el control de seguridad con escáner. Las amplias escaleras interminables parecen diseñadas para que el que llega a ver a su Señor esté listo a arrodillarse con solo verle. Los muros son extremadamente anchos: este ministerio fue elegido como sede temporal del gobierno del coronel Segismundo Casado al final de la Guerra Civil española, cuando se rebeló contra la autoridad del gobierno Negrín y tuvo que defenderse de los ataques de los comunistas y otros negrinistas.

En este edificio no se va a ningún sitio sin atravesar largos pasillos, porque lo de entrar directamente a un despacho es de pobres, y no de Imperios. Mientras se preparaba el ministro, me dejaron solo en una pieza más grande que el salón de mi apartamento, con una botellita de agua. Me dediqué a observer la decoración, que es una componenda interesante: el sólido edificio del siglo XVII (ángeles con trompetas, motivos religiosos) fue adornado en el siglo XVIII (princesas con corsé y escote) y recargado en el XIX (majos, toreros, campesinas con trajes regionales) antes de ser restaurado en el siglo XX (bustos de ministros decimonónicos, amplias mesas para esparcir papeles encima).

El poder imperial está encapsulado en todo esto, en la decoración, en los pasillos, en los muros preparados para resistir bombardeos. Hace mucho tiempo que España no es un imperio, e incluso más que las élites españolas abandonaron las pretensiones imperiales: Señor de las Américas y de Filipinas, Carlos IV trató a Napoleón en 1808 como si el parvenu corso que venía de perder el control de su mitad de Santo Domingo fuera su superior jerárquico. Pero la inercia imperial persiste, como una infección que reside en estos restos y se extiende entre los funcionarios y los políticos. Supongo que algo similar debe ocurrir en Egipto, cuando el dictador de turno contempla las pirámides y se pregunta cómo acabó dependiendo de que los Saudíes se dignen a darle cuatro duros, o cuando el primer ministro austriaco pasa por delante de los palacios de la monarquía dual. La historia pesa.

(El título: “quod nolunt velint” is un latinajo poco conocido pero poderoso: podría traducirse como “Que quieran lo que no les conviene,” una expresión muy propia del poder imperial. Viene de la tragedia Edipo de Séneca, gran conocedor del tema, y el que habla es Atreo: “Incluso un campesino sin linaje alguno puede ser congratulado por sus obras. Pero sólo alguien de verdad poderoso puede ser congratulado por sus errores. Que quieran lo que no les conviene.”)

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