El Fugitivo de Accio

Los que dicen que Marco Antonio huyó de Accio detrás de Cleopatra no saben nada. En realidad, Esteban García Solana, nacido en Madrid en 1959, se hizo pintor por una simple “vocación visual”, según aseguró en numerosas entrevistas, en las que nunca logró transmitir la impresión de ser algo más que uno de los muchos hombres asustados por el vacío del lienzo en blanco o la página o la mente. Tal vez sea una mera convención, después de tantos siglos de histriones y personajes de Scott Fitzgerald que huyen de la fiesta para agarrar los pinceles o ponerse detrás de la cámara, y saben cómo quieren terminar antes de saber cómo les gustaría empezar. Pero las entrevistas no sirven más que para entretener algunas mañanas de domingo con suplemento en color y resto del universo, y casi nadie merece ser juzgado por sus errores (“no juzgues si no quieres ser juzgado, pero el mundo está lleno de reos que quieren verse frente al tribunal”, dijo el propio artista, en una de estas entrevistas).

Obras: destacaré en primer lugar el “Retrato de Nemo”, en el que un rostro ocupa casi todo el cuadro, dejando apenas unos centímetros cuadrados libres para una desvaída tonalidad azul que recuerda apenas al cielo, al mar o a esas cárceles experimentales donde pintaban las celdas de los presos peligrosos con tonos tranquilizadores. Esteban Solano (ya había suprimido su apellido paterno por conveniencia y estética y cambiado la última letra del restante alguien sabrá por qué, cuando pintó este cuadro) siempre condescendió a las especulaciones de aquéllos que identificaban a Nemo con el “capitán Nemo” de Verne, porque no hay pintor que no quiera trascender a la literatura ni literato que no quiera trascender a la música ni músico que no quiera trascender a la pintura. Pero este Nemo no tiene nada que ver con el positivista enfadado que recorría los mares; en este cuadro, el mérito del pintor no está en el logro de una pseudoexpresión de Gioconda o Quentin La Tour, sino en que la cara de Nemo es enorme, respecto a los parámetros convencionales, del mismo modo en que un montón de cubos que podría pintar un niño pequeño (y, de hecho, pinta un niño pequeño) son cúbicos respecto a las formas que se llamaban clásicas antes de que se inventara el cubismo. Nemo mira al frente, al espectador, sin una especial inteligencia ni una especial claridad expositiva. Podemos ver claramente cicatrices de acné, una tenue barba de dos días, un lunar en la barbilla y dos en el carrillo derecho, un grano cerca de la oreja del mismo lado. Los detalles son la virtud del cuadro, y ocupan la mayor parte del espacio disponible. Es una cara casi tres veces más grande de lo normal, que tiende a asustar a los que han bebido demasiado champán antes de llegar a la galería donde está expuesto, actualmente en una esquina del Louvre. El mundo no tiene lugar, siquiera mínimo, en el cuadro. Sólo la expresión de Nemo.

“Paseo de Les Chavergnes, 5 de marzo de 1995”: ésta es la estricta respuesta al “Nemo”. Ignoremos las precisiones geográficas y temporales, propias de la grandilocuencia de este pintor (nadie conoce el paseo de Les Chavergnes, palabra que carece de ningún significado en ningún idioma del mundo, especialmente en francés; el 5 de marzo de 1995, Esteban Solano lo pasó volando desde Sudáfrica hasta Nueva Guinea, haciendo escalas en Oriente Medio, sesteando, viendo malamente algunas películas y perdiendo mucho tiempo por culpa de los cambios de zona horaria, asegura Troy Mal en “Neoconceptistas del siglo XX”): la clave está en que el paseo es apenas un paisaje monótono y urbano, más bien provincial, con algunos árboles, farolas, coches y motos circulando y aparcados, anuncios publicitarios de la época, un bar y una tienda de embutidos al fondo. Dos grupos de personas cruzan las zonas derecha e izquierda de la imagen, aparentemente ajenos a todo: son solamente trazos visto desde muy lejos, con figura humana, del todo contrapuestos a los vehículos en cuanto a protagonismo: coches y motos están detalladamente perfilados, los modelos son identificables, incluso muchas de las matrículas son legibles con ayuda de una lupa. Destacan las abolladuras, pegatinas sobre las lunas, detalles identificativos del acabado interior, más patentes en el caso de los coches aparcados en primer plano, donde los tapizados y adornos en el salpicadero son reproducidos con precisión. El propio autor reconoció en una ocasión que los vehículos son los auténticos protagonistas de este cuadro, “al concederle su temporalidad y dar sentido a su título”, ya que reproducen con fidelidad los modelos que habrían circulado por una calle provinciana francesa a final del invierno de 1995, con los colores más de moda. Sin embargo, en el centro puede verse, como un turista esperando ser fotografiado, un trazo apenas mejor perfilado, pero claramente individualizado, separado de los viandantes, nos mira, o mira en dirección a algún punto cercano a nosotros. Mide unos dos centímetros, y está a punto de ser ocultado por un taxi. “Es un hombre”, precisó el autor alguna vez, según recoge el citado Mal, en cuyo libro expone una admiración razonada por este cuadro, comprado en el año 2000 por un coleccionista suizo, por una cifra record para artistas no del todo muertos.

“Belleza con fondo de posmodernismo”: éste es el único cuadro en el que aparece retratada la primera esposa de Solano, la actriz Ana Arune. Lleva un vistoso vestido de noche, azul claro, cortado justo por debajo de la rodilla, con un mantón de Manila azul oscuro, y está captada en el momento de revisar algo en sus finos tacones o sus pies, con la pierna derecha levemente alzada, la pierna izquierda algo flexionada y el tronco inclinado. Su cara apenas se entrevé, pero sí es apreciable uno de sus grandes ojos oscuros y su melena castaña cayendo sobre uno de sus hombros a consecuencia del gesto. Arune parece estar sobre un suelo entarimado, en un salón inidentificable que se difumina tras de ella, apenas un borroso fondo de formas y referencias geométricas. Cuando este cuadro fue presentado por primera vez, en una muestra en Ginebra, pasó del todo desapercibido, pero logró cierta fama a raíz del rápido divorcio entre el artista y la actriz. Varios críticos confesaron su sorpresa ante el estilo casual de la pintura, el momento retratado y la vaguedad de la referencia posmodernista en el fondo. Pocos se fijaron en la precisión de las líneas y el delineado de las formas de Ana Arune bajo el vestido. El retrato fue eventualmente adquirido por un coleccionista surcoreano, y recaudó la mayor cantidad nunca pagada por una obra de Solano.

“Quietud en ruedas de bicicletas”: muy relacionado con el anterior, este cuadro es el último que Solano pintó antes de cambiar de oficio. En él, tenemos otro paisaje, esta vez en un plano medio, desde un punto de vista ligeramente elevado que sugiere una indigestión de “Ciudadano Kane” o un definitivo ensalzamiento del Artista, poseedor de una Visión Única para las Ruedas de Bicicleta (s), puesto que sólo podemos ver UNA bicicleta, que se convierte en arquetipo de LA bicicleta en el título (“No entendería la pintura, o la entendería demasiado bien, si no fuera por la afortunada costumbre de poner títulos a los cuadros”, confiesa Mal en el epílogo de su citado libro). Alrededor de esta bicicleta singularizada, nada especial: un asomo de paisaje playero semiabandonado en la esquina izquierda y el comienzo de un paseo marítimo pueblerino y mustio, muy detallado, en la esquina derecha. Un hombre mira a las piernas del pintor (es decir, al frente), con una cara que sugiere sorpresa e indignación a punto de salir disparada. Todo el cuadro da la idea de que el pintor ha captado un momento totalmente fortuito, y lo ha congelado perfectamente en el espacio y el tiempo. Ninguno de los personajes que aparecen circunstancial y secundariamente muestra el menor asomo de movimiento. Han sido interrumpidos, captados, justo en el momento de acabar un paso, rascarse la nariz, levantar una mano para nada. Los radios de las ruedas de la bicleta son nítidos, absolutamente precisos, a pesar de que la postura del que la monta indica que antes de ser pintada se movía a una considerable velocidad. Nada es borroso: todo está listo para ser inspeccionado, como si Dios acabara de tomarse el descanso del séptimo día. La sensación de irrealidad sólo es superada por la de engaño. El mundo, definitivamente, nunca se ha parecido a este cuadro en ningún ojo humano. Ha habido quien ha mencionado teorías griegas sobre la imposibilidad del movimiento al referirse al lienzo, pero un examen preciso de las posturas de los actores, incluyendo una gaviota, muestra que sí ha habido movimiento. Ahora no lo hay, simplemente.

Éstos son los cuadros más representativos de la obra de Solano, autor de otra veintena, creo que no tan brillantes. Los pintó en unos veinte años, luego de acabar sus estudios de delineante, antes de dejar la pintura. En el camino, se casó de nuevo, tuvo dos hijos, su segunda esposa (también) le abandonó. Se arruinó al poner dinero para una película en España y salió a flote acelerando su producción (en un solo año, pintó casi la mitad del total). Pagó casi todas sus deudas, anunció que dejaba de pintar, y se hizo aventurero.

FIN

Advertisements

About David Roman

Communicator. I tweet @dromanber.
This entry was posted in Cuentos. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s